Wilbert Torre

SERENDIPIA

La última batalla

Detrás de la guerra comercial declarada por Donald Trump se asoman ciertas preocupaciones más que justificadas. ¿El presidente norteamericano está interviniendo en la elección mexicana?

Solo la pregunta causa escozor ante la prolongada historia de intervenciones norteamericanas en México y el mundo.

La geopolítica ha sido determinante en la historia de México, pero con frecuencia tendemos a ignorar o soslayar el peso de Estados Unidos en la vida nacional.

Ciertos datos y hechos documentados confirmaron en el último año la vigencia de una inédita relación entre México y Estados Unidos.  No recuerdo otra administración en donde los principios y la estructura de la relación bilateral hayan sido alterados como en el último año, junto con un largo esfuerzo institucional para diseñar un sólido marco de discusión (Grupos de Alto Nivel se les llama) para discutir y llegar a acuerdos amplios en todos los temas de la relación.

Esa relación compleja, habitada por resentimientos y desconfianzas, fue tendida sobre la base de un diálogo intenso, pero fluido y permanente, junto con los rieles de un marco institucional construido durante décadas por ambos gobiernos y sus instituciones (La Cancillería mexicana y el Departamento de Estado norteamericano junto con un amplio núcleo de instituciones de ambos países). Todo eso, al menos en la percepción de la realidad, ha sido severamente alterado el último año cuando las principales decisiones de la relación bilateral se trasladaron a una mesa en la que el canciller Luis Videgaray y Jared Kushner, yerno de Donald Trump, llegaron a acuerdos desconocidos para los habitantes de sus países.

Esta relación no solo ha implicado acuerdos desconocidos fuera de ese círculo íntimo, sino un colaboracionismo difícil de comparar con otros gobiernos.

En el último año, al tiempo que el mundo se sacudía con los tuitazos destemplados de Trump y se replicaban las reacciones de histeria colectiva y desplomes de monedas y mercados, los gobiernos de Trump y de Peña comenzaban a colaborar tomados de la mano en distintos asuntos de interés mutuo. El ejemplo más claro es Venezuela, un tema en el que los acuerdos en esa mesa desplazó el marco institucional. Es aquí donde entran en juego los intereses geopolíticos y el colaboracionismo de los países vecinos.

En mayo del año pasado, días antes de la asamblea de la OEA en Cancún, Donald Trump le pidió al presidente Peña un favor: liderar una abierta ofensiva contra el gobierno de Nicolás Maduro. El 31 de mayo, el canciller Videgaray desató la guerra en el foro Americas Conference Series, al declarar que Venezuela no era una democracia y denunciar el uso de tribunales para enjuiciar civiles “como el rasgo de un gobierno autoritario”.

Es imposible saber en que medida esta última embestida es producto de esa alteración sustantiva en la relación bilateral. Lo que es un hecho es que el PRI ha intentado en las últimas horas asirse de la guerra comercial en un intento por presentar a José Antonio Meade como el único capaz de enfrentar un escenario de disputas políticas y económicas con Trump.

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