Corre el año de 1726 en Londres y al amparo de una noche del mes de agosto –que suele ser templado y muy grato en esta ciudad– un carruaje se detiene en un barrio céntrico, toca la puerta de una casa y deja un paquete en manos del editor Benjamin Motte, quien acababa de tomar el control del negocio de los hermanos Benjamin y Samuel Tooke, recientemente fallecidos.
Los Tooke habían sido los editores de confianza del escritor Jonathan Swift y este pensó que el nuevo propietario del negocio aceptaría publicar –eso sí, mediante el pago de 200 libras al autor– una obra de enorme ingenio que prometía ser un best seller de la época: “Los viajes de Gulliver”.
El experimentado editor, recién casado y con deudas hasta el cuello, decide no regatear y pagar a Swift la cantidad que este propone. Al hacerlo, toma un riesgo mayúsculo: en su catálogo jamás habían figurado obras fantásticas y menos aún sátiras; lo suyo es la teología y, en contraposición, los textos científicos de más alto nivel en la época (terminará por publicar en 1729, por ejemplo, los “Principia” de Sir Isaac Newton, traducidos por primera vez al inglés por su hermano Andrew Motte).
Pero su olfato editorial no se equivoca. En unas cuantas semanas la novela-sátira política-cuento infantil-libro de aventuras fantásticas o lo que cada quien haya querido leer en sus páginas se agota y se convierte en un peligroso artefacto literario para el editor, pues hasta los más aletargados lectores de la obra descubren entre sus personajes un gran parecido con diversos funcionarios públicos de la época (en especial Robert Walpole, primer ministro, a quien Swift detesta) y diversas situaciones y vicios que competen a la clase política de entonces y de siempre: corrupción, oportunismo, vulgaridad, arribismo e inmoralidad extrema, todo cuanto frecuentemente conlleva el deseo de poder absoluto aunque ostente el lema de la “transformación”.
Swift –uno de los más brillantes autores irlandeses, entre los cuales hay que destacar a Oscar Wilde, Samuel Beckett, James Joyce o William Yeats– era observado por el poder político debido a su agudo talante crítico y como un temible cultor del género satírico, que en todas las épocas ha hecho enardecer a los políticos corruptos o autoritarios (como queda plenamente demostrado hoy cuando vemos cómo se prohibe o amenaza con toda clase de recursos legales a los autores de artículos, mensajes en redes, caricaturas o memes que “ofenden” su patanería).
Y dado que en el siglo XVIII la Corona británica no se andaba por las ramas a la hora de censurar, el editor Benjamin Motte, temeroso del cierre de su imprenta, las onerosas multas o incluso la prisión, se dio a la tarea de “suavizar” o cercenar diversas partes del libro que juzgó –acaso con razón– demasiado mordaces.
Desde luego, Swift montó en cólera y años después conseguiría editar, libre de censura, su trabajo. Lo haría en Irlanda, cuya situación bajo el dominio inglés es presentada de forma velada en el relato del viaje de Gulliver a Laputa. El autor aprovecha para contarnos, en el capítulo III, los métodos del Rey para acabar con las insurrecciones: “Si cualquier ciudad se alza en rebelión o se amotina, incurre en violentos desórdenes o rehúsa pagar el tributo acostumbrado…”, puede ser castigada manteniendo la isla de Laputa (cuya altura el monarca controla a su antojo) “suspendida sobre la tal ciudad y tierras circundantes, con lo que puede privarles de los beneficios del sol y la lluvia, y, en consecuencia, afligir a los habitantes con carestía y enfermedades. Y si el delito lo merece, al mismo tiempo les lanzan enormes piedras desde lo alto, contra lo que no cabe defenderse, como no sea refugiándose en bodegas y cuevas, mientras los tejados de sus casas saltan hechos pedazos”.
Todo esto parecería un simple relato fantástico, pero quienes conocían la historia de la Guerra de los Nueve Años, la rebelión Irlandesa de 1641 y la invasión de Oliver Cromwell que le siguió en 1649, así como el levantamiento de los católicos irlandeses entre 1689–1691, sabían que lo imaginado por Swift no era nada inocente.
Trescientos años después de que “Los viajes de Gulliver” fueron publicados, muchos todavía creen que se trata de una obra infantil (que ya casi ningún niño lee), pero en realidad es una extraordinaria sátira que sigue diciéndonos mucho sobre las miserias de los políticos, que entonces y ahora exaltan sus diferencias entre un bando y otro (¿qué tal izquierdas y derechas?) como si fueran tan importantes, cuando en realidad –como en la corte de Liliput– sus más profundos diferendos ideológicos suelen versar sobre la altura de los tacones que usan; pero también, y sobre todo, es una obra maestra que nos sigue interpelando sobre la estupidez de los seres humanos, especie que para Swift está, por supuesto, muy por debajo de los caballos.
FB: Ariel González Jiménez







