Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO INFERNAL II

Era insoportable para la población que durante los setenta y un días que se alargó el Sitio, cada hora era se lanzaba una bala de cañón en contra de la ciudad, con tan mala suerte que esos obuses a veces no daban en los blancos militares  sino que se estrellaban contra las viviendas de los paisanos, matando e hiriendo a inocentes. La mayoría de las construcciones fueron dañadas y muchas quedaron en ruinas, no aptas para ser ocupadas. Cientos de familias se quedaron en la calle y dolía el corazón al ver a tanto niño y anciano dormitar y vivir en los portales citadinos, temblando de miedo y frío, convertidos en limosneros y huérfanos esos infantes. Al cerrarse las fábricas de Hércules, La Purísima, San José de la Montaña y el Molino de San Antonio, miles de trabajadores quedaron sin empleo, aumentando las penalidades en la otrora gloriosa ciudad. De todos estos jinetes del Apocalipsis, el que más afectó fue el de la sed, en plena primavera de 1867, con el tercer arco del acueducto cortado, los pozos artesianos agotados, las fuentes públicas secas y el agua del río ensangrentada y llena de cadáveres humanos y de bestias. Así las cosas, fueron muchas las escenas en que la gente se empinaba bajo las mulas, burros, yeguas y caballos para tomar sus orines y aliviar en algo su sed.

En los hospitales de sangre era terrorífico observar cómo los heridos se revolcaban de dolor en el suelo en medio de sus heces y orines, esperando que alguna beata o un médico los atendiera. En el caso de los heridos con gangrena la situación empeoraba porque la sala se llenaba de aullidos cuando el enfermero en turno emasculaba con serrucho la extremidad infectada. ¡Pobre de los mexicanos! Muriendo por una guerra que ellos no empezaron. En cambio, los señoritos perfumados que convencieron a Napoleón III de invadir a mi país siguen viviendo en Europa como lo que son y fueron siempre: cobardes y frívolos.

Me tocó ir a sacar de su casa a un humilde viejecito del barrio de Patehé, a un costado de La Cruz, al que un cañonazo proveniente del cerro del mismo nombre lo decapitó estando en su cocinita tomando su frugal desayuno. Encontré la mesita salpicada y el piso de tierra empapado en su sangre, misma que ya olía a costra, a líquidos hemáticos secos. ¡Quién sabe cuántos días llevaba muerto! El día 15 de mayo, en el que entraron los republicanos por mi panteón de La Cruz, creímos que éstos entrarían a bayoneta calada para matarnos y violar a nuestras esposas e hijas, pero, dentro de lo que cabe, Mariano Escobedo y el coronel Julio María Cervantes obligaron a sus tropas a portarse dignamente. La cantidad de muertos de hambre y sedientos pululando por las calles en busca de un mendrugo de pan o de un trago de agua se multiplicaba por miles, desde los más ricos hasta los más pobres. Pude ver cómo un piquete de soldados llevaban arrastrando con cuerdas al antiguo prefecto imperial, el médico Manuel Domínguez, al que iban a fusilar en el acto, pero muchos queretanos de bien nos manifestamos ante la comandancia general situada en la calle del Biombo para pedir por su vida, ya que como médico y prefecto siempre fue muy generoso con todos los habitantes de la ciudad, impidiendo abusos de los imperialistas en contra de los pobladores.

Me tocó hacer servicio social yendo a recoger a la falda norte de El Cimatario más de diez mil cadáveres que se encontraban insepultos por la gran batalla del 27 de abril, a los que no pudieron recoger los bandos respectivos por la lluvia de fuego de artillería y fusilería que se vivió ese día. Como ya no había lugar en los camposantos los enterramos en el mismo lugar, provocando que se improvisara un panteón que en realidad nunca existió (por donde ahora se encuentra el estadio Corregidora).

