La semana pasada escribí que la nube tiene domicilio. Hablé del agua que enfría los servidores. Detrás de esa agua hay algo previo. El calor que se retira proviene de la electricidad que mantiene los servidores en marcha. Antes de preguntar cuánto se enfría un centro de datos, conviene preguntar cuánta energía consume para producir ese calor.
La electricidad es el insumo principal. Un centro de datos no puede operar con intermitencias. Necesita corriente constante, las veinticuatro horas, sin variaciones de tensión. Esa exigencia lo distingue de casi cualquier otra industria.
Las cifras de Querétaro ayudan a dimensionar el reto. Según la Asociación Mexicana de Centros de Datos, el estado concentraba en mayo de 2026 alrededor del 72 por ciento de los 279 megawatts instalados en el país. Hace quince años, una instalación consumía cerca de 6 megawatts. Hoy, en Querétaro, algunas alcanzan 30. Los 18 centros que ya operan solicitaron al operador de la red 540 megawatts de potencia. Un solo campus anunciado, el de CloudHQ, contempla una subestación propia de hasta 900 megawatts. A nivel nacional, el sector pasa de unos 300 megawatts actuales a una demanda estimada de 1,500 adicionales hacia 2030.
El problema no es únicamente generar esa electricidad. Es transportarla. La corriente viaja desde las centrales por líneas de transmisión, atraviesa subestaciones y llega a un punto exacto del territorio. Cuando la red no crece al ritmo de los proyectos, aparece el cuello de botella. En Querétaro hay centros de datos que llevan dos años esperando su conexión. Un especialista del sector lo dijo sin rodeos: la zona del Bajío ya está cerca de su límite para sostener nuevas cargas. La Comisión Federal de Electricidad ha energizado subestaciones para ampliar la capacidad, pero la obra avanza más lento que los anuncios de inversión.
La lógica que planteé para el agua sirve también aquí. Antes de autorizar un proyecto tendría que conocerse su demanda energética a plena capacidad, su fuente de abastecimiento y el efecto sobre la red regional. Una vez en operación, cada centro debería reportar su consumo real, medible y verificable. El agua y la energía no son dos discusiones separadas. En una región semiárida, con acuíferos bajo presión y una red al límite, son la misma conversación.
Desde el Consejo Consultivo del Agua hemos insistido en que la inversión responsable necesita reglas claras. No se trata de frenar la inversión, sino de saber si la región puede sostenerla. Esa exigencia vale para cada litro y para cada kilowatt.
La nube tiene domicilio, y ese domicilio también consume luz. La pregunta sigue siendo la misma: si el proyecto puede demostrar que su demanda, de agua y de energía, cabe en el territorio que lo recibe.






