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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
28 agosto, 2026
en Editoriales
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24 de diciembre de 1862, Cuartel Liberal de Querétaro. A las sombras de la nochebuena la casona que servía de alojamiento y cuartel al destacamento liberal mandado por el intrépido Sóstenes Antípides mostraba esa fisonomía señorial —aunque ajena al rigor arquitectónico virreinal—.

Un zaguán, techado con una imponente bóveda de cañón, conducía hacia un anchuroso patio, más al fondo, los tupidos y erguidos fresnos prestaban fresca sombra a los bridones de las caballerías. A mano derecha, abiertas a la febril actividad militar, se distinguían las oficinas de comandancia.

Subiendo por una majestuosa escalera de cantera rosa, cuyas gradas semejaban ostentosos peldaños de templo, se accedía al segundo nivel donde se albergaban las habitaciones, la oficina de correos, el despacho general y la bien provista armería. Allí precisamente, entre el tufo a pólvora y el crujir de viejos legajos, despachaba el capitán.

Acababa de posarse sobre su mesa una orden terminante que exigía inmediato cumplimiento, poniendo tajante fin a aquellas juergas de tálamo en que su propia esposa, valiéndose de embriagantes licores, solía sumergirlo en un velo de irrealidad y letargo antes de consumar el acto.

—Ande, capitán, no sea chivo, con todo respeto —interrumpió con tono socarrón su cabo de caldas, camarada inseparable en las fatigas de esta atribulada patria—. ¡Cuéntenos sus andares de amoroso Romeo con su esposa! Que de todos es sabido que es una hermosa mujer, pero de usted… ¡válgame! ¡Mucho se conoce su fama de amante brioso! ¡Andad, capitán! Regálenos sus embates, tan solo para tener algo en qué pensar en estas atribuladas noches encuartelados.

—Controla tu ímpetu malicioso, cabo —respondió el capitán mientras encendía un aromático tabaco veracruzano, cuyo humo azuleaba el recinto—. No me harás hablar de mis concubinatos; más bien, dime: ¿cómo ha estado el parte por estos lares? ¿Cómo es eso de que ahora debemos saquear las casonas de los conservadores? Ya vimos que los religiosos poco tenían, pero me inquietan las mozas… ¿Cuándo llega la orden para exclaustrar a las religiosas? ¡Esas son intocables!

—Mire, capitán, no hemos tenido otra orden —repuso el cabo con gravedad —. La que llegó es la que le enviamos: hacer una lista de las familias que apoyan a los ejércitos conservadores y saquear sus arcas en pro de nuestras huestes liberales —¿Quién la firma? —inquirió Antípides, expulsando una densa bocanada —El general José María Arteaga, señor.

—Pues ni hablar, a cumplir —sentenció el capitán ajustándose el talabarte—. ¡Pase lista en el patio y que se preparen para ir a esas casas! Primero se presentarán de forma cordial para ingresar; de ser negado el acceso, de inmediato rompen puertas y a sacar lo que más se pueda. Eso sí, que sea de verdadero valor: no quiero muebles, ni pinturas, ni esas tonterías. ¡Quiero el oro, la plata, los cubiertos, todo lo que podamos fundir! Alístelos.

—¡Sí, señor! —respondió el subordinado, taconando con marcial prontitud antes de perderse por los tramos de la escalera de cantera.

Las sombras de aquella memorable nochebuena terminaron por envolver a la culta e ilustre ciudad de Querétaro. La navidad en estas férreas tierras se nutre de una infinidad de tradiciones y devociones, algunas de ellas tan añejas que hunden sus raíces en los albores mismos del Virreinato, aunque al correr del tiempo las costumbres de los barrios como San Francisquito se mezclaron con profanas danzas y desbordantes festejos.

Para las familias queretanas, aquellas fechas representaban una fiesta de fe, entreverada de piadosos rezos, rosarios, posadas e interminables cánticos cuyos ensayos habían dejado en el desvelo a chicos y grandes. Más ante la severa razón de estar rigurosamente prohibido todo ejercicio religioso por las leyes vigentes, reinaba una cautela temblorosa, pues la soldadera liberal transitaba las calles con ánimo altivo y amenazante.

Corría, sin embargo, el rumor secreto de que la milagrosa Misa del Gallo habría de celebrarse, al abrigo de las sombras, en la impenetrable ciudadela de las religiosas clarisas.

