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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
3 julio, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
8
VISTAS


Capítulo V

2de noviembre de 1862, por la tarde noche, casona de la familia Olguín.

¡Válgame Dios, y qué lánguida y fastidiosa tarea es esta de contraer nupcias en los nuevos tiempos de la «modernidad liberal» queretana!

Hoy la moda no es otra sino vivir en el ajetreo de cumplir con las flamantes disposiciones de este gobierno… o de lo que queda de él; porque con la novedad de que las huestes invasoras marchan ya a paso de coyote hacia la Capital de la República, no hay alma viviente que encuentre a un solo juez —de esos novísimos que llaman «civiles», recién estrenados en los escritorios del Ayuntamiento— que quiera unir a los pretendientes.

Todos, a una voz, se escudan tras el comodísimo pretexto: —En saliendo los invasores, volveremos a despachar el negocio—.

¡Vaya con este arraigo de nuestros burócratas! Por un flanco, los templos se hallan clausurados debido a la ruidosa exclaustración decretada por el ciudadano presidente don Benito Juárez; y por el otro, en esta callejuelesca ciudad de violáceos atardeceres, dicha ley solo se ha aplicado con rigor de hierro a los varones.

Las mujeres, ¡ah, pícaras fortunas!, aún no han sido puestas en la calle, y esto por obra y gracia de los muy poderosos padres de familia que las amparan.

Sabido es que las reverendas madres clarisas componen el florón de las hijas de alcurnia de toda la comarca, desde el Potosí hasta la mismísima Ciudad de México, y contra el influjo de los privilegiados, ya se sabe, no hay gobierno que hinque el diente.

Los mentados Registros Civiles, que en el papel se pintaban como la panacea para llevar el exacto padrón de los moradores de esta comarca de paso —ya fuesen nacidos, desposados o difuntos—, no resultaron más que otra estratagema para exprimirle el bolsillo al infeliz parroquiano.

Ya conoce el lector que a los señores del gobierno jamás se les da por cobrar contribuciones por cuanto capricho le viene a la mente, con tal de la observancia de la existencia del prójimo.

Pero si la mula es rejega, los caminos ya le son conocidos; y así, sin más remedio, todo aquel cristiano que osara casarse debía soltar la moneda del impuesto y asentar en los infolios los nombres de sus padres, hermanos, el domicilio de su residencia y hasta los nombres hipotéticos de los hijos que pretendían engendrar ¡Ni judas se atrevió a tanto!

Y vaya que la prole entre nosotros es magnánima y abundante, pues como en estos azarosos días, amado lector, el único arrumaco lícito y permitido por la moral es aquel que se encamina a la procreación ¡como Dios manda!, bien puede juzgar vuestra merced las espantosas calamidades a las que se ven expuestos los pobres esponsales antes de pisar el tálamo.

Ocurrió, pues, que se hubo levantado el mantel y concluido la cena en la morada de don Felipe Olguín. El buen hombre era sujeto tuerto, cojo y casi mudo, no tanto por los achaques de la edad, sino por las sevicias que padeció a manos del cuartel del capitán Sóstenes Antípides; soldados que, con refinada saña, lo estropearon para arrancarle la confesión de si era él quien conducía la plata del partido rumbo a Tamaulipas. Quehacer que jamás se le comprobó, aunque esto no quitara la sospecha de ser rigurosamente cierto.

Retirado el viejo a sus aposentos, quedaron solas en el comedor la matrona de la casa y la doncella María Luisa. Es el caso que esta señorita ha sido pedida en matrimonio —por enésima ocasión, para que se vea la terquedad del siglo— por el joven vástago de don Eustolio y doña Lolita Septién.

Este mozo lleva ya algunos meses de penoso aprendizaje en el obrador de dulces, entregándose con fervor casi religioso a las fatigas de levantar la fruta, dar el punto exacto a los almíbares, pelar los géneros, vaciar con destreza el interior de limones y naranjas, y dominar el difícil arte del hervor de la leche para la confección de las cajetas, entre otras peripecias del prolífico oficio.

Así las cosas, a fuerza de ruegos implacables y de la terca insistencia de las mujeres de la casa —tanto la esposa como las hijas del buen don Felipe—, lograron al fin ablandar el endurecido y acartonado corazón del anciano, quien terminó por otorgar su esquivo consentimiento para fijar la fecha de las bodas a unos cuantos meses de distancia.

