Wilbert Torre

SERENDIPIA

País rojo

Conforme fluyen los resultados de las elecciones del 1 de julio, se replican las reacciones de sorpresa.

El PRI perdió en Veracruz, el tercer estado con más electores, y en Yucatán, en los dominios de un priísta legendario, Víctor Cervera Pacheco (un líder con un gran arrastre social y un perfil similar al de López Obrador), y uno de los gobiernos priístas mejor calificados con Rolando Zapata.

Peña no pudo ganar ni en Atlacomulco y  Meade ni la casilla de su vecindario. De una esquina a otra –de sonora a Yucatán– el domingo comenzó a caer la pintura del partido tricolor y tomó forma la nueva geografía del País rojo.

En tres años, Morena comenzó por ganar la humilde alcaldía de Valladolid, en Yucatán, el primer municipio que gobernó en el país, a una victoria descomunal que lo ha llevado a tener la mayoría en la Cámara de Diputados y el Senado y a ganar en casi todos los estados.

Hasta el poderoso Nuevo León, que hasta hace unas horas resistía como el último castillo de un imperio, terminó cayendo bajo dominio obradorista. En el mapa nacional desentona, como una estrella perdida, un estado azul en medio de la marea roja: Guanajuato.

Son numerosas las razones que explican el tamaño de la explosión obradorista. Una vez que ha pasado la tormenta, en el desierto priísta comienza a asentarse la tierra para señalar las responsabilidades de la derrota.

La elección fue un desastre para el PRI. Las encuestas y sobre todo el ánimo en las plazas que visitaba López Obrador hacían suponer una victoria, pero no de la dimensión como la que comienza a revelarse.

En esta elección, José Antonio Meade obtuvo alrededor de 7 millones 400 mil votos, el peor resultado en la historia del partido. Meade apenas pudo sumar el voto de los afiliados a los partidos que lo postularon. En 2006, con el voto duro del PRI más el de los simpatizantes, Madrazo logró 9 millones 300 mil votos (22 por ciento de la votación), dos millones más que Meade.

Meade ni siquiera pudo lograr el 20 por ciento de la votación.

Esta elección también ha dejado al descubierto la inutilidad de los instrumentos de control político. Esta vez al PRI y a Meade no le resultó efectiva la campaña del miedo ni la narrativa paralela de la campaña que logró consolidar la idea de que Meade estaba en “un claro segundo lugar” en las encuestas.

De manera independiente a la ola anti priísta, lo que terminó de matar a la campaña priísta fue una narrativa de papel que nunca convenció a la sociedad. Ni Venezuela, ni la intervención rusa, ni el cuento de la frágil salud de López Obrador resultaron útiles, como tampoco causaron efecto las llamadas telefónicas ni los llamados a un voto dividido en el Congreso.

En un buen número de estados los priístas sufragaron por los senadores y diputados de su partido, pero no le dieron su voto a Meade.

Así se pintó el país de rojo.

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