Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO ANTIDEPRESIVO

Ante tantos comentarios y mensajes de mis lectores, acusando insuficiencias de mis antidepresivos queretanoides, vuelvo a la carga con más tips para evitar o revertir esa maldita enfermedad de este siglo XXI cambalache y pecador:

Para comenzar mi aburrida retahíla amable seguidor de Queretalia, le aconsejo acudir al jardín de niños donde estudió la pre primaria y visitar también algún otro sitio donde haya sido inmensamente feliz; cabalgar desde San Joaquín hasta El Jabalí y después en cuatrimoto regresar hasta San Cristóbal y acampar allí; contemplando el Cinturón de Orión y la Vía Láctea; subirse a la terraza del hotel Impala y beberse su bebida favorita, particularmente de tarde-noche para contemplar al poniente la rosa de Bengala que imaginó Borges; entrar al antiguo cine Hércules y escuchar un concierto con una camerata, ya que es el lugar con mejor acústica en todo el estado de Querétaro, aunque usted no me lo crea por lo madreado en que se encuentra el hoy teatro Martín Torres; caminar por el acueducto de Cayetano Rubio, desde los socavones y hasta la fábrica de La Purísima, hoy Seminario Diocesano.

Acompañar a Flin (Rigoberto Rivera Domínguez) desde la ex hacienda de La Capilla hasta el Centro Histórico para esquilmar a toda la perrada, especialmente a los servidores públicos, invitando después de tan laboriosa jornada a mi Flin a almorzar con Tere, en Madero casi esquina con Ezequiel Montes; embriagarte de verdor en el patio principal del casco de la ex hacienda de La Capilla y oír la voz pausada y culta de “El Morris” García Jimeno Alcocer, en torno a una copa de vino tinto; zamparte una sopa de pescado o de mariscos, o un ceviche de jaiba, en “La Tampico” y dirigirte a la ribera del río a el jardín “Niños Héroes” (mejor conocido como “Los Platitos”) y meterte al Bar Varela a calmar la sed con una sangría en bacinica, acompañada de unos taquitos de chamorro, y tratar de verle los calzones a Marilyn Monroe en los innumerables posters que colecciona el conocedor propietario.

Aspirar los perfumes del amanecer en el casco de la ex hacienda de Tlacote El Bajo e ir caminando hasta el casco de la ex hacienda de Tlacote El Alto, regresando a Querétaro por la ciclovía del Paseo Querétaro; escuchar un concierto en La Alameda Hidalgo, preferentemente cuando el nuevo alumbrado de led se enciende, evocando a Pancho Villa, Francisco I. Madero, Maximiliano de Habsburgo, Tomás Mejía, Miguel Miramón, José López Alavés o ya de jodido al león “Manuel” y sus insoportables heces carnívoras, así como los olores a ácido úrico del cohete que dominó el lugar en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo XX; trotar por Los Alcanfores en sus dos secciones y luego visitar una a una las capillitas de San Pablo, San Gregorio, Santa Catarina, San Roque, La Cruz de El Cerrito y la de Chava Rojas Paredes en La Trinidad, donde confesaba el robo que hizo a doña Estela Martínez (Josefina Quinard) del disco de Los Arriagada, por órdenes del maestro Juan Francisco Durán Guerrero.

Tomarte un vodka con Cinzano en el bar de “El Gene” y botanear manitas de cerdo con su caldo de camarón picosísimo; recibir sanación de la Bruja (mujer sabia) de El Tepetate con la ayuda de sus discípulos esenios; tomar un temazcal en Bernal, La Urraca, Iztachichimecapam o con Manuel Escoto Patiño (el mejor) en Carrillo Puerto, durante cuatro horas, con todo y meditación y baños de agua helada (nada light como los de Concá o los de turistas); comer pan de piloncillo, esquites, elotes y gorditas de maíz quebrado en “Hermanos Padilla”, en la carretera 200; romper la dieta con el panista garridista de Gonzalo Guajardo en “La Charamusca” de Tequisquiapan, porque la de aquí no es tan buena; mandar a la chingada a tu médico en toda la oferta gastronómica de “Garibaldi”, en el mercado de La Cruz en noches de orgía; zamparte unos tacos de lechón en Pedro Escobedo, curártela con una sopa de mariscos en “El Capitán” y terminar con  los tamales rojos con queso y rajas de El Ahorcado; pernoctar en las cabañas de Amealco cobijándote con una piel humana, una botella de Don Julio 70 y leña de encino en la hoguera; arrasar con un lomo de atún o de salmón en El Santocardo, frente a Nabuco; treparte al campanario de La Congregación o a la torre de San Francisco y sentir el viento sobre tu frente; purificarte en Las Adjuntas de Ayutla; hartarte de espinazo con acelgas en cualquier fondita de Peñamiller y de gorditas de guiso en Colón; escuchar a todo volumen la Novena Sinfonía del divino sordo de Bonn a oscuras o a media luz; rezar en la capillita de El Espíritu Santo por las ánimas de los Muñoz Gutiérrez y en El Calvarito, rogando por el alma de la tía Lola y su hereje sobrino Mario Arturo Ramos Muñoz.