Ajenos al fervor sagrado, los piquetes de tropa avanzaban con sigilo por el empedrado. De pronto, ante el soberbio portón de la acaudalada familia González Díez Marina —linaje afamado por haber dado a estas tierras su primer Gobernador Constitucional— resonó con estrépito el metálico chocar del aldabón —¡Abrid en nombre de la República! —vociferó la tropa desde la penumbra—. ¡Abrid de una buena vez!

Ante el sepulcral silencio que devolvió la mansión, no hubo más paciencia: ¡un ensordecedor cañonazo destrozó la entrada principal! La madera cedió entre astillas y una densa polvareda inundó la nave del zaguán —¡Entrad y revisad cada uno de los cuartos! —ordenó el capitán Sóstenes Antípides—. ¡Sacad todo al patio y comenzad la búsqueda!

Apenas los soldados pisaron el recinto, desde los vanos y galerías del segundo nivel comenzaron a retumbar los certeros disparos de los fusiles Minié. El plomo de la resistencia conservadora comenzó a hacer mella en la anatomía de los asaltantes quienes, asombrados por la mortífera puntería de los defensores, tuvieron que replegarse atropelladamente hacia lo que quedaba de las maderas del zaguán.

—Escuchen bien, ¡bribones! —se escuchó una voz firme y gallarda retumbando tras el humo de los disparos—. Si vuelven a poner un pie dentro, ¡no tendré piedad en utilizar mis armas!

La advertencia, empero, fue cortada de tajo por un segundo cañonazo liberal que destrozó la monumental fuente del patio y redujo a escombros parte de la habitación principal. Más en cuanto la pólvora comenzó a disiparse, la letal fusilería de la casa volvió a abrir fuego, alimentando de mortíferas municiones a las huestes del gobierno.

El estruendo de la artillería retumbó en las conciencias de toda la calle. Al ver el atropello, los hombres de las familias colindantes tomaron audazmente las armas y, apostados en los balcones de sus casonas, iniciaron una encarnizada refriega contra los soldados, obligándolos a dispersarse torpemente para ganar la esquina. Simultáneamente, el hijo mayor de los Díez Marina comenzó a arrojar desde lo alto botellas henchidas de aceite, prendiendo fuego a la calle para cortar el paso a la caballería que pretendía embestir.

¡Todo se volvió un caos! La majestuosa casona resintió los violentos impactos de la artillería y, estando al borde del colapso, sus defensores tuvieron que resguardarse a toda prisa, afianzando con pesados polines los techos amenazados de derrumbe mientras el humo de la contienda ahogaba los últimos ecos de la nochebuena.

Apenas hubieron transcurrido un par de horas desde aquel trepidante momento, cuando el segundo embate de los liberales comenzó a fraguarse en el patio del cuartel. Se disponía el empleo de todo el regimiento destacado para sofocar la insolencia de los rebeldes. La afrenta sufrida por el capitán Sóstenes Antípides exigía una venganza —¡Voy por la familia entera, me cueste lo que me cueste! —sentenció con el rostro encendido por el despecho y la ira.

Fue en ese momento febril cuando el cabo, escurriéndose entre la tropa, se aproximó al capitán y le puso en la mano una esquela doblada con sigilo. Lo recorrió con la mirada la caligrafía trazada a prisa y, ensombrecido el semblante, subió a paso firme las escaleras de cantera rosa hasta la penumbra de su despacho.

Al cruzar el umbral, frente a él aguardaba su esposa Consuelo, quien con una sonrisa que enlazaba la malicia con el temor, lo recibió en el recinto, se acercó a él dejando mirar su figura entre sus pliegues—¿Qué pasaría, mi amado capitán —murmuró con voz pausada —, si de pronto usted, esposo mío, parara este embate a la familia Díez Marina? Y en mejor posición, al fin que la casa no se va a ir de su lugar, ¿apostaría por quedarse aquí conmigo? Digo… ¿sería capaz de negarme el favor?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, la mujer dejó caer lentamente la bata de finos encajes que la cubría, revelando la lozanía de su desnudez. El licor embriagante, la tentación carnosa y el sutil veneno de la seducción volvieron a tejer sobre el ánimo de Antípides ese velo impenetrable de irrealidad.

Continuará…

->> También te puede interesar: ¡Ay! Mi Querétaro Lindo capítulo anterior

Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALArelato

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