Wilbert Torre

SERENDIPIA

La marca roja y el Congreso

En la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador estará en el mejor y en el peor de dos mundos. Entre el equilibrio o la conciliación necesaria, y las tentaciones autoritarias.

Una relación provechosa entre AMLO y el Congreso dependerá de dos cosas: del peso cualitativo de los diputados y senadores de la oposición, y de la voluntad del próximo presidente para evitar el autoritarismo y la imposición que Morena denunció en el gobierno de Peña y en los anteriores, en la aprobación de las leyes.

En uno de esos mundos, López Obrador dispone de los diputados y senadores que suman los votos suficientes para aprobar o revertir lo que desee: la reforma educativa y energética, el gasolinazo, o la Ley de Aguas Nacionales para contener el saqueo de recursos naturales.

En el otro, tendrá enfrente a la oposición y los sectores que lo vigilarán todo el tiempo y revisarán con gemelos cada uno de sus pasos y decisiones. Ante ellos, López Obrador no tendrá más opción que favorecer los equilibrios democráticos. 

En medio de esos dos mundos, López Obrador no tendrá pretexto: cuenta con la mayoría en las Cámaras de Diputados y Senadores para aprobar la agenda de su gobierno, lo cual podría incluir echar para atrás distintos ordenamientos con los que el nuevo gobierno no esté de acuerdo y aprobar otros que vayan en sintonía con sus propuestas políticas, económicas y sociales.

Tras ganar la presidencia, AMLO ha enviado a la oposición un llamado a la concordia, pero sería ingenuo pensar que en el mediano plazo será inevitable una gran colisión entre los dos modelos de país que estuvieron en juego en la elección.

Uno, el vigente hasta diciembre de este año (el modelo neoliberal instaurado en México hace tres décadas) y el otro, un modelo con una orientación económica y social distinta (“primero los pobres” era una de sus lemas de campaña) y con una mayor participación del Estado como rector en distintas áreas.

El Congreso será escenario de los debates históricos y los duelos verbales que suelen presentarse entre un gobierno todo poderoso y una oposición armada solo con sus argumentos.

El recuerdo trae a la memoria la LIV legislatura instalada en septiembre de 1988, en la que los diputados del Frente Democrático Nacional intentaban frenar, tras la derrota de Cuauhtémoc Cárdenas y el ascenso de Salinas, las reformas privatizadoras del primero de los gobiernos neoliberales.

Los debates que veremos recordarán también las tensas sesiones en las que el Partido Republicano intentó desmantelar algunas de las grandes reformas del gobierno de Barack Obama, como el Obamacare, el sistema de salud que Trump ha tratado de revertir infructuosamente.

Tomando en cuenta que contarán con mayoría en ambas cámaras, las bancadas de López Obrador podrían aprobar un número importante de reformas y contrarreformas que fueron rechazadas por Morena en años pasados en temas de seguridad interior, desarrollo social, salud y la viabilidad financiera de distintas instituciones de seguridad social.

En los años posteriores a la elección del 88, los diputados de la oposición cardenista de izquierda perdían las votaciones, pero ganaban los debates. ¿Eso sucederá en la legislatura que está por venir?

Las oposiciones del PAN y del PRI tendrán enfrente un reto monumental para no desdibujarse ante la marea obradorista en el Congreso. Tendrán que hacer un gran trabajo parlamentario y de revisión puntual de las propuestas del presidente.

Si en una bancada usualmente unos cuantos diputados hacen el trabajo duro, en la legislatura que viene cada uno de los congresistas del PRI tendrán la obligación de enfrentar con algo más que dignidad y argumentos al obradorismo.

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