Hacer el amor al aire libre en los pastos naturales de Valle de Guadalupe (antiguamente La Parada) y almorzar en La Lagunita un zacahuilt; caminar desde Bernal hasta San Antonio de la Cal zambulléndote en la alberca de aguas cristalinas de La Tortuga; jugar un partido de soccer en las canchas empastadas naturalmente de Los Trigos”, cerquita del cerro de El Zamorano; visitar los bosques de Río Blanco y Amolitos en Peñamiller, encajando el diente a unas cinco truchas pescadas al momento; almorzar con tu perro o tu novia en el nuevo parque de El Batán y caminar por la orilla de la presa; comer gorditas de queso en Tolimán y recorrer la iglesia y ex convento de San Pedro y San Pablo, lo mismo que el río y que se aparezca La Llorona o de perdida una bella hija de Efraín Flores y que éste y Armando Ontiveros te canten con guitarra en mano frente a un tequila Tradicional; romperle su mother a tu dieta en la barbacoa disfrazada de boutique “Santiago”, en Palmillas, arrasando con toda la engordina disponible, ordenando al terminar el atole de cajeta.

Aventarte de los toboganes más altos en el balneario San Joaquín, de Pedro Torres y hermanos, ubicado en Ezequiel Montes, para después almorzar en Mireya o en los tacos de barbacoa de res de los Vega, con su sabrosa salsa molcajeteada; leer en el atrio misional de Landa de Matamoros al atardecer y ver a Demóstenes Frías Rubio en su museo prehistórico; atrapar una Paloma en La Bilbaína o en el Portal de Reyes en San Juan del Río, platicar de tarde con el cronista emérito, Pepe Velázquez, en su casona, y escuchar un recital en la casa de El Diezmo; recorrer de tarde noche las callejuelas de Tequisquiapan abrazado de tu amor, para pernoctar después en alguna posada chiquita pero confortable; seguir el sendero de piedra del río Jalpan hasta llegar al Camino Real; comerte unas acamayas a la mantequilla y un cabrito con doña Pueblito la de Payín, acompañados de sabrosas tortillas y bocoles; dejarte caer un borrego asado a las vueltas con don Salvador Mata en El Pastorcito y recibir ahí cerca la bendición del virtuoso sacerdote Javier Martínez Osornio; platicar con el fantasma del profe Loarca en el antiguo convento de Teresitas y escuchar las notas musicales salidas de los ejecutantes encerrados en las diferentes aulas.

Platicar con Cuca y Natalia Carrillo en su casona de El Carmen y sorber una nieve en Nicos, si es que está abierta la afamada nevería; tomar con mucha fruición una nieve preparada, sobre todo con vino tinto, en Nieves Galy, intentando peinarte el copete como su famoso propietario, el señor Ontiveros (Chucho Rodríguez, Clemente González Vizcaya, Jorge Herrera Moreno, Felipe y Alejandro Muñoz Gutiérrez no podrían); apreciar sin descanso, una a una, todas las salas del Museo de Historia, alias regional, cuya museografía se actualiza cada cinco años y por lo tanto no lo terminas de conocer nunca; meterte, si es que te dejan, a la cava céntrica o a la de Los Socavones, de Pancho González de Jáuregui Pérez Alcocer, marqués de La Cañada; esquiar en la presa de Pie de Gallo o mínimo andar en lancha; inscribirte para participar en la Procesión del Silencio y pasar algunas noches en vela en el convento de La Cruz con los penitentes.

Asistir a una velada histórica en el Museo de La Restauración o en el Museo de la Ciudad, aunque sea a ver una obra herética de mi cuñado Uriel Adalid y Bravo que es bravo; leer un poema de Francisco Cervantes o de Salvador Alcocer, escuchar una guitarrita solitaria en el callejón Libertad o en el de Josefa Vergara y esconderte en las callejuelas de La Merced para tragarte un pan del señor Centeno.

Ya sé exigentes lectores, como Rafa Piña, que quedo a deber, pero en gustos se rompen géneros. Les vendo un puerquito perdido o robado.

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