ANDRÉS GARRIDO DEL TORAL / EL QUERÉTARO DOMINICAL I

QUERETALIA

ENTREVISTA EXCLUSIVA DE MAXIMILIANO DE HABSBURGO AL PLACERO Y ARMERO DIVO PEREGRINO

Me recibe el Habsburgo en su fría sala de la cripta de los Capuchinos en Viena, diciéndome que no concede esta clase de entrevistas a nadie, pero por tratarse de un prestigiado medio periodístico queretano, de la tierra que lo vio morir, decidió abrir su sarcófago y su memoria para aclarar varias “paradas”, pero me lamento que no me dejó llevar grabadora, por lo que tuve que hacerle como el gran reportero que es don Sergio Arturo Venegas Alarcón y auxiliarme de una pequeña libretita y mi pluma Bic. Me doy cuenta que está un hueco en la cripta que fue de Napoleón II, “El Aguilucho”, hijo de Napoleón Bonaparte y María Luisa de Austria, el mejor amigo de la madre de Maximiliano, la archiduquesa Sofía, a quien le endilgan los chismosos la paternidad de mi entrevistado. ¡Bola de necios, el rostro de Maximiliano y su barbilla de chivo son completamente de un Habsburgo! La tumba de “El Aguilucho” está vacía porque en 1940 Adolfo Hitler decidió trasladarlos a París, junto a su padre Bonaparte en Los Inválidos.

PLAZA DE ARMAS (en adelante PDA): ¿Por qué estuvo en Querétaro

Señor archiduque?

MAX: En enero de 1867 a mí solamente me quedaban como bastiones las ciudades de Querétaro, Morelia, Veracruz, Puebla y México, y abandonado por Napoleón III y el ejército galo, estaba por resolver a qué ciudad del interior partiría para librar la batalla que sabía, iba a ser la definitiva. Creo que estuve ahí por tarugo, engañado por las “viejas pelucas conservadoras”, los que me echaron a esta ratonera indefendible para salvar sus vidas y su patrimonio en la capital del país.

PDA: ¿Por qué lo veo muy frustrado o desmejorado?

MAX: No pude concretar mi sueño de gobernar un país pacificado por las siguientes razones que son sabidas por todos: mi pensamiento liberal que chocaba con los conservadores que lo patrocinaban; el ratificar las Leyes de Reforma ante el enojo de El Vaticano y del partido clerical; el nombramiento de liberales moderados en mi gabinete; mi carácter aparentemente frívolo, inclinado al romance clandestino, al cultivo de las artes y recolección de insectos; mi desapego a la gravedad que requerían los asuntos de importancia para el imperio y que terminaban resolviendo Carlota Amalia o mis principales colaboradores; el retiro de las fuerzas francesas y el dinero prestado por Napoleón, el pequeño con intereses de usurero, y que fue pésimamente usado —por una parte—, y por la otra, una porción que nunca llegó a las arcas imperiales; pero sobre todo, la amenaza de Estados Unidos sobre Francia y Austria para que terminaran esa quimera de imponer un imperio en América, donde el principal dueño del nuevo mundo era una república federal, y en consonancia con la doctrina Monroe y del Destino Manifiesto, jamás iba a permitir la consolidación de un enclave europeo en su traspatio, para lo cual le advirtieron a Napoleón III y al emperador Francisco José —hermano mío—, que evacuaran México de manera inmediata o los norteamericanos y prusianos movilizarían tropas hacia Austria-Hungría y hacia el Valle de Anáhuac.

PDA: ¿Cómo explica que Estados Unidos haya dejado entrar a un imperio francés en el continente americano?

MAX: Si los norteamericanos me dejaron entrar a tierra azteca en 1864 y a los franceses en 1863, fue porque estaban muy ocupados resolviendo sus conflictos internos en la guerra de secesión que finalmente ganaron los federalistas norteños, identificados con Juárez y la República, al contrario de los sureños confederados que mantenían relaciones de amistad con los imperialistas.

PDA: Lo notamos fuera de lugar, ido, lunático, ausente… ¿será el efecto del opio que tomaba para sus dolencias estomacales?

MAX: Estudiando mi personalidad, cada vez le encuentro más detalles trágicos y chuscos a mi vida y a la de mi familia de sangre y a mi parentela política o por afinidad. Imagínese que mi abuelo, el emperador Francisco de Austria, tuvo tres hijos que eran descendientes directos al trono, y de los tres no se hacía uno por su incompetencia manifiesta. Fernando —que fue su sucesor por ser el mayor— tenía taras mentales desde su nacimiento y su padre lo desdeñaba por dicha debilidad; el tercer hijo era un golfo banal de la vida frívola y el segundo —mi papá—, Carlos Francisco, era simplemente un hombre de mal genio, alcohólico consuetudinario, pero que al contrario de sus hermanos llegó a tener hasta cuatro varones: Francisco José —futuro emperador de Austria—, yo Fernando Maximiliano, Luis Carlos y Víctor Luis. El primero soberbio y arrogante; yo inseguro y sumamente frágil; el tercero introvertido y dado nada más a las ceremonias religiosas —mi familia era católica—; y el cuarto, nacido diez años después de los tres primeros que iban seguiditos, homosexual extrovertido que para aquella época y para el carácter de Francisco José fue el gran escándalo para mi familia real.

