Augusto Isla

COSAS DE AQUÍ

Tolerancia y desacato

Sebastián Castellio (1515-1563) se consideraba a sí mismo como alguien que “quiere hablar como un hombre de la masa, que detesta las desavenencias y sólo desea que la religión no se demuestre por medio de rencillas, sino por medio del amor compasivo: no con prácticas externas, sino con la intimidad de la conciencia”. Pero claro está que fue algo más que eso. Dos siglos después de las querellas que protagonizó con Calvino, Voltaire alude a él como un sabio más grande que quien lo expulsó de Ginebra por envidia. Y hoy, gracias, entre otros, a Stefan Zweig, vuelve a nosotros vivo y radiante, como quien luchó por la inviolabilidad de la palabra y el derecho a una opinión propia; en fin, por la tolerancia, virtud tan infrecuente en aquellos días como en los nuestros.

Lucien Febvre, el gran maestro de la Escuela de los Annales y autor de un admirable estudio sobre Rabelais, El problema de la incredulidad en el siglo XVI, nos recuerda que en aquella centuria “únicamente la religión matizaba con su color el universo”. Y bien sabemos lo que ello significa: intolerancia, persecución, hoguera y, al propio tiempo, batallas heroicas por la libertad de conciencia, por el mutuo perdón, por la tolerancia; Reforma y Contrarreforma, violencia y benevolencia; ríos de palabras enloquecidas, pero también de otras plenas de claridad que, si sabemos leerlas en la justa dimensión de que valen como testimonios históricos, aún pueden iluminarnos.

Después de atestiguar la quema de herejes en Lyon, obra de los inquisidores católicos, Castellio adopta la causa de Calvino, sin adivinar por supuesto la insania que encierra el alma del reformador; lo sigue como un faro de libertad espiritual. Se instala en Estrasburgo, en un albergue organizado por la mujer de Calvino, y más tarde en Ginebra, cuando el autor de Institutio religionis Chistianae, impulsor de la doctrina que cambió el rostro de Europa, instaura su dictadura teocrática. Más pronto, Castellio, convencido de la libertad de conciencia como supremo don del espíritu, habrá de disentir de aquel hombre a quien Zweig, autor de Castellio contra Calvino, describe como sombrío, sin edad, sin alegría, falto de sensualidad y compasión. Como bagatelas veríamos hoy las discrepancias de aquellos hombres, ebrios de religiosidad. Castellio, en abierto desacato, considera que el Cantar de Cantares, es sólo una composición profana; y el misterio trinitario, cosa de la subjetividad. Calvino se irrita. Para quien ha pasado del reclamo de libertad a la construcción de un nuevo dogma y cree, además, que Dios le ha concedido la gracia de declarar qué es el bien y el mal, cualquier adversa nimiedad, desata su furia. Entonces mueve mar y tierra para impedirle el derecho a predicar y lo expulsa de Ginebra, de allí donde Calvino, en pleno delirio, supone haber establecido el reino de Dios sobre la tierra y donde los mandamientos de éste se traducen en los de aquél, único intérprete.

     Y ese erudito, obstinado con su independencia interior, “de mirada enigmáticamente tranquila”, como retrata Zweig a Castellio, abandona el aire enrarecido de una Ginebra cobardemente sometida a la voluntad de ese enfermo, “fisgón profesional de las costumbres”, que todo lo prohíbe: arte, poesía, música, a cambio de sólo trabajar y obedecer. A los humanistas de su tiempo les dolió la suerte del saboyano. Montaigne lamenta la miseria de Castellio, dedicado durante largo tiempo a corregir pruebas de imprenta y labrar la tierra en los suburbios de Basilea para apenas ganarse el pan cotidiano.

   Pero bastará atestiguar una injusticia brutal para volver a la batalla. Así como Voltaire escribirá su Traité sur la tolérance como una reacción ante la muerte de Jean Calas, torturado y sacrificado en el “potro” el 10 de marzo de 1762, sospechoso de haber asesinado a su hijo Marc-Antoine-hugonote que había expresado su deseo de convertirse al catolicismo-, así también Castellio redacta en 1554 su De haereticis an sint persequendi…  en respuesta al asesinato de Miguel Servet, un joven temerario e insolente que había desafiado la autoridad teológica de Calvino. Mas temiendo la ferocidad del tirano de Ginebra, Castellio se guarece bajo el pseudónimo de Martinus Bellium. Más aún, para despistar a los intolerantes, el texto aparece como impreso en Magdeburgo cuando en realidad fue en Basilea. Dedicado al duque de Wurttemberg, De haereticis… es un indignado manifiesto en favor de la tolerancia religiosa.