El día de la ejecución del emperador y sus dos generales, 19 de junio, me despertaron el rodar de los cañones y la marcha de tropas por toda la ciudad y hasta el Cerro de Las Campanas. Al salir a las calles todavía oscuras pude observar y oír matronas queretanas vestidas de negro llorando y rezando por el güero austriaco, al que pude ver varias veces fumando y ofreciendo y pidiendo fuego en La Alameda, Plaza de Armas y San Francisco. Más de dos mil soldados rodeaban el cerrillo, por lo que nadie ajeno al fusilamiento pudo subir a la cima, ni siquiera la hoy viuda de Tomás Mejía, Agustina Castro, que gritaba como loca con su bebé recién nacido en brazo. Querétaro olía a pólvora, a carne podrida y a muerte. ¡Pensar que con todos estos sufrimientos hay liberales chilangos que aconsejan al presidente Juárez desaparecer el estado, repartir el territorio queretano entre los estados vecinos y no dejar piedra sobre piedra de la ciudad de Querétaro! Cuando Juárez pasó por aquí entre el 5 y 6 de julio serví como mesero en el banquete que le ofrecieron los queretanos y Escobedo, y alcancé a escuchar como Juárez negó estas posibilidades apocalípticas para Querétaro mientras existiera un liberal queretano. ¡Había cinco!

Siento que no llego para Navidad, pero alcanzo a oler la leña, el aroma del ponche y escucho la algarabía de mi pueblo, que por fin entrará en sosiego, a pesar de que “La Carambada” y sus rijosos andan asaltando por la Cuesta China. Pido a mi esposa que traiga al padre Francisco Figueroa para que me imponga los santos óleos, porque siento que ya me llegó la hora. Balbuceo la oración más grande de todos los tiempos y entro en un sueño del que no quiero volver…Padre Nuestro, que estás en los cielos…

LA CASA DE LOS PERROS: Lo sucedido en los municipios de Tequisquiapan y San Joaquín (este último, nunca había perdido el PRI), con el gane de dos candidatos independientes surgidos del Revolucionario Institucional, Antonio Mejía Lira y Belén Ledesma –y que lo abandonaron en 2018 por el amiguismo y compadrazgo imperantes-, demuestra la soberbia de la dirección o que la marca ya no vende, aunque cuente con excelentes cuadros como Pancho Pérez Rojas, Ana Bertha Silva Solórzano, Ernesto Luque Hudson y el mismísimo candidato externo José Antonio Meade. El fracaso más completo se demostró en los distritos locales, en donde el tricolor solamente consiguió un triunfo de 15 posibles, con la incansable Karina Careaga, tan perseguida por la dirigencia estatal. Mi amigo Hugo Cabrera Ruiz seguramente coordinará a Karina y a él en su próxima encomienda.

El bipartidismo ya se rompió y ahora tenemos tres partidos altamente competitivos en la entidad si es que el PRI decide reinventarse, cambiar de dueños, salir a la sociedad, retener cuadros y sobre todo conservar y aumentar su voto duro que ahora no existió.

En 1949 Agapito Pozo Balbás renunció a los seis meses que le quedaban como gobernador para irse de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a invitación del presidente de la República Miguel Alemán, llegando a presidente del máximo tribunal del país, puesto en el que estuvo hasta finales de los años sesenta (1969) para venirse a Querétaro y convertirse en Rector de la Universidad Autónoma de Querétaro. Es decir, ¡primero fue gobernador y luego Rector! Su sobrino nieto, Mariano Palacios Alcocer, nieto de su hermana Lupita Pozo Balbás, llegó primero a la Rectoría (19179-1982) para luego convertirse en senador (1982-1985) y de ahí lograr holgadamente la Gubernatura (1985-1991). Gilberto Herrera Ruiz ya fue Rector –y muy bueno- de 2012 al 2018, logrando igual que MPA dejar sucesor en la Rectoría: será senador de la República. ¿La historia vuelve a repetirse? Eso preguntó Cátulo Castillo en un tango inolvidable. Les vendo un puerco senatorial.

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