Y como no hay quimera de enamorados que el tiempo no convierta en realidad, se disponen ya todas las rigurosas formalidades para que, por vez primera en los anales de la familia, ¡una de las hijas de don Felipe tome estado y se case!

Gran motivo de regocijo y asombro, por mi vida, pues el vecindario entero y las mismas hermanas ya habían dado por sentado que todas ellas se quedarían irremisiblemente para vestir santos. Por cierto, tradición muy queretana.

Procedió entonces la respetable consorte de don Felipe a extraer de sus costuras un primoroso morral, previamente engalanado con encajes y guarnecido con las iniciales de la familia.

Estaban estas grabadas en primoroso punto de cruz, ejecutado con tal excelsa maestría que bien pareciera obra de alguna virginal novicia de claustro; primorosa artesanía, por mi vida, de valor incalculable, donde dos vistosos pavos reales, haciendo gala de vivos colores y menudos detalles, escoltaban como fieles guardianes las iniciales de la niña María Luisa.

Acto seguido, la matrona comenzó a desdoblar ante la vista de la doncella varios lienzos de ropa, sutiles encajes de deshilado y ciertas prendas íntimas cuyo misterioso propósito la muchacha no alcanzaba a descifrar en su corto entender.

Sin andar con rodeos, atribulaciones ni espantajos, la madre fue directa al grano y le encajó la siguiente pregunta: —Hija mía, dime con franqueza: ¿hace cuánto tiempo conoces a Manuel? Ya nos es notorio a todos que desde la más tierna infancia se han frecuentado con asiduidad; pero dime, desengáñame, ¿qué tanto lo conoces en realidad?

Al oír esto, la atribulada joven se puso de mil colores, siendo el encendido arrebol de sus rollizos y lozanos mejillones lo que verdaderamente la traicionó, desnudando su turbación.

—¡Pero, madre de mi vida! ¿Qué pregunta es esa? ¿A qué Santo viene semejante misterio?… —replicó la moza, mientras, jugando azorada con sus propios dedos, desviaba la mirada hacia las paredes. —Mira, hija —repuso la sagaz matrona—, déjate ya de remilgos y falsos miramientos. Yo también tuve tus verdes años y sé de qué color son los arrumacos en los ventanales oscuros del patio; y pues una es mujer, y la naturaleza nos recuerda con sigilo nuestra condición cada mes, bien sabemos ser secretas y custodias de nuestras cosas. Pero no me has de negar que cuando Manuel te estrecha en sus brazos, o si acaso te has atrevido a hurtarle algún beso, ¡vamos, que tú me entiendes!, ¿no experimentas unas ansias vivas de pasar de los puros labios a mayores extremos?—.

Mientras esto ocurría en el santuario del comedor, ignoraban las tertulianas que detrás de la puerta de cristales se hallaba apostada, en larga y apretada fila, la caterva de las hermanas entrometidas.

Escuchaban estas con la oreja pegada a los vidrios, pasándose la voz unas a otras en el más estricto y sibilino silencio: —Dice mamá que María Luisa ya se besuqueó con Manuel… —susurraban las de adelante. El mensaje corrió de boca en boca hasta llegar a la última de la fila, quien, recibiendo la noticia desfigurada por la distancia, preguntó con mayúsculo asombro: —¡¿Qué le tocó qué cosa y en dónde?!…—

Advirtiendo la buena madre que la timidez de la niña la hacía zozobrar, determinó suavizar el tono de la reprimenda, haciéndose más blanda: —Escucha, María Luisa: alguien en este real mundo te ha de abrir los ojos, y siendo yo tu madre, a mí me corresponde tan sagrada labor. Dime, ¿tienes noticia de cómo se traen los hijos al mundo? — La infeliz doncella estuvo a punto de sufrir un síncope ante tamaña audacia: —¡Por los clavos de Cristo, mamá! ¿Cómo se le ocurre preguntarme tales deshonestidades? Yo me imagino… supongo yo, que eso ocurre durmiendo juntos bajo el mismo techo, ¿qué no es así? …—.

La madre, sin inmutarse lo más mínimo por la inocencia de la niña, se levantó con paso firme, se dirigió a un espacioso cajón del trinchador del comedor y extrajo de su fondo una monumental sábana.

Extendiéronla ambas mujeres por los extremos, simulando que era su intención doblarla con orden; más la curiosidad pudo más que la vergüenza, y María Luisa no pudo menos que interrogar a su madre sobre el extraño artilugio que se ofrecía ante sus ojos.

