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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
26 junio, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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2de noviembre de 1862.

¡Válgame Dios, mis amados lectores, y en qué espantosos y calamitosos días nos ha tocado vivir! La insigne ciudad de violáceos atardeceres, otrora emporio de buenas costumbres, continúa sumergida en el más pavoroso y confuso caos.

No fijéis la mirada únicamente en el desorden de las calles o en la carestía del pan, pues la gran crisis que hoy nos acosa y amenaza con devorarnos es de índole puramente moral.

¡Ay de nosotros, que nos hallamos como ovejas descarriadas, huérfanas de pastor que guíe con prudencia al desvalido rebaño! Nos vemos privados de la augusta magnificencia de los templos y de la tan necesaria instrucción religiosa, la cual es el único freno legítimo para las desbocadas pasiones humanas.

Los pocos y desdichados frailes que aún subsisten en estos parajes se ven obligados a deambular como mendicantes, estirando la mano piadosa por una limosna para no perecer de inanición, no dejan de hacer sus rezos y ejercicios por nuestras almas, para no perecer en los infiernos brutales del purgatorio, miedo en el que se vive aquí todos los días.

Por su parte, los señores curas y párrocos, a quienes las leyes civiles les han otorgado el mezquino permiso de permanecer en el suelo patrio, se hallan atados de manos: les es prohibido con severidad asistir u oficiar los sacrosantos ejercicios del culto, tales como las misas solemnes o los piadosos rezos comunitarios. ¡Qué aflicción para un alma verdaderamente cristiana! No hay sacramento de reconciliación, ni quien escuche al alma en pena.

¿Se imagina? Los candores del cuerpo arrebatados a lo mundano, somos bestias que arden en su lecho, a la mar de los demonios de la lujuria y no hay quien lo controle.

Estos ministros del Altísimo han quedado reducidos a meros amanuenses, obligados únicamente a administrar e implementar la perentoria ordenanza emanada desde el supremo gobierno federal, la cual reza, con tono de inflexible mandato:

“…trasladar toda la información de la población a los relucientes registros civiles…”.

Más ¡oh, soberana hipocresía de los hombres públicos!, dicha situación no se ha cumplido en lo más mínimo, y mucho menos se ha visto que las autoridades insistan en que tan delicada mudanza se ejecute de manera expedita y formal. Pareciera que los encargados de la justicia civil prefieren el letargo a la diligencia o ¿Esperan nuevos mandos? Tal vez los invasores tengan un as bajo la manga.

Bien se oye decir entre los hombres de buen juicio y los letrados de la plaza: si la República anhela con tanta avidez poseer la información de las almas, las actas y las memorias de los ciudadanos, ¡vayan con Dios!, pero deberá adquirirla por sus propios y legítimos méritos, y no valiéndose del despojo ni de la coacción violenta contra la Iglesia legítima.

Esta lamentable desidia gubernamental ha provocado un mal mayor y escandaloso: que la mayoría de las notarías parroquiales, esos sagrados depósitos de la historia de nuestras familias, fueran asaltadas y saqueadas sin piedad por la soldadesca liberal. A decir verdad, y para ser justos en la crónica, pocos de estos soldados quedan ya en esta ciudad de verdes frescores; mas ¡ay!, los pocos que quedan se bastan y se sobran para dar por cumplidas las órdenes más impías de sus superiores, con un celo digno de mejor causa, como los piojos ¡Pocos, pero latosos!

La consecuencia natural de tanto atropello, es el recelo y la desconfianza de la chusma.

La ignorancia, combinada con el justo temor, hace que la gente se resista con terquedad a asistir a los nuevos oficios civiles; nadie quiere inscribir a sus tiernos hijos en el registro del Estado, ni se presentan las parejas para formalizar los matrimonios ante la ley de los hombres.

¡Cuanti menos han de acudir a asentar las actas de sus difuntos! Un clamor unánime y temeroso recorre cada una de las polvorientas y descuidadas calles de los barrios, donde los vecinos murmuran con horror del nuevo orden secular:

“…eso es del mismísimo diablo, invención de los infiernos para condenar nuestras almas…”, repitiéndose este juicio de boca en boca como si de una verdad evangélica se tratase.

Lo participo con la franqueza que me caracteriza—, que los señores militares no son, por lo general, muy asiduos al santo rezo ni a las mortificaciones de la carne; antes bien, muestran una inclinación asombrosa hacia el pecado y el desenfreno, según se comenta a voz en cuello y sin recato por todo el bendito barrio.

Haciendo provecho de esta bien conocida distracción de la soldadesca, se ha visto a algunos sigilosos frailes que, amparados en la feliz circunstancia de que la milicia no los reconoce bajo sus ropajes seglares o sus capas raídas, andan rondando las cercanías de los conventos.

Estos piadosos varones, arriesgando su propia libertad, tratan de rescatar los valiosos libros de coro, las crónicas y los documentos de sus respectivas órdenes.

