Wilbert Torre

SERENDIPIA

Populismo, Meade y AMLO cara a cara

Esta campaña es un río de mitos y otras cosas, fantasmas que pueblan las tinieblas del país y que los políticos acostumbran minimizar, disfrazar o negar su existencia, aunque siempre echen una mano robusta de ellos para hacer avanzar sus programas de gobierno y ganar elecciones. ¿Cómo se miran los candidatos del PRI y de Morena (presente y pasado del PRI) expuestos a la luz del populismo, uno de los principales recursos de control y manipulación política y social?

Un PRI sin populismo es como un Vaticano sin Papa. Meade tiene una vieja relación familiar con el populismo, por medio de su padre, Dionisio Meade, amigo muy cercano de Augusto Gómez Villanueva, miembro distinguido de la primera plana del echeverrismo, el populista autoritario por excelencia. Una de las artillerías más pesadas en la campaña priísta ha estado dirigida a alertar sobre el populismo de López Obrador, con el que Meade no va ni a la esquina. Ese es el discurso. En la realidad, una parte importante del presupuesto de distintas secretarías del gobierno peñista (una de las principales es la Sedesol) se ha transformado en becas y en otros apoyos en forma de dinero (como Prospera). Meade no es populista, pero el martes prometió ampliar el programa Prospera para incorporar a dos millones de familias, ofreció aumentar de mil 900 a 5 mil 700 pesos los fondos que reciben las familias que tienen un familiar discapacitado, y hasta aseguró saber cómo resolver la pobreza.

López Obrador es uno de los últimos padres del populismo que abrevó de los fundadores del priísmo y que reinventó en distintas presentaciones que le han sido copiadas o adaptadas tras un revolcón por los últimos gobiernos priístas y panistas, incluido el actual. Ojo: no cualquiera es un buen populista. AMLO ha sido uno de los mejores en el ejercicio del populismo, un recurso que en la vieja escuela solo era posible convertir en una catapulta personal cuando se combinaba con rasgos como el cacicazgo, el carisma, la cercanía con el pueblo y la capacidad de liderazgo. Llama la atención que López Obrador se defina como un “dirigente”, quizá para enfatizar la fuerza del movimiento social detrás de su candidatura, otro ingrediente vital del populismo, el contacto y el control corporativo. Es imposible por ahora calcular la dimensión del voto duro de Morena, pero una cosa es segura: la masa que votará por López Obrador podrá dividirse en dos: quienes lo harán para romper el sistema vigente (una parte importante de la clase media, los veinteañeros y los jóvenes que trabajan); y la base del partido, compuesta por una abrumadora mayoría de mexicanos pobres o que viven en condiciones precarias.

¿Meade y AMLO son populistas?

Ambos lo son por vía sanguínea, la diferencia radica en que el candidato del PRI ha administrado el populismo desde la tecnocracia y López Obrador lo ha vivido como los viejos dinosaurios que recorrían pueblos para escuchar a la gente y después repartían el dinero reproducido en lavadoras, tinacos y pisos de cemento.

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