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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
21 agosto, 2026
en Editoriales
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Era el doce de diciembre del año de 1862, cuando el capitán don Sóstenes Antípides recorría los vastos recintos del afamado obrador de la familia Olguín. Recreábase la vista al contemplar aquel hervidero donde los enormes cazos de cobre despedían efluvios.

Lo mismo mieles de membrillo en un perfume delicioso que embalsamaba el aire, confundiéndose con las notas cítricas y penetrantes de las naranjas y mandarinas que se deshacían en almíbar. Al aproximarse a las vasijas donde se condensaba la leche, el aroma transformábase en suave combinación de piñón y canela. Era, en verdad, un sinfín de colores que se desprendían de cada aroma, digno de admiración observar aquella opulencia de la repostería artesanal.

Pensaba el capitán, no sin asombro, en cómo aquella ingente cantidad de dulces lograba distribuirse con tal bizarría por todos los confines de la República, desde el lejano Potosí hasta los suntuosos palacios de la capital. Un verdadero ejército de operarios trabajaba sin descanso empaquetando las finas conservas en elegantes cajas de madera, mientras en calderos hirvientes se purificaban los envases de cristal. Sabido era que, a mayor hervor de la cristalería, el dulce conservaba su frescura por más luengos años.

En las galerías interiores reposaban, bajo rigurosa vigilancia de temperatura, controladas con vasijas de barro rellenas de agua, montones de peras, duraznos y limones que pronto habrían de convertirse en cristalinas confituras, al lado de cántaros henchidos de leche destinados a las célebres cajetas.

Ante semejante imperio de frutos cristalizados, bien podía presumirse que los ejércitos conservadores no requerían de más oro que el producido por aquellas calderas para financiar sus campañas. Mientras que a su paso cada persona del obrador se inclinaba para saludarle — ¿Cómo amaneció capitán? … ¡Que tenga un dulce día señor! — amablemente le interponían.

Conocía muy bien el capitán que las carretas, provistas de astutos dobles fondos y custodiadas por sus propios hombres, no solo llevaban golosinas. —¿Tanto oro para qué? —, musitaba entre sí con mística cavilación.

Hallábase sumido en estas reflexiones cuando cortó su paso una figura conocida. Era Ambrosio, obrador del establecimiento y vil traidor a sus amos, quien en anteriores ocasiones ya le había facilitado, a cambio de miserables monedas, el santo y seña de los cargamentos y el secreto de los dobles fondos.

Sin mediar más palabra, el capitán asió con rudeza las ropas del infeliz y, de un violento empellón, lo hizo sentar a su lado —¿Qué pasa, bribón? —le espetó al oído con voz sorda y amenazante—. Llevo ya varios días en esta finca sin que me hayas dicho en qué rincón del demonio guarda esta familia el maldito oro.

No terminaba aún de increpar al aterrorizado mozo cuando pasaron cerca de allí dos jóvenes azucareras, portando costales al hombro —¡Muy buenos días, mi capitán! Tenga usted un venturoso día —saludaron las muchachas con modesta cortesía —Buenos días tengan, señoritas —respondió don Sóstenes entre dientes, disimulando su furor tras una sonrisa sardónica y falsa.

Apenas se alejaron las mozas, volvió la vista al felón y reanudó la violenta reconvención, sacudiéndolo de sus andrajos —Quedamos claramente, bellaco, en que una vez efectuado mi enlace matrimonial y asentado mi pie en esta casa, tú me tendrías bien ubicado el aposento donde se cargan los transportes. ¡Ha pasado el tiempo y nada me has dicho! Necesito que me reveles por qué rumbo de la finca embargan el oro y la plata. Y si es que lo llevan a otra parte, ¡dime a dónde! Este palacio parece un endiablado laberinto: pasadizos por aquí, galerías por allá… ¡y jamás doy con el sitio donde cargan las carretas! —.

El miserable Ambrosio, tiritando de pavor bajo el férreo puño del capitán, balbuceó con voz lastimera —Mi señor… ¡ansina misma Dios me castigue si se lo oculto! Harto cumplí ya con indicarle el taller de don Filemón el carpintero, que es donde se fabrican los carruajes; pero de allí en adelante, por la Santísima Virgen del Carmen le juro que nada más sé.

