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La Inteligencia Artificial, la educación y la UAQ (III)

El Jicote

por Edmundo González Llaca
29 septiembre, 2026
en Editoriales
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En las últimas semanas se inició todo un diluvio de comentarios sobre los riesgos y el futuro macabro de la Inteligencia Artificial. El detonador de la convulsión surgió en julio pasado, las grandes empresas reconocieron que al poner a prueba un modelo, al que incluso se le pusieron trampas; el modelo no solamente descubrió las trampas, sino en una especie de legítima defensa de su permanencia existencial, se conectó con otros modelos y analizaba la forma de entrar a internet y hackear otras plataformas. Algo que pareciera de ciencia ficción o tema de una serie de Netflix.

Días después, Jacob Coxon, un investigador británico especialista en IA renunció a su trabajo en la empresa Anthropic, compañía responsable de Claude, advirtiendo sus riesgos. Se está construyendo, afirmó Coxon: “Una IA que nos puede matar al final de la década”. Silicon Valley, se sumó a la advertencia: “La inteligencia artificial podría extinguir el mundo”. Simplemente las máquinas ya están actuando sin obedecer las instrucciones.

Los focos de alarma cundieron en el mundo. Los dueños de los modelos del mercado de la IA, se vieron orillados a reaccionar. Afirmaron que reconocían que las ciencias computacionales estaban avanzando demasiado rápido y que había la necesidad de, en lenguaje castizo: “ralentizar”. en el lenguaje coloquial, hacer más lento, el avance. ¿Hasta cuándo? Hasta contar con medidas de seguridad que garanticen el desarrollo de la humanidad y nos blindemos ante el cortejo de calamidades que vienen en el kit de la IA.

Como prueba de lo auténtico de su convicción, las empresas poderosas detuvieron su salida a la Bolsa de Valores, la que se calculaba, de principio, nada más para abrir el juego, en dos billones de dólares. 

No creo en el acto de contrición de las empresas más ricas del mercado, más aún, cuando Trump se lanzó contra las advertencias, las que calificó, además de negativas y retrógradas, en peligrosas, pues dejaría el mercado libre a los chinos que, según el gesticulador, no se andan con estas minucias del posible daño a la humanidad.

Trump, para dar testimonio de que nada detendrá a Estados Unidos sugiere, con esa estrategia a la que son adictos los políticos, de simplemente cambiarle el nombre a los proyectos; rebautizó a la Inteligencia Artificial. Afortunadamente a ninguno de los nombres le agregó: “Bienestar”. Propone las siguientes opciones: “Inteligencia Superior” (¿Superior? ¿A quién o a qué?); “Inteligencia Extrema”; “Inteligencia Suprema”. Todos los nombres sugieren que la inteligencia humana es muy menor ante la tecnología. Trump desliza en los nombres, una razón de más para supuestamente no desconfiar ni detener a las ciencias computacionales. Después de todo las neuronas humanas están caducas ante los chips electrónicos.

La realidad es que México no tiene ni la fuerza económica, ni tecnológica para participar en el debate. Ante estos titubeos de los poderosos nos podemos quedar paralizados y simplemente afirmar como dicen los yucatecos: “Si se acaba el mundo…me voy a Mérida”. Tampoco lo que con vehemencia rezaba mi abuelita: “Dios nos agarre confesados”.

Partamos de una realidad, la IA no es ni una panacea ni un jinete del apocalipsis. Como diría Marx, ese barbón alemán que no pasa de moda: todo es dialéctico, tiene resultados benéficos y otros que son una tragedia. En forma cursi, a la que tengo inclinación, las rosas inevitablemente tienen espinas. El reto, en la medida en el que no podemos prescindir de la IA es: cómo nos vacunamos contra sus desgracias y espinas. La respuesta es muy simple: con educación.

Es importante recordar que la comunicación de la IA no es solamente sencilla sino, se ha comprobado, tiene una clara intención de quedar bien con el que pregunta. Son respuestas, lejos de abrir el diálogo, pontifican, apapachan. Se preguntaba Nietzsche: “¿Qué dosis de verdad tolera el hombre?” Las empresas coinciden, se trata de darle por su lado al usuario, para hacerlos adictos. Describir un mundo simplón y unidimensional y no complejo, pleno de matices y poliédrico como realmente es.

La primera responsabilidad de los educadores, desde la infancia hasta la universitaria (¡Ojo! UAQ) es enseñar a reconocer las manipulaciones; auditar las respuestas de la IA. Desmitificar la infalibilidad de la tecnología. Esto significa enseñar a leer que, según las pruebas de PISA, es lo que menos saben hacer los estudiantes mexicanos.

¿Qué significa enseñar a leer? Identificar la validez de la información, esto es, analizar lo que son verdades, medias verdades y mentiras absolutas. Denunciar su superficialidad epidérmica. Reconocer los valores culturales y éticos que promueve la respuesta. Reflexionar si el texto nos despierta más curiosidad, más deseos de profundizar. Más deseos de concentrarse en lo substancia y rechazar lo accidental.

El reto que enfrentamos es grave, a la masificación de las computadoras, los celulares y el internet se suma la IA; la gente utiliza la IA ya hasta para resolver problemas cotidianos.  El declive de la inteligencia es el gran riesgo.

En suma, urge promover una educación crítica en todos los niveles y programas educativos.  Concretamente en el análisis de textos y de datos; en el impulso escolar de materias como lógica, ética y estética. En el 2030 de seguro no se acaba el mundo, pero tampoco podemos permitir que avancemos en la conformación de una humanidad de bobos. 

Etiquetas: educaciónIAinteligencia artificialUAQ

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