La palabra justicia es polisémica: conformidad con el derecho, igualdad; exigencia social, virtud. Como virtud ocupa con otras la cima de la ética, aunque es quizás la más entera, la de una fuerza salvífica sin paralelo. Kant decía que “si la justicia desaparece el hecho de que los hombres vivan en la tierra no tendrá ningún sentido”. La justicia no habita en los cielos; existe solo cuando se realiza. La hacen los justos cuando observan la ley, cuando cumplen la regla de la igualdad. Es la virtud del orden si éste es equitativo, pues no todo orden posee esta cualidad. Hay leyes injustas. Por eso en la justicia tiene cabida la observancia y la rebeldía. Recordemos a Antígona, heroína del oikos, procuradora de un orden fraternal, superior al de la polis que representa Creonte. Recordemos también a Thoreau negándose a pagar impuesto para financiar la guerra de Estados Unidos contra México. Antígona da sepultura digna a su hermano Polinices y sufre la condena de ser enterrada viva; Thoreau padece la cárcel por negarse a pagar el tributo. El sacrificio de la una, la resistencia civil del otro son expresiones de la justicia.
La justicia, como deber, compete al legislador, al juez, al simple ciudadano. Todos somos corresponsables en mayor o menor grado. Si fallamos, cosecharemos el fruto amargo de su ausencia. El violento desorden del México de hoy tiene su origen en la desigualdad profunda, en la injusticia, codicia, corrupción, impunidad. La solución no es represiva sino creadora. Seguramente hay aquí jueces que deberán atender el consejo de Francesco Carnelutti: “cuidad mucho la dignidad, el prestigio, la libertad del juez, y el no atarle demasiado en corto las manos. Es el juez […] quien tiene ante sí al hombre vivo […] Y solo el contacto con el hombre vivo y verdadero, con sus fuerzas y sus debilidades, con sus alegrías y sus sufrimientos, con su bien y su mal, puede inspirar esa visión suprema que es la intuición de la justicia”.
El hombre vivo de hoy está inmerso en sus certidumbres y, al propio tiempo, en sus dudas, en sus audacias y miedos. Es el vértigo de la modernidad, o si se quiere, de la posmodernidad. Nuevos retos, nuevos reclamos: aborto, eutanasia, lazos formados entre personas del mismo sexo; planteamientos bioéticos: clonación reproductiva o terapéutica.
Ante estas realidades, el juez, como el príncipe de Maquiavelo, tiene que despojarse de sus convicciones privadas, abrir los ojos y el corazón al bien común, atender las aspiraciones del otro, vivir lo que Aristóteles llama el sueño del vigilante, definición del cambio, de la compasión, de la esperanza.
La Dra. Sheinbaum busca pruebas para casos como el de Rocha Moya. No sería ético que ella las busque. O sólo tiene la opción de la impunidad.