En cuestiones religiosas no hay ideas claras y evidentes, pensaba Castellio. Si así fuere, ¿por qué derramar mares de tinta? Todos podemos equivocarnos. Y de ser así, ningún hombre o partido puede revindicar el derecho a una verdad única. La diversidad es el sino de los cristianos, a los que sólo se les permite dirimir sus diferencias por caminos espirituales. Por tanto, el poder terrenal, el del Estado, es ajeno a los asuntos concernientes al mundo interior. ¿Por qué, pues, el uso de la fuerza, la intervención en los cuerpos? “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”, decía Castellio.

Bajo el cielo cruel de Ginebra, un hombre había sido llevado a la hoguera. La insidia de Calvino había conducido, escondiendo la mano, el proceso de Servet: era un hereje. Pero el hereje, para Castellio, no era sino la denominación que empleaba quien quería liberarse de un enemigo personal. Quien busque en la Sagrada Escritura no encontrará esa palabra terrible, señal de discordia, de odio que paradójicamente anidaba en almas que, como la de Calvino, habían proclamado la libertad de conciencia para mirar de frente misteriosas verdades contenidas en la palabra de Cristo.

    En Castellio podemos ver un precursor de la tolerancia liberal, en toda su firmeza, pero también en toda su ambigüedad. Firmeza que implica el desacato, la entera disposición autosacrificial: el saboyano, una vez descubierto, fue acusado de herejía e, incluso, de haber robado madera: lo salvó la muerte, pero no siquiera pudo descansar en su tumba, profanada por los fanáticos. Ambigüedad que admite las diferencias, pero, al propio tiempo, abriga la esperanza de un consenso feliz en torno a la verdad. Escuchémosle: “si a veces tenemos opiniones diferentes, entendámonos al menos y concedámonos entre tanto el amor y la unión de la paz, hasta que consigamos la unión en la fe”.

     El alegato racionalista de Castellio se anticipa a John Locke, tanto en ese pacifismo religioso que exige no molestarse unos a otros, como en la reivindicación de un Estado laico dentro de cuyos muros la res publica  se separa de la intimidad propia de los credos donde la libertad ha de reinar a sus anchas. Está, pues, cercano a Locke, aunque distante de los tañidos de campanas de un Voltaire cuyo sentido de la tolerancia abarca ya la extrema incredulidad. Pues Castellio, si bien se niega a condenar a los cristianos que piensan de manera diferente e incluso, a turcos y judíos, no quita el dedo del renglón en cuanto a enseñar a éstos  ganarlos mediante “la verdadera religión y la justicia”. Y es que resulta difícil admitir en un cristiano y en cualquier otro creyente una radical comprensión ecuménica entre las confesiones. Pues aun el más benevolente y compasivo, creyendo vivir en santa verdad, conservará al menos una brizna de voluntad de poder sobre la tierra.

    La tolerancia, como principios de convivencia, es hija de la diáspora cristiana que sucede al derrumbe del monolito católico. Y más concretamente un reclamo de los individuos y los grupos más débiles, aspirantes a ocupar un espacio legitimo dentro de la cristiandad, cuya soberbia no mengua ni siquiera por la proclamación del libre examen. A despecho del entusiasmo de Zweig por Castellio, éste, con toda su benevolencia, no deja de ser “un hombre severo, que nunca se ríe”, según nos dice Febvre; incapaz también de renunciar a atraer a los paganos al redil de la verdad del nazareno. Tolerar favorece la coexistencia entre las diversas opiniones cristianas, pero evita también establecer un mal antecedente para la obra evangelizadora, pues Castellio se pregunta: “¿Quién estaría dispuesto a servir a Cristo bajo la condición de que una diferencia de opinión acerca de un punto debatible con aquellos que detentan la autoridad se castigara con la muerte en la hoguera, por órdenes de Cristo mismo, más inhumanamente que los que morían en el toro de Fálaris, y esto aunque la victima invocara a grandes voces a Cristo y proclamara a gritos su fe en él?”. A turcos, judíos, ateos –únicos verdaderos adversarios- había que cerrarles la boca con el buen ejemplo, sobre todo a estos últimos, que constituían el mayor peligro, al menos en el ámbito cultural europeo.

