Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO CHICHIMECA 

José Antonio Cruz Rangel considera conquistadores al estilo cortesiano al otomí Hernando de Tapia y a los españoles Hernán Pérez de Bocanegra –en el valle de Querétaro- y a Alonso de Tovar y Guzmán (Cadereyta), quienes a su costa se esforzaron en la empresa de pacificación colonización de estos espacios, quienes además de desempeñar funciones de carácter militar fueron empresarios agricultores, ganaderos, mineros, y encomenderos, que ostentarían cargos públicos gozando de amplias facultades políticas, económicas, militares y hasta judiciales, en las que se excedieron constantemente en perjuicio de la población sometida. A esta primera fase siguió la intervención de la burocracia virreinal y de la Iglesia católica, con lo que la Corona española intentó asumir el control de las áreas descubiertas y conquistadas y restringir el poder de los conquistadores y fundadores de pueblos. Aduce el mismo Cruz Rangel que en este tenor se dio el establecimiento de las alcaldías mayores,  como la de Querétaro y Cadereyta.

Siguiendo a Jaques Soustelle, Cruz Rangel cree que en la época prehispánica no había otomíes en Querétaro, Guanajuato y el norte de Hidalgo, a donde se expandirían durante la Colonia, ya que la toponimia lo confirma así, debido a que en Querétaro solamente en la región de Amealco y en Cadereyta existen nombres en otomí como Boyé, Zituní y Boñú, mientras que Maconí, Deconí y Concá son nombres pames, a la vez que Xichú es toponimia jonaz.

Dice Cruz Rangel que con la llegada de los europeos a estas tierras, la ideología occidental judeocristiana caracterizó el proceso colonizador hispano en los chichimecas como un agente civilizador positivo, calificando a cualquier opositor de este designio divino como un ser salvaje, criminal y demoniaco, digno de la conversión voluntaria o forzosa o del exterminio inclusive. Esta visión occidental del mundo convertida en práctica política arrojó a los españoles y a sus pueblos indígenas aliados (otomíes, michuacanes, tlaxcaltecas, mexicanos y otros) contra las naciones chichimecas, “moradoras de la región queretana en los siglos XV y XVI y encarnación de todos los males a erradicar”.

“Formando parte de la extensa región denominada Chichimecapan en la época prehispánica y La Chichimeca en la Colonia, existió un asentamiento denominado Tlachco (en el juego de pelota), topónimo náhuatl que tras la conquista fue desplazado rápidamente por su acepción purépecha, Querétaro. Sus habitantes, llamados genéricamente chichimecas, pertenecían mayoritariamente al grupo nombrado por los españoles pame. También había otros de probable filiación utoazteca, como los guachichiles, cuyos ámbitos naturales es posible reconstruir, así sea parcialmente, a través de las descripciones asentadas en las mercedes reales que la corona española otorgó en la región a partir de la cuarta década del siglo XVI, corroborando el aprovechamiento eficiente de los ecosistemas que sirvieron por cientos de años para sustentar a una población sedentaria o trashumante de regulares dimensiones en la época prehispánica, y a una creciente migración humana y a cientos de miles de cabezas de ganado en el periodo novohispano.”

Cruz Rangel cree que la región queretana funcionó en cierta medida como zona de refugio para aquellos grupos que huían del avance de la colonización española y de las exacciones a que eran sometidos los pueblos conquistados, como el pago de tributos en especie y servicios, el trabajo forzado y diezmos. El mismo autor estima el número de chichimecas en la zona queretana hacia 1530 en unos seiscientos o mil personas. 

Estos chichimecas del siglo XVI asentados en la región de Querétaro complementaban su economía con la caza y recolección, lo que necesariamente los obligaba a cubrir un amplio territorio y los variados nichos en que la región es pródiga, como las cañadas, en cuyos lechos se deslizaban delgadas corrientes de agua –solamente algunas permanentes, a la vez que en los valles como el de Querétaro y San Juan del Río se formaban lagunas y charcas estacionales, vestigios de la gran cuenca lacustre que conformaba El Bajío en el periodo Terciario.

Afirma de manera contundente Cruz Rangel que “Algunas montañas de poca altitud impidieron el aislamiento total de los chichimecas, permitiendo a la vez su interacción constante con sociedades complejas, particularmente con el señorío otomí de Xilotepec, con el cual sostenían relaciones comerciales y al que rendían cierto tipo de vasallaje, y en consecuencia con los mexicas de quienes eran tributarios los de Xilotepec. También con los purépechas de Michoacán, así fuera en plan antagónico”. Para Cruz Rangel es paradójico que los nombres de los dos pueblos chichimecas documentados para la época del contacto con los españoles, Tlachco y Cincoque, fueron sustituidos rápidamente por sus equivalentes en lengua purépecha: Querétaro y Apapátaro.

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