Augusto Isla

GOTA A GOTA

El abuso

Después de una discrepancia de Marcos Aguilar Vega, presidente municipal de Querétaro, con los tianguistas del mercado de la Cruz, el señor se da la media vuelta diciendo, palabras más palabras menos: “si no quieren me llevo el dinero a otro lado”. ¡Vaya desplante patrimonista! ¡Como si los recursos públicos fueran suyos!

El patrimonialismo es eso: una forma de ejercer el poder en el cual quien gobierna dispensa su favor y su gracia al pueblo según su antojo. El régimen patrimonialista es una vieja tradición mexicana, que permea todas las estructuras del sistema burocrático: desde la presidencia de la República hasta las administraciones municipales. Comienza en la designación de los favoritos, tengan o no el perfil para ocupar los cargos: todos los ‘amigos’ se pueden desempeñar en ellos. Son todólogos.

El patrimonialismo es una característica de las sociedades pre modernas. Las decisiones que adopta quien se conduce con pulsiones patrimonialistas constituyen un abuso de su poder, sea grande o pequeño. Dispone de los bienes o servicios públicos tal si fueran su propiedad. No le importan las opiniones de los expertos ni menos aún las de los ciudadanos. Se trata de un ejercicio arbitrario de la gestión pública. Con toda razón, Gina Zabludovsky, siguiendo la teoría de Marx Weber, ha señalado que México no será moderno mientras no transite del patrimonialismo a su sistema legal racional, mientras la autoridad no

observe las verdaderas necesidades colectivas; diría yo; mientras no aprenda a escuchar la voz del gobernado.

Pensemos en las concesiones de Marcos Aguilar en materia de la recolección de desechos, en la caprichosa disposición de las ciclopistas en una ciudad sin cultura sobre el uso de la bicicleta. En la ‘remodelaciones’ del centro histórico y mil arbitrariedades más. El castigo para sus abusos será la interrupción de su carrera, así se registre para nuevas responsabilidades que solo traerán más desgracias para Querétaro.

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