Augusto Isla

GOTA A GOTA

La diversidad

Mi madre se llamaba Dolores. Su mundo éramos sus hijos, su esposo; en fin su familia. Vivíamos en una casa pequeña, otrora las caballerizas de la casa del abuelo. Nuestra economía era modesta. El lujo, sus plantas, siempre vivas, gracias a sus cuidados, a sus manos amorosas. En la primavera, la buganvilia era un incendio de color. Sin importar las estrecheces, el viernes de Dolores, pintaba sus macetas, preparaba helados de mango y mamey y galletas para recibir a sus visitas, unas cuantas. Era la gran fiesta. Así de simple.

Pero ocho días después, todo era luto. El ayuno, los oficios en el templo de la Merced, el pésame a la Virgen. El silencio, el recogimiento. Querétaro era otro. Sin procesiones callejeras, sin altares en las plazas públicas. En fin, sin atracciones turísticas. Catolicismo sincero, verdad entrañable.

Hoy, Querétaro es distinto. Ruido, violencia, pero también pleno de diversidad. Tolerante con la otredad, abierto a la idea de que una buena comunidad es la que permite a todos buscar a Dios a su manera, consciente de que cualquier ortodoxia equivale a lo que Roger Williams, en el siglo XVII, denominó en los Estados Unidos, “una violación del alma”; un Querétaro respetuoso, sabedor de que sus minorías religiosas pueden, sin sufrir imposiciones odios, practicar su libertad de conciencia. Minorías que pueden convivir, en condiciones de igualdad con la mayoría católica; seguras de que el clima espiritual, después de tantos conflictos, protege su dignidad, su libertad de conciencia.

Hoy recuerdo a mi madre, firme en su fe, en sus creencias religiosas, pero también sensible, incapaz de censurar a miembros de su familia, que descubrieran otros caminos que nos pueden conducir a la paz interior. La evoco entregada a sus afanes: los alimentos bien sazonados, el bordado en su vieja Singer, la preparación de niños del barrio para la eucaristía. Ordenado universo cotidiano. Sencillo reino de la belleza, del amor sin medida, de ese amor que nos ayuda a vivir.

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