PDA: ¿Usted nació con mala estrella?

MAX: Desde antes de nacer, la estrella de la fatalidad brilló en mi cielo, ya que en la corte vienesa se rumoraba que yo no era hijo del archiduque Carlos Francisco, sino del mismísimo Napoleón II, rey de Roma o Aguilucho, como usted quiera llamarle. Este personaje era el hijo único de Napoleón Bonaparte y María Luisa de Austria, y que al ser derrocado su padre y entregarse a la vida disipada, su madre fue  recibida, en la corte de Viena bajo la vigilancia de uno de los genios políticos europeos que derrotaron al emperador de los franceses: el conde de Metternich. La archiduquesa Sofía —mi madre— era unos seis años mayor que el rey de Roma, pero estaba unido a ella prácticamente desde que era un bebé y por la soledad atroz que ambos compartían dado el desprecio con el que miraban en Austria al descendiente del Gran Corso y la frialdad con que su marido —mi padre— trataba a la joven archiduquesa. Muy pronto corrieron los rumores de que el producto del embarazo de Sofía era de “El Aguilucho”: este Habsburgo -de cuerpo completo- murió unos pocos días antes de mi nacimiento, por una complicación de la enfermedad respiratoria que padecía —tuberculosis, opinan algunos— y que se agravó porque Metternich jamás lo dejó ir a convalecer a Italia o a otro lugar con un clima más benigno que el de Austria, porque en su mente de estadista consideraba que Napoleón II podía escapar y exigir la cuantiosa herencia a que tenía derecho por su padre y madre. El hecho es que Sofía jamás negó o afirmó las aseveraciones en cuanto a mi paternidad y me acogió como el hijo favorito o consentido.

PDA: Oiga, pero usted no parece Bonaparte, sino Habsburgo completamente.

MAX: En cuanto a mi fisonomía, sin duda alguna que fui más agraciado de rasgos que mis hermanos, pero ni duda cabe que soy un Habsburgo nada más de verme la escasa barbilla, defecto de la dinastía desde Carlos I de España y V de Alemania.

PDA: ¿Cómo era usted en la escuela?

MAX: Mi educación fue conducida por el conde de Bombelles y la archiduquesa Sofía, la cual fue muy rigorista y completa a grado tal que  a los siete años tenía una jornada escolar de lunes a sábado de ocho horas, incluyendo los domingos en que tomaba clases de esgrima, gimnasia y equitación.

PDA: ¿Quién fue su mejor amigo? Porque un historiador mexicano de apellido Villalpando anda diciendo que usted era homosexual y que su relación con el hijo de su preceptor, Bombelles, era de pareja sentimental.

MAX: Mi mejor amigo era indudablemente mi hermano mayor, Francisco José, pero al cumplir éste los dieciocho años y ser investido emperador de Austria cambió radicalmente y empezó a hacerme menos a mí que lo seguía en la línea hereditaria, es decir, me veía como un rival, cosa que no dejó de obsesionar al mayor de los Habsburgo ni aun cuando su esposa y a la vez nuestra prima, Elizabeth —alias Sissi—, le dio inmediatamente dos hijos varones. Al sentirme como un estorbo, yo Maximiliano decidí dedicarme a la marina y reconstruir la naval austriaca que tenía años en el abandono.

Muy pronto, gracias a mi habilidad, yo, el futuro emperador del “trono de nopal y cactus” sería nombrado teniente y capitán de corbeta, contraalmirante, vicealmirante y comandante de la armada de Austria.

PDA: ¿Quién fue el amor de su vida?

MAX: Allá por 1852 conocí a la princesa de Portugal María Amalia de Braganza —ojo, Carlota también era María Amalia—, hija del emperador

de Brasil, don Pedro, con la que quería contraer matrimonio lo antes posible, pero la familia pidió una prórroga hasta 1853, año en que moriría la dama en cuestión en la isla de Madeira, lo que provocó un verdadero choque en mi psique, por lo cual nunca la olvidé y la lloraba con frecuencia, a tal grado que en 1859, de paseo con Carlota y casi recién casados, decidí visitar la tumba de mi amada y además de llorar exclamé “que sería la estrella que haría feliz mi vida”, ante la mirada triste y frustrada de Carlota. Todavía tuve la desfachatez de dejar en esa isla a mi esposa e irme solo hasta el Brasil en un viaje de nueve meses.

PDA: Historiadores serios opinan que mientras Carlota sí lo amó, usted y su suegro Leopoldo I de Bélgica pactaron el matrimonio por conveniencia.

MAX: A Leopoldo le convenía consolidar sus lazos con el imperio austriaco, y yo necesitaba tres millones de francos para terminar la obra del castillo en el risco de Miramar, la que finalmente con todo y el mobiliario llegó a los seis millones, lo que me endeudó de por vida, cuyos acreedores no dejaron de requerirme. Mientras yo, Maximiliano, era feliz en mi residencia frente a Trieste, Carlota se aburría por la falta de  actividad, ya que ella era dueña de una inteligencia y preparación superior a las mujeres de su época y quería ejercer un espacio de poder a diferencia de mí que era despreocupado en todo. Hay quienes quieren deducir un aborto no deseado de Carlota por esta época, y dichas deducciones parten de una carta que me envió refiriéndome la pérdida de un angelito.

Continuará…

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