Augusto Isla

GOTA A GOTA

El resentimiento

Las raíces familiares de Donald Trump, actual presidente de los Estados Unidos, son dramáticas. El abuelo Frederick, un proxeneta, fue propietario de un Burdel en Canadá; el padre, Fred, un empresario, conocido por sus prácticas dudosas y miembro del ku klux klan que amaso una fortuna en el ramo de los bienes inmuebles ubicados en los barrios pobres de Nueva York como Queens y Brooklyn; la madre Mary Anne Macleod, una inmigrante escocesa que se desempeñó como empleada doméstica.

Por eso Fred le recomendó a su hijo Donald que nunca se metiera a Mannhatan, pues sabía que la aristocracia neoyorkina lo rechazaría. Sin embargo, Donald desoyó el consejo e intentó, infructuosamente, ser parte de ella. Acumuló riqueza sin abolengo. En venganza, buscó otros caminos hasta llegar a la cumbre: la presidencia de su país. Triunfo que debe a la atracción que ejerció en gente de piel blanca sin educación universitaria, en desempleados, en aquellos que Marx llamó ‘lumpenproletariado’, ese producto pasivo de las capas más bajas de la sociedad, dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras.

Y Donald le prometió grandeza, empleo, bienestar; empleo supuestamente perdido por culpa de los inmigrantes, a quienes combate con la furia de un resentido. Porque eso es Trump, a despecho de su inmensa riqueza. Ya lo apuntó Nietzsche: el resentimiento es una ‘venganza imaginaria’ por la cual los débiles condenan a los aristócratas. Y ese hombre débil ha triunfado. El resentimiento ha sido su fuerza. Y a esos otros débiles tiene que cumplirles, aunque sea con símbolos anacrónicos como el muro fronterizo con México.

De no contar con la resistencia de muchos estadounidenses responsables que habitan en el seno de una democracia ciertamente en decadencia, ya hubiese perpetrado la aniquilación de sus ‘chivos expiatorios’. Que sigue siendo peligroso, es indudable. Para su país, para el mundo. Su peligrosidad está en los genes, pero también en la cultura de un pueblo que se ve a si mismo como el centro del universo, inconsciente de su temporalidad. Recuerdo las palabras de Bill Clinton: “somos la única nación indispensable”.

Comentarios

Comentarios