No puede ser, si puede ser. Óleos de Tamayo en 9000 pesos en Internet. En estos días, hemos tenido varias consultas que tienen que ver con las discrepancias de la realidad y la información de la red. Hace pocos años cuando había libros, la información costaba más trabajo en hacerse y era mucho más cuidadoso el manejo de cualquier texto, cita, afirmación o dato. El Internet es una producción masiva de información en su mayoría entretenimiento, que erosiona el término “contenido”.
Para alguien con referentes estéticos, la oferta del Tamayo es imposible; sin embargo, en un mundo hiperconectado, este fenómeno representa la punta de un iceberg mucho más profundo: la demolición de la noción tradicional de valor cultural a través del ecosistema digital y la inteligencia artificial.
Trataré de explicar lo que sucede en el fabuloso mundo de los datos, haciendo un ejercicio de grandes números:
Aplicando un drástico nivel de purificación al internet, removiendo el porn, el entretenimiento (videojuegos, streaming de series, videos de humor, música, etc.), páginas espejadas, periódicos que repiten la misma noticia, el resultado es una parte muy chiquita y frágil de lo que se puede llamar conocimiento. El “Dato de Origen” hablamos del 3% al 5% del volumen de información del internet es conocimiento humano de origen.
Este residuo que es nada, no vive aislado del otro 95%, conviven en el mismo “estatus de buscadores”, las palabras son las mismas, la palabra “artista”, va desde Tongolele, Julio Iglesias hasta Picasso sin ninguna diferencia cualitativa. Resulta un gran animal desfigurado lo que alimenta a las inteligencias artificiales.
La gran mayoría de quienes diseñan la arquitectura de IA y los filtros de su seguridad, comparten un perfil muy específico: provienen de universidades de élite del norte, y su formación es técnica, matemática y pragmática, no humanística. Sólo fe en la optimización de los datos. Un ingeniero no posee una cultura completa, impone inconscientemente sus propios sesgos de clase, geografía e ideología sobre el sistema. El algoritmo reduce la cultura a un problema de ingeniería. Cuando el sistema se enfrenta a preguntas sobre arte, se activan “mecanismos de alineación” para obligar a la IA a buscar respuestas políticamente correctas.
IA opera la ilusión de la objetividad. A diferencia de un libro de historia que usa la lógica, tesis, silogismos y conclusiones que permiten activar el pensamiento crítico del lector, la IA borra el rastro de quién dijo qué, borra sus mismos ingenieros creadores y sus filtros, lo hizo Roger, pero no lo firma Roger, verdad universal anónima, “el medio es el mensaje”. La Inteligencia Artificial es anónima y corporativa.
Al combinar de manera irregular y arbitraria una masa de datos del 95% de ruido con otra reducida al 3% o 5% de datos duros, pedirle a una IA que responda sobre arte y cultura se vuelve una misión imposible. La inteligencia artificial no separa la basura, la promedia.
Cuando este sistema defectuoso alimenta a una sociedad que carece de herramientas críticas, se produce una retroalimentación de la ignorancia, un bucle de vaciado cultural donde ninguna de las dos partes nota lo que falta.
Cuando una persona sin formación cultural consume el resultado plano de la IA —acepta la existencia de un óleo de Tamayo por 9,000 pesos porque un buscador asoció los términos—, asume el algoritmo como una verdad.
El usuario desconoce los códigos, la IA también. El promedio de la suma de basura hecha por la IA más un usuario con información parcial es una dislexia que genera sospecha hasta de lo genuino. No hay una mirada análoga o digital que sume, eso es gravísimo. Ejemplo: cuando comparamos un buen sabor de un vino en la realidad con un buen vino bien redactado para el algoritmo por un publicista. Un principiante que no reconoce el sabor del vino en Arkansas no tiene idea si el algoritmo acertó en algo, se genera el efecto VA “villamelón artificial”. En el Siglo XIX la cultura popular inventó un pueblo ficticio llamado “Villamelón” (el equivalente a decir Tontolandia).
La cultura es un proceso sutil de relaciones espaciales en el tiempo. Verla con los promedios estadísticos de una IA, se convierte en un árbitro que conoce todas las reglas del futbol, que piensa que es un gran goleador en el campo, se generan conceptos erróneos como éste, saber las reglas no coincide con ser un gran jugador.
Frente a la automatización y masificación de esta mediocridad, o lo que es peor, la cultura del promedio, la solución no radica en alfabetizar al usuario, lo que está sucediendo es una desalfabetización masiva aceptada. (Es push technology).
Hay que regresar a los básicos y exigir cultura y una profunda responsabilidad ética en la programación de la tecnología, obligando a los creadores de software a respetar la complejidad del espíritu humano antes de que el mercado de las ideas quede convertido en un desierto irreversible.