—¿Y qué invención es esa, madre? —inquirió la joven, mientras clavaba la vista en el centro de la elegante pieza de tela, donde, entre finos y primorosos deshilados, se abría un orificio circular, del tamaño justo donde cabría una mano pequeña; abertura dispuesta, sin duda, con alguna secreta intención que su virginal pudor se resistía siquiera a maliciar.

—Esta sábana —declaró la madre con la gravedad de un docto de la Iglesia— la deshilé yo misma con mis propias manos para el día de mis bodas. Por este santo agujerito es por donde tu futuro esposo ha de introducir su naturaleza… —¿Su qué?… ¡¿Su natu… qué cosa?!… —exclamó la joven, abriendo unos ojos como platos.

Comprendiendo la madre el grado de ignorancia en que yacía la muchacha, hizo un ademán muy expresivo con las manos, encorvando los dedos como si sostuviera un par de redondos jitomates del mercado, y le soltó sin embozo: —¿Acaso nunca has tentado a Manuel por debajo, allá en su entrepierna? —¡Válgame la Virgen Santísima del Carmen, mamá! ¿Cómo cree usted que he de cometer semejante desparpajo? Si a duras penas le permito que me tome de la mano, y me safo de sus brazos cuando nos damos un inocente beso en la mejilla… ¡¿Cómo he de ir yo a agarrarle nada a Manuel?! ¿Y con qué provecho lo haría, si se puede saber?—.

Al otro lado de la mampara, la fila de las hermanas escuchonas no daba crédito a lo que percibían sus oídos. La última de la hilera, que era la que más apuros pasaba para remendar la información con su escaso entender, exclamó para sus adentros, con los ojos desorbitados por el pasmo: —¡Conque los hombres cargan unos jitomates en la entrepierna!… ¡Vaya, por fin salgo de dudas y ahora lo sé todo! Lo que no me explico ¿Para qué los cargan?— pensaba mientras se volvía a formar para escuchar lo que se dice en el comedor.

—A ver, hija de mi alma —prosiguió la matrona, buscando luces en el libro de la naturaleza—, haz memoria y dime: ¿has reparado alguna vez en aquello que les cuelga a los caballos cuando los criados gritan que no se acerquen? ¿Has visto lo que ocurre cuando se le montan a la yegua?

—Pues… sí, madre, en verdad lo he visto —respondió la candorosa María Luisa, haciendo un esfuerzo supremo por hilar el rústico ejemplo con su propio destino. —¿Y has observado también cómo los toros sementales se montan sobre las vacas, y de resultas de aquel alboroto salen al poco tiempo los becerritos libres y gallardos? ¿Verdad que sí?

—Sí, mamá, bien lo he visto en las haciendas; pero desengáñame por tu vida, ¿qué significa todo este recuento de ganado? ¿Acaso me estás diciendo que Manuel se me ha de montar de esa misma suerte en mitad de los corrales?…

—¡Por las once mil vírgenes, no, hija mía! No se te ha de montar de esa bárbara manera —aclaró la paciente madre, conteniendo la risa—; pero dime, ¿has advertido que eso mismo que les sale a los caballos por debajo de la panza es el mismísimo instrumento que introducen en el cuerpo de la yegua?…

—¡Justo Dios del cielo! —exclamó la doncella, llevándose las manos a la cabeza con muestras de insufrible espanto—. ¿Me estás asegurando, madre mía, que a los hombres también les cuelga semejante y descomunal pedazo? ¡Oh, Dios de mis virtudes, qué pavor, ¡qué despropósito y qué terror tan soberano! Madre si esa es la calamidad del matrimonio ¡No lo deseo! —.

Al otro lado de la puerta de cristales, detrás de la cortina traslúcida, la fila de las hermanas escuchonas no hallaba dónde meterse para contener los gritos y las risotadas que les subían por el cuello.

El asombro era general: unas se hincaban en el frío suelo del corredor, otras se sellaban los labios con ambas manos para no ser descubiertas, y todas hacían lo indecible por no perder una sola sílaba de lo que seguía en aquella instructiva plática.

Preguntábanse unas a otras en el más sutil y clandestino susurro: —¿Conque a todos los hombres, sin excepción, les cuelgan esas mismas herramientas del caballo? —¡Jesús nos ampare, pero qué asco tan supremo! —opinaban algunas, torciendo el gesto. —Es la cosa más espantosa y abominable de la que se tenga noticia en el siglo —añadían las otras.