    De hecho, más grave que la acusación de hereje, era en el siglo XVI la que imputaba al otro  la condición de ateo. Según Febvre esta palabra carecía de un significado preciso: “fue una expresión fuerte para producir escalofríos a un auditorio de fieles”. A pesar de la simpatía que Voltaire sentía por Castellio, éste no se escapó de usarla, pues él fue también uno de los acusadores de Rebeláis, por muchos señalado a la sazón como un incrédulo. Las detonaciones de Castellio tenían, pues, un alcance limitado. Y en este sentido, Zweig, sustrayendo el discurso de Castellio de su entorno, exagera el valor de su testimonio histórico al presentarlo como impulsor de la más amplia libertad, aunque no deja de tener razón cuando concluye: “siempre habrá algún Castellio que se alce contra cualquier Calvino, defendiendo la independencia soberana de opinión frente a toda violencia ejercida desde el poder”.

    En efecto, sin el desacato no se habría generado la tolerancia, esa fórmula de vida colectiva que, paradójicamente, emerge  del mundo dogmático del cristianismo. Alzarse, desobedecer siguen siendo hoy el camino para conquistarla, aunque no se trata ya de hacer valer, sin miedo a ser perseguido, la opinión propia. Es cierto que prevalecen fuerzas sociales saboteadoras de las diferencias individuales –racismo, homofobia, credos religiosos, fanáticos-, pero tal vez la más grande amenaza recae sobre modos colectivos discrepantes de la cultura hegemónica. La misma democracia, tan dada al retórica pluralista, parece compatible con nuevas manifestaciones de intolerancia.

   La más peligrosa de esas manifestaciones alude al fatalismo de una modernización de los pueblos, equiparable al proceso de globalización. Se agazapa detrás de una racionalidad que no concede lugar al arte de la duda; y aunque le otorga al multiculturalismo estrechos márgenes cotidianos, le cierra el paso a un diversidad que sugiere no tanto echar atrás la historia en nombre de una justicia que puede implicar otros agravios –como es el caso de ciertos etnocentrismos que pretenden repara daños ancestrales-, sino simplemente recorrer el camino hacia otras modernidades, hacia otras mundializaciones discordantes de un devenir de sumisiones intolerables.

    La globalización se ha erigido en el único horizonte posible, en apariencia emancipador, pero en el fondo sutilmente opresivo, tan dogmático y excluyente como la sometida Ginebra de Calvino. Pues así como éste condenaba a Castellio como corruptor impío, perro ladrador, malhechor, blasfemo, hoy los defensores de ese dogma planetario califican a los disidentes como globalifóbicos, es decir enfermos. Como si la salud y el bien tuvieren un  solo sentido, como si tales valores no albergaran a menudo antagonismos irresolubles. A éstos se ha referido John Gray con su doctrina de la tolerancia fundada en el modus vivendi, que encierra el compromiso de instituciones comunes en las cuales las exigencias de valores puedan reconciliarse. Pero el problema no es que los hombres tengan diferentes necesidades y, por tanto, razones para vivir de maneras diferentes, sino cómo lograr una pluralidad políticamente aceptable. Tal vez los movimientos sociales contrarios a la globalización no encuentran aún toda claridad deseable, pero sí saben, como en los tiempos de Castellio, que el desacato es el arma fundamental para asaltar la fortaleza de esta sonriente intolerancia, pero más devastadora que ninguna.

   Todo proceso de racionalización comienza con una dialéctica de la negatividad, incluso aquel que concedió a la burguesía su dominio. A ésta le llevó largo tiempo, aprender a ser “propositiva” como dicen hoy los ideólogos conservadores. Poco a poco, las nuevas luchas por la tolerancia del modus vivendi descubren sus actores, sus estrategias. El altermundismo fluye por pequeños ríos con humor, alegría, también con rabia; prolifera en barriadas, selvas, calles, donde le tumulto grita contra la depredación. ¿Desembocarán estas ilusiones dispersas en un mar poderoso? ¿Se atreverán esas rebeldías a enunciar de nuevo la palabra “revolución”, devastada por los tiranos, por esos seres guiados por la excesiva virtud, acicateados por un sentido enfermo de lo absoluto? Lo único cierto es que la historia no termina en este ahora, como quisieran algunos palafreneros del Capital.

    Ahora mismo, la pesadilla de la cacería emprendida por los poderosos del mundo en nombre de la “libertad duradera”, moviliza las más altas conciencias en favor de la tolerancia. Acaso las movilizaciones no sean sino una puesta en escena de la impotencia, de ese exilio en el que vivimos la mayoría de los hombres. Y sin embargo, las palabras de Castellio siguen siendo todo un estandarte para la desobediencia: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”.

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