Wilbert Torre

SERENDIPIA

Traiciones

Para ganar una elección, los candidatos a la presidencia dependen de sumar además de la simpatía popular, una red significativa de aliados que signifiquen importantes porciones de votos, y reducir al mínimo las posibilidades de un protagonista indeseable y difícil de predecir: las traiciones.

La contienda en curso plantea un escenario interesante y diferente a otras elecciones. Podría decirse que las campañas de los tres principales candidatos a la presidencia son un coctel de ideologías, pertenencias partidistas y personajes con un pasado políticamente distinto y distante de lo que ahora representan.

Hoy vemos situados en posiciones estratégicas a Tatiana Clouthier, hija del Maquío, todo un referente del panismo opositor previo a las concertaciones y alianzas con el PRI, ahora convertida en una de las estrategas esenciales de López Obrador junto con ex priístas como Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal que tienen peso e influencia en distintas regiones del país.

En el Frente de Anaya hay generales desembarcados de otras batallas. Jorge Castañeda y Rubén Aguilar transitaron de la izquierda radical a la derecha foxista, mientras Dante Delgado es un veterano ex priísta que tuvo el tino de fundar Movimiento Ciudadano y darle arraigo popular y contenido con una generación de jóvenes ex priístas como Enrique Alfaro.

La campaña de Meade es diferente en un sentido: sus aliados con orígenes políticos distintos proceden esencialmente de una escisión del PAN (Ernesto Cordero o Javier Lozano), que no le aportan votos y lo hacen depender de grupos priístas que aún conservan cierto poder regional y son capaces de movilizar importantes segmentos de electores.

Una misión clave de los generales de campaña consiste en el trabajo discreto y vital de aventurarse  en territorios ajenos para persuadir a ciertos grupos adversarios de cambiar de bando y sumarse a su candidatura.

¿De dónde provendrán las traiciones en esta elección?

AMLO vive la paradoja de haber pactado alianzas con todo mundo, en una elección que de acuerdo con las encuestas, podría ganar sin necesitarlas.

En las campañas de Meade y Anaya ronda el fantasma de la traición, animado por una guerra interna que no enfrenta López Obrador: la disputa entre grupos de poder para apropiarse del PRI y del PAN, o lo que reste de estos partidos tras la elección.

En las campañas de Meade y de Anaya las traiciones vendrán en primer lugar de los gobernadores, quienes tienen un en la mano un gran poder de negociación en el voto corporativo que controlan.

En el PRI, la batalla por el partido parece desatada.

Mientras José Antonio Meade continúa pasando aceite para ganarse la simpatía de los priístas, el ex secretario de Gobernación Miguel Osorio Chong es recibido por la militancia de los estados como un campeón sin corona.

O dicho en modos menos eufemísticos: Mientras Meade, Nuño y compañía continúan en sus cuentas alegres y pintan escenarios rosas con el voto útil, los que fueron aplastados por ellos (Osorio y compañía), ya piensan (y actúan) movidos por el 2 de julio.

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