Wilbert Torre

SERENDIPIA

Descifrando a Andrés Manuel

El ser humano es por naturaleza indescifrable. Como periodista puedes pasar algunos meses o unos años al lado de una persona, y sólo podrás llegar a conocer algunas facetas de ella.

En público no actuamos como lo hacemos en privado, y más allá de la careta detrás de la cual todos ocultamos algo, son las circunstancias las que nos someten a distintos escenarios y pruebas y nos hacen actuar de una manera o de otra.

En los siguientes años, pese a ser un viejo conocido de los mexicanos, todos (se le quiera o se le odie) iremos descubriendo poco a poco a Andrés Manuel López Obrador, el hombre detrás del mito, el construido por sus adversarios y el forjado por él mismo en treinta años de lucha opositora.

López Obrador ha probado en los años y en los hechos que los juicios definitivos han sido poco efectivos para descifrarlo.

Cuando Andrés Manuel López Obrador tomó el micrófono en la contienda de 2006 y gritó: “¡Cállate chachalaca!”, tenía razón en la exigencia de que el presidente Vicente Fox sacara las manos de la elección, pero al hacerlo se mostró iracundo y fuera de control, como un político inflamable que podía arrastrar a su paso al país y a las instituciones.

Ese episodio fue capitalizado al mil por ciento por el cuarto de guerra de Felipe Calderón, que guiado por el publicista Antonio Solá tomó un fragmento del famoso discurso, extrajo el bite “cállate chacalaca” y le diseñó a López Obrador un traje de facineroso muy ad hoc con su historia de peregrino y tomador de pozos petroleros.

López Obrador perdió esa elección y también la siguiente, pero como ha reconocido el propio Solá, el recurso y el discurso del López Obrador como un peligro para el país fueron desvaneciéndose hasta llegar a la elección de julio pasado.

¿López Obrador cambió de una elección a otra? No, cambiaron las circunstancias y cambió su manera de reaccionar ante esas circunstancias. No volvió a mostrarse histérico ni fuera de sí, y en su lugar apareció Andrés Manuelovich.

Continuó recorriendo el país y dedicando el día a visitar tres o cuatro poblaciones. Pero mientras lanzaba besos y abrazos en campaña, Andrés Manuel López Obradortambién repartía puyas y sentencias descarnadas contra los empresarios del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios y la mafia en el poder, como llama al grupo de políticos y empresarios que según su relato han mantenido secuestrado al país los últimos treinta años.

Tras ganar las elecciones, Andrés Manuel López Obrador no se ha mudado a vivir en una burbuja de amor, ni tampoco ha declarado en retiro su personalidad beligerante.

Ganó la elección de una manera aplastante y ese mar hondo de legitimidad le ha dado espacio para meter reversa y congraciarse con sus adversarios y sus enemigos, que los tiene y a pasto.

Como un buen pitcher, López Obrador se muestra concentrado en preparar el terreno para lo que viene. ¿Está conciliando con sus enemigos para dar ciertos golpes de poder?

Hace unas horas, un video mostraba quizá la parte más clara sobre la personalidad de Andrés Manuel López Obrador: 23 minutos de saludos, abrazos y bromas con ciudadanos que se lo encontraron en el aeropuerto. Sin guardaespaldas, arrastrando su equipaje por las escaleras.

Esos cambios –anular la distancia entre el poder y los ciudadanos–, que el propio Andrés Manuel llama discursivos, ¿servirán de algo?

Visitar el país antes y durante la campaña le ganó la presidencia. Es muy probable que ahora –cita subrayada a las figuras de coordinadores estatales y representantes indígenas– Andrés Manuel López Obrador analice y tome decisiones nutriéndose de lo que la gente le diga en los estados.

Un poder popular y absolutamente AMLO: un poder centralizado.

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