En esto, la más pequeña y vivaracha de la caterva, movida por una curiosidad puramente científica, les soltó a bocajarro: —¿Y a todo esto… alguna de ustedes ha visto ya uno de esos artefactos en su vida? —Ante la audacia de la pregunta, las dos hermanas mayores enmudecieron al punto, guardando un silencio de lo más sospechoso y sepulcral.

—¡Cállate la boca, por tu vida, y no preguntes semejantes picardías, que esas son cosas del demonio! —reprendieron las demás, asustadas de su propia sombra.

Y al instante, como movidas por un mismo resorte de piedad y espanto, todas juntas se persignaron con devoción desde la frente hasta el pecho, para luego, sin perder un minuto de tiempo, volver a formarse en riguroso orden de batalla con la oreja pegada a los cristales, ansiosas de seguir devorando el secreto ajeno.

Viendo la atribulada matrona que sus anteriores ejemplos de granja habían sembrado el pánico y la confusión en el tierno espíritu de la doncella, juzgó prudente acercarse más a ella y, valiéndose de un tono más decoroso, intentó hacerle comprender la cruda realidad de las cosas.

—A ver, hija de mi alma, no te me asustes antes de tiempo —le dijo con ademán pacificador—. Es verdad incontestable que todos los varones de la tierra poseen el mismo aparejo que los caballos y los toros, más no vayas a creer que es del mismo descomunal tamaño; ¡válgame Dios, que sería nuestra perdición! Vamos, para que salgas de dudas y no te forjes quimeras en la cabeza, trataré de ponértelo ante los ojos de un modo, digamos, para que mejor lo entiendas.

Se dirigió al punto la buena mujer hacia una de las canastas de la cocina y, tras hurgar entre los bastimentos, extrajo una hermosa zanahoria, la cual presentó a la joven con gran solemnidad:

—Mira, poco más o menos de este tamaño y catadura es la hombría de los varones. De esto debes estar bien advertida y consciente desde ahora; y ten por seguro, además, que ellos saben muy bien y por instinto en qué preciso lugar de tu cuerpo te lo han de colocar.

—¡Madre santa de mi corazón! —exclamó la infeliz María Luisa, sintiendo que las piernas le flaqueaban— ¿Me estás asegurando con toda seriedad que los hombres cargan una zanahoria colgando entre las piernas y que con ella me han de atravesar? —.

—Pues sí… algo por el estilo, María Luisa, que no somos de alfeñique —repuso la madre, perdiendo ya un ápice de la paciencia—.

—Así que déjate ya de tantas preguntas impertinentes y concéntrate bien en lo que te voy a decir, que esto es de doctrina. ¡Ocurre exactamente lo mismo que con los caballos y las vacas! Cuando los hombres introducen aquello que lo hace varón en nosotras, acometiendo la empresa con unos cuantos empujones —unos más recios que otros, según el ingenio —, llega un momento de supremo arrebato en que ellos se vuelven locos de remate… ¡y es ahí, por obra de ese lance, cuando nosotras quedamos embrazadas!

—¡Por la santísima Virgen del Carmen, madre mía! —articuló la cuitada doncella, santiguándose con premura mientras el alma se le iba al cuerpo—. ¿Qué clase de apostillamiento y ley de la naturaleza es esta que me vienes a revelar?

Al otro lado de las cristaleras, la caterva de las metiches hermanas, habiendo oído el desenlace de tan botánica lección, no hacían más que cruzar miradas de espanto y sacar sus propias y disparatadas conclusiones.

—¡Que por lo que a mí toca, jamás consentiré que mancebo alguno se me acerque a tiro de ballesta! —exclamó una de ellas con el rostro demudado por el pavor, mientras todas, presas de un pánico repentino, emprendían la graciosa huida a paso veloz rumbo a la seguridad de sus recámaras.

—Pero, ¡qué demonios de misterios son estos! ¿Será verdad tanta atrocidad, o nos habrán querido espantar con cuentos de viejas? —se preguntaban unas a otras por los pasillos con el corazón en un hilo.

Siendo el caso que la señorita Consuelo, a quien por riguroso orden de edad y linaje le correspondía el siguiente turno en el libreto de los desposorios, se quedó rezagada en el corredor, inmóvil y meditabunda, rumiando para sus adentros las extraordinarias novedades y haciéndose a la idea de su futuro destino. Con los ojos fijos en la nada y una mezcla de asombro y picardía en el semblante, no pudo menos que exclamar para su propio capote:

—¡Válgame Dios… qué menuda y surtida canasta de verduras cargan estos benditos mancebos en los pantalones!

Continuará…

 

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Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALArelato

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