Conviene recordar que cada templo de esta desgraciada ciudad estuvo, al comienzo de los turbulentos días de la exclaustración, bajo la estricta y celosa custodia de las bayonetas. Sin embargo, al ingresar el invasor francés a mancillar con su planta extranjera el sagrado territorio nacional, los mandos militares tomaron a cada uno de aquellos custodios para enviarlos a la línea de fuego, y engrosar las filas de los batallones que se arman por todo el territorio, abandonándose por completo las guardias a los portones.

Al pasar los días en tal estado de abandono, ninguno de los parroquianos se acercaba siquiera a los recintos por el fundado temor a una descarga o un arresto arbitrario; por ello, enterado el ilustre municipio de que la misma vecindad, con un celo callado pero efectivo, cuidaba los resquicios religiosos y protegía las sagradas canteras rosas, resolvió aminorar la atención y retirar la vigilancia oficial, dejando los templos a la providencia del Altísimo y al amor de sus fieles.

Quienes llenaban de flores y milagros de oro en listones los altos portones de cada uno de los templos por toda la ciudad ¡No hay donde rezarles a los difuntos! Qué calamidad.

Los pocos frailes que habitaban en la ciudad —verdaderos afortunados en medio del san Quintín— encontraron compasivo refugio en los hogares de los buenos vecinos y en las opulentas casonas de algunas familias adineradas.

Quiso la traviesa fortuna, o más bien el inevitable curso de la humana naturaleza, que, al tiempo de aquellos arremolinados y ruidosos sucesos de la exclaustración, los jóvenes religiosos, despojados de sus hábitos y expuestos al trato del siglo, sostuvieran tiernos romances con las niñas casaderas de las casas que les daban abrigo.

¡Ah, Cupido, que no respeta tonsuras ni votos cuando se empeña en flechar los corazones!

Al paso del tiempo, por obra del amor sincero y acosados por las necesidades apremiantes —que en los quehaceres y enredos del dios del amor suelen ser vastas—, estos antiguos siervos del altar optaron por mudar de estado y formar parte de aquellas respetables familias, pero ya no en calidad de hermanos, sino con el honroso título de yernos.

No obstante, no todos cedieron a las delicias del matrimonio, fortuna rota.

Aquellos venerables varones que mantuvieron con heroica firmeza el ejercicio del celibato y no quisieron bajo ningún concepto desacreditar ni manchar el buen nombre de su sagrada orden, fueron principalmente los hijos de Santo Domingo y los de San Francisco.

Recios y tenaces en su santo quehacer, y habiendo descubierto con regocijo que los soldados del gobierno se habían marchado de la plaza, dejando únicamente un desnutrido piquete de veinte hombres para hacer los rondines de ordenanza de toda la comarca, decidieron pasar a la acción.

Aquella escasa guardia, justo es decirlo, andaba más ocupada y temerosa por los rigores de la leva y por asegurar reclutas a la fuerza, que por cuidar con esmero los edificios desiertos.

Viéndose, pues, libres de ojos inquisidores, los celosos religiosos hicieron por comenzar a acercarse con cautela, dispuestos a ingresar nuevamente a los amados templos y conventos de donde habían sido expulsados.

Es así como por la angosta esquina de la calle de la Buena Muerte, que corre vecina y silenciosa junto al camposanto, se divisan cuatro frailes franciscanos de andar pausado pero firme.

Estos siervos de Dios desean con toda el alma entrar a los antiguos recintos de lo que fue la insigne universidad de formación de los frailes misioneros; aquella santa casa de estudios e irradiación de fe que el humilde pueblo conoce, venera y llama con el imperecedero nombre de “Templo de la Santa Cruz”.

Quiera el cielo proteger sus pasos en esta piadosa empresa.

Descubren con presteza que el pesado portón de madera que daba acceso desde el silencioso camposanto hacia la zona de la cocina se encuentra roto y desquiciado.

Al cruzar el umbral y transitar por el antiguo cuarto de refrigerio y despensa, se topan con un espectáculo harto lamentable y asqueroso, digno reflejo del abandono en que los hombres dejan las cosas del cielo: las ratas, dueñas y señoras absolutas del lugar, habían hecho su festín con las ricas piernas de jamón que aún colgaban de los ganchos del techo; mas ¡ay!, se hallaban ya penosamente carcomidas, negras y manchadas por las inmundas deyecciones de tan viles roedores.

¡Qué dolorosa alegoría de cómo el vicio y la desidia corrompen lo que debió servir al sustento de los justos!

Como los piadosos varones se sabían de memoria cada rincón, pasillo y recoveco del sacro edificio —por haber gastado en ellos sus mejores años entre rezos y disciplinas—, optaron en primer lugar por buscar los aposentos y celdas claustrales.

Mas ¡qué amargura embargó sus pechos al abrirlos! Los encontraron enteramente destruidos y vueltos del revés, como si una horda de bárbaros o aquellos infelices que entraron con posterioridad a la expulsión violenta de la comunidad hubieran estado buscando afanosamente algún tesoro oculto o caudales de la cofradía.

Los catres de las celdas estaban completamente destrozados, partidos los maderos con saña, y las pobres colchonetas rellenas de paja yacían rasgadas de par en par, esparcido su humilde contenido por los suelos como si fuera hojarasca inútil.

