Wilbert Torres

SERENDIPIA

Las horas más oscuras

En Las horas más oscuras, una de las películas nominadas a los Premios Óscar, Winston Churchill, interpretado genialmente por Gary Oldman, desciende del auto oficial que lo lleva al Palacio de Westminster y se escabulle hacia el metro de Londres, que no había utilizado jamás.

En las vísperas del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Churchill encuentra en el metro londinense un puente para entrar en contacto con los ciudadanos. Estaba convencido de que lo correcto era enfrentar a los nazis, pese a que defender los principios libertarios de la Gran Bretaña sugería un suicidio. Pero ¿qué pensaban sus gobernados?

Entonces Churchill entra a uno de los vagones y pregunta si debía negociar la paz y rendirse ante Alemania, a lo que los hombres, las mujeres y una niña responden frenéticamente: ¡Nunca!¡Nunca! ¡Nunca! ¿Cuándo fue la última vez que un político despertó emoción en nosotros? ¿Por qué cada vez parece haber mayor distancia entre los políticos y los ciudadanos? ¿Por qué la realidad ingente parece tan lejana a la vida de los políticos?

Me hacía estas preguntas la semana pasada, después de ver Las horas más oscuras y de leer algunos artículos planteaban estas preguntas: ¿Quién es Ricardo Anaya? y ¿Cuál es su ideología? Podrían añadirse algunas más: ¿Cuáles son sus orígenes? ¿Quiénes han sido sus mentores? ¿Cuál es su propósito en la política y por qué? Las preguntas tienen como objetivo al candidato de Al Frente por México, pero podrían ser aplicadas a cualquier político.

La inquietante fuerza de las preguntas abre un paréntesis para discutir la condición de la política como consecuencia y síntesis de una transformación que inició en la época pos revolucionaria con liderazgos y cacicazgos regionales que descansaban en una relación estrecha (basada en la dádiva, la represión y el uso del miedo) entre el gobernante y los ciudadanos.

En el pasado existieron caciques totalitarios como Gonzalo N. Santos en San Luis Potosí y otros que gobernaban con las mismas formas, pero con un mayor sentido social (Carlos Sansores Pérez en Campeche y Víctor Cervera en Yucatán). Los tres tomaban decisiones autoritarias, pero lo hacían sobre el conocimiento de la masa que gobernaban, porque estaban en contacto con ella.

La extinción de las escuelas de cuadros políticos en los principales partidos, el desvanecimiento de los principios y la vocación de servicio ante la corrupción, y el ascenso de la tecnocracia, modificaron en las últimas décadas la relación entre la política y los ciudadanos. Se volvió más corrupta, oportunista y banal; indudablemente fría e impositiva, populista y distante, y los ciudadanos dejaron de confiar y de sentirse atraídos y conmovidos por ella.

¿Podríamos imaginar al próximo presidente entrar como Churchill a un vagón para preguntar a los mexicanos el país que desean?  O para tropicalizar la pregunta: ¿Cuántos políticos mexicanos podrían viajar en metro y conversar con los ciudadanos sin morir en el intento?

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