Antes de que la inteligencia artificial acabe con nosotros o se convierta en nuestra salvación universal (como quieren algunos optimistas), o que las armas nucleares nos frían a todos, la especie humana seguirá acumulando un sinfín de desastres que son esencialmente resultado de su estupidez congénita.
No hay mucho qué hacer. Albert Einstein lo advirtió con toda claridad: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”, dijo. Entendidas y comprobadas estas palabras por donde quiera que miremos, parece un milagro que estemos todavía pisando la tierra.
Cuanto más significativos y trascendentes han sido los logros de los humanos en todos los campos, las posibilidades de nuestra autodestrucción se han multiplicado exponencialmente. Llevamos, si hacemos cuentas alegres, poco más de un cuarto de siglo (considerando que la revolución industrial dio comienzo formalmente en los años 60 del siglo XVIII) viviendo una competencia ya de trazas apocalípticas por ver de qué cabecitas surgen las más perniciosas ideas. Y lo más sorprendente es que la mayor parte de estas no provienen de mentes malévolas ni malintencionadas, sino todo lo contrario: gente progresista en lo político, emprendedora en lo económico y básicamente bienintencionada frente a todo lo que constituye su entorno.
Con la misma facilidad con que hemos invadido y explotado espacios y recursos naturales, contaminado selvas o talado bosques vírgenes nos hemos acercado invariablemente a nuevos y más peligrosos desequilibrios ecológicos. La suma de todos ellos ya nos está poniendo frente al colapso, pero como ya quedó claro, nuestra estupidez reclama evidencias inmediatas, tangibles, y sólo cuando el incendio o la inundación llegan a casa podemos empezar a suponer que el planeta se está calentando.
Quizás por ello convenga ver a detalle cada calamidad que hemos provocado en nuestro pernicioso contacto con la naturaleza, incluso cuando sólo queríamos resolver un problema o pensábamos hacer la vida mejor para todos.
Vuelvo a pensar en todo esto ahora que leo en el diario El tiempo, de Colombia (antes del implacable terremoto que acaba de sacudir a la nación hermana), la historia de la remota isla Marion que queda en medio del océano Índico, a medio camino entre entre Sudáfrica y la Antártida. Forma parte del archipiélago de las Islas del Príncipe Eduardo y es relevante por la biodiversidad que alberga o albergaba, porque esta se halla amenazada por las torpes decisiones tomadas no por un comité de brujos salvajes (la isla está formalmente deshabitada) sino por unos científicos, meteorólogos para ser exactos, que operaban la estación meteorológica y que en 1949, intentando hacer frente a una plaga de ratones, decidieron llevar a unos lindos gatitos.
“La Isla Marion –informa el reportaje que comento– era un santuario natural donde numerosas especies de aves marinas, como petreles y albatros errantes, habían evolucionado durante miles de años sin la presencia de mamíferos terrestres depredadores.
“Al no contar con mecanismos naturales de defensa, las aves y sus nidos ubicados en el suelo se convirtieron en presas fáciles para los felinos, que se reprodujeron sin control hasta superar los dos mil ejemplares en la década de 1970, dejando un saldo estimado de 450 mil aves muertas cada año”.
Conscientes de la metida de pata, nuestros científicos la tomaron contra los gatos y lanzando todo un arsenal bioquímico consiguieron liquidar al último gato en 1991, casi 15 años después de que empezaron su exterminio. Sin embargo, para ese momento el problema de las ratas se había multiplicado y hasta la fecha compromete seriamente la sobrevivencia de la mayor parte de las especies de aves que hay en la isla.
Ahora las autoridades de Sudáfrica y algunas fundaciones han reunido 25 millones de dólares para un programa que ya desde su puro nombre haría temblar a Mickey Mouse: “Mouse-Free Marion Project”. El plan es limpiar de roedores unas 30 mil hectáreas de terreno volcánico distribuyendo con una flota de helicópteros un cebo con veneno durante el invierno austral.
Suena muy inteligente y espero que lo sea, porque si fallan, bastará con que queden vivos unos cuantos ratones para que el desastre se repita. También espero que el cebo que usen no les guste a las aves y, sobre todo, que no surja una organización civil que se declare en contra del raticidio en marcha.
FB: Ariel González Jiménez