Empero, la codicia humana es torpe y ciega por naturaleza frente a la astucia del ingenio santo. Lo que aquellos impíos buscadores nunca descubrieron, ni con todo su afán destructivo, fueron los arcos falsos que guardaban celosamente una de las sólidas paredes del recinto.

Dicho muro, hábilmente forrado de cal viva y empatado a la perfección con la pintura y los desgastes del resto del cuarto, ocultaba a los ojos del profano el acceso secreto a otro gran bodegón de extensas y monumentales proporciones. Un recinto subterráneo y callado que la providencia divina salvó de las garras del pillaje sacrílego.

Al franquear los cuatro franciscanos aquel muro de cal viva y arcos falsos, la luz de sus titilantes hachones iluminó los más preciosos tesoros que la Cofradía de la Santa Cruz poseía. Allí, reposando sobre húmedos anaqueles, resplandecían los vasos sagrados y la valiosa plata del culto: soberbias custodias de oro macizo tachonadas de pedrería fina que deslumbraban la vista, pulidos copones, incensarios destinados a elevar las oraciones al Altísimo y cálices de plata primorosamente repujada.

Los celosos religiosos los habían emparedado con gran premura y secreto, temiendo, con sobrada razón, que la desarrapada soldadesca liberal pusiera sus profanas manos sobre ellos con la bárbara y mezquina intención de fundirlos en rústicos crisoles para acuñar toscas monedas o para comprar las funestas municiones que alimentaban aquella interminable guerra civil.

Mas no os imaginéis que los frailes solo se preocupaban por las riquezas materiales que deslumbran a la chusma; antes bien, resguardaban algo de infinitamente mayor estima para el entendimiento y la historia patria: los archivos secretos de las misiones del septentrión.

Aquel imponente Convento de la Santa Cruz de los Milagros de Querétaro había sido, por largas décadas, el auténtico cerebro y corazón de la labor evangelizadora en las indómitas tierras de la Sierra Gorda, las extensas llanuras de Texas y la lejana Alta California.

En aquel recóndito escondrijo se hallaban protegidos mapas cartográficos trazados con tinta secreta, diarios de ruta manuscritos de puño y letra por los venerables padres misioneros —entre los que destacaban las fatigas de Fray Junípero Serra— y las bulas pontificias que daban derecho legítimo a sus fundaciones. Si el ojo inquisidor del gobierno federal hubiese descubierto tales legajos, con toda seguridad habrían sido confiscados para terminar pudriéndose en un rincón o, peor aún, destruidos por el fuego de la intolerancia civil.

Al lado de estos pergaminos, descansaban los necesarios caudales para la subsistencia en la clandestinidad, consistentes en pesadas talegas repletas de las célebres «peluconas» u onzas de oro españolas, juntas con relucientes pesos fuertes de plata que se habían venido acumulando a través de piadosas limosnas y antiguos legados testamentarios.

Mas os ruego, caro lector, que suspendáis cualquier juicio temerario y no acuséis a estos santos varones de padecer el feo vicio de la avaricia o el apego a las riquezas de este siglo falaz.

¡No, por Dios! Aquel tesoro no era fruto de la codicia, sino un sagrado fondo de resistencia y providencia, destinado enteramente a mantener el estómago de los frailes mendicantes que andaban despojados de sus legítimas rentas, a pagar los costosos pasajes de huida para los perseguidos y a financiar calladamente la manutención de aquellos clérigos que, como ya os conté en mi anterior crónica, vivían ocultos y disfrazados en calidad de yernos en las casonas de las familias adineradas del barrio.

¡Ah, el oro, mis lectores! Qué paradoja tan grande nos presenta la humana flaqueza: el mismo metal que a los hombres del siglo sirve para desatar los más abominables vicios y pasiones, servía en este oscuro rincón queretano para que las hijas casaderas tuvieran el pan en la mesa y los perseguidos del altar no perecieran de inanición en las calles.

Todo fue planeado por nuestros frailes astutos, y cuando dice la chusma que se ha burlado a la república rezan el siguiente refrán: “… las mulas morirán, pero las mañas se heredan…”

—Con esto podremos dar sustento por un tiempo más, para nuestros hermanos que decidieron la vida de cónyuges, una dote especial, buscad los nombres de la lista que traemos en el morral y distingan a repartir por partes iguales— dijo Fray Eusebio, listo hermano que a ciencia cierta administra mejor que nadie.

Se escuchó un pesado jarrón de plata de proporciones mayores rodar por todo el cuarto, en escandalosa munición, un destello de luz se vio al fondo que iluminó un rostro tozudo por las batallas, era el fósforo que prendía el tabaco veracruzano del capitán Sóstenes Antípides, legendario capitán de nuestras historias. Junto con cinco de sus más leales e incondicionales sargentos, caminó unos cuantos pasos y se acercó a los cuatro frailes que solo se miraban unos a otros.

—Que hidalga visita hermanos frailes, si cuento bien, aquí existen varias penas que los condenan de facto a la horca—

Continuará…

 

->> Lee aquí el capítulo anterior: ¡Ay! Mi Querétaro Lindo

Etiquetas: LA APUESTA DE ECALA

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