Cualquiera que observase de lejos aquella escena habría juzgado harto sospechosa la conferencia entre el gallardo capitán y el humilde operario; más el diálogo vio su fin cuando hizo su aparición la recién casada, doña Consuelo, flamante esposa de don Sóstenes —Buscándote andaba, dueño de mi alma —dijo con fingida dulzura—. Ha llegado la hora del almuerzo y no debes olvidar la copilla de jerez que antecede a tus alimentos. Bien sabes que ella te restituye los bríos y las fuerzas para nuestros arrebatados encuentros en la intimidad del tálamo—.

Diciendo esto, empinó hacia los labios del oficial el cáliz que contenía el supuesto licor, el cual no era en realidad sino un brebaje de yerbas formulado para adormecer sus sentidos y dejarle la cabeza enteramente conturbada. Don Sóstenes, sin sospechar el ardid, apuró el brebaje de un solo trago.

Ha de saber el curioso lector que en estas ricas comarcas queretanas imperaban costumbres de singular abundancia. Acostumbraban las familias acomodadas iniciar la alborada con un vaso de leche pura acompañado de un pan bien azucarado. Entrada la mañana, servíase el almuerzo compuesto de frijoles negros, tortillas recién salidas del comal, suculento lomo de puerco al ajillo y una fresca jarra de agua de chía.

Al llegar la hora de la comida —el acto supremo del día— desfilaban por las mesas las sopas de verduras, las viandas de res, el arroz, las legumbres y, como broche de oro, las más finas natillas de vainilla. Al caer la tarde, la merienda ofrecía tazas de leche con tortas de frijoles untadas de crema, dejando para la cena un guiso picante de ave aderezado con aromáticas especias.

¡El desventurado capitán, devorado por la pócima y empalagado por tanto banquete, sentía que un profundo asco invencible le revolvían las entrañas! Seguro por tanto toloache y floripondio que entre tiempo y tiempo le aplican.

Al rayar las sombras de la noche, aprestábase el gallardo capitán a cumplir con los deberes conyugales en el lecho nupcial, pero volvió a quedar el desventurado don Sóstenes sumido en un sopor tan profundo que sus ronquidos semejaban los rebuznos del más vulgar jumento, vencido por las copiosas dosis de jerez que le administraran antes del encuentro.

Fue en aquel preciso instante, cuando toda la servidumbre y la chiquillada de la casa dormían cuando doña Consuelo de Sóstenes, acompañada de su hermano y de su respetable padre, se congregaron en el discreto retiro del comedor.

—¿Qué has logrado averiguar, hija mía, sobre las verdaderas intenciones de tu marido? —preguntó el anciano dulcero — más para andar de fisgón por cada rincón mérecese llamarle espía. Me he enterado que anduvo interrogando a los obradores sobre los envíos que se dirigen al obispado para cargarse de oro —Nada he conseguido sacar de sus labios, padre; es una mula —respondió la joven con desazón.

—Pues menester es que pongas mayor empeño —replicó el padre con marcada firmeza—. Importantes planes penden de este asunto. Hemos logrado doblegar la altivez de Sóstenes, y solo los encantos de tu condición de mujer lo mantendrán domado. ¿Le administraste, como te previne, la infusión de yerbas? —Tal como me lo ordenasteis, padre mío. Lo apura diariamente sin sospechar.

—Debemos ser más astutos que este bribón —sentenció, paseándose por la estancia—. En escasos días habrá de restituirse a sus cuarteles, y con certeza tramará algún plan no solo para custodiar los cargamentos con rumbo a la sierra, sino para descubrir de donde sale el oro que sostienen las tropas de nuestro ilustre general don Tomás Mejía.

Por añadidura, despachos llegados de la capital aseguran que es casi un hecho la venida de un emperador traído de la Europa, príncipe de fina estirpe y esclarecida hidalguía que habrá de regir los destinos de la Patria.

—Hija mía —concluyó el patriarca con fría solemnidad, clavando en ella una mirada en la que se mostraba pensativo—, en seguir con nuestro plan, ¡tendrás que mostrarte desnuda dejando se embelese con tu candor! Debe beber de tu mano como una ternera; de lo contrario, se nos irá sin tener a qué regresar.

Continuará…

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Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALAnarración

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