Wilbert Torre

SERENDIPIA

Buscadores de desaparecidos

En los años de la violencia en México, las desapariciones de personas –alrededor de 30 mil en los últimos doce– representan una de las atrocidades más normalizadas en el país. Ya no parece un hecho extraordinario que una hija, un padre o un estudiante más se convierta en humo, habitualmente después de caer en manos de policías municipales. Siete de cada diez desaparecidos son hombres y tres son mujeres.

La exposición Agnosis, si puedes ver transforma, del fotógrafo Bernardo Aja, en el museo Franz Meyer, nos acerca a la vida como batalla y búsqueda sin descanso de los familiares de los desaparecidos.

Un día las autoridades le aclararon a una madre que no buscaban a su hijo, y en ese instante salió a la calle y le prometió al hijo ausente hacer todo lo posible por encontrarlo. A los pocos días estaba acompañada por otras personas, una mayoría abrumadora de mujeres y uno que otro varón en una planicie terrosa; en las manos, algunas sujetaban una varilla en forma de una cruz.

Las varillas son las manos de los buscadores de desaparecidos. En una de las imágenes, una mujer de pelo cano inserta el acero en la tierra y después lo extrae, se acerca el metal a la nariz y lo huele.

El olfato se distrae de los olores habituales y hurga entre la tierra fresca en busca de otros olores que poco conoce. Quien busca a un desaparecido debe aprender a reconocer el aroma de la muerte, de los huesos secos, de la sangre fundida con la tierra.

Inaugurada hace unos días en una de las alas del museo Franz Meyer, la exposición es obra de Bernardo Aja, un fotógrafo español que el año pasado acompañó a dos grupos de familiares: las Rastreadoras de El Fuerte de Sinaloa y el Colectivo Solecito, de Veracruz.

Aja descubrió –escribe David Marcial López en El País– mujeres que respondían al desamparo con mucha fuerza, solidaridad y decisión. En muchos casos habían perdido a sus hijos, maridos, hermanos o cuñados.

A una de las partes más emotivas de la exposición se ingresa por medio de una cortina que franquea el paso al mundo íntimo de los desaparecidos y sus familias. En una imagen, una cama tendida con esmero y un buró con la fotografía de un muchaco con cara de niño, acompañada por una veladora y una estatuilla del Sagrado Corazón de Jesús.

En otra otra fotografía, una mujer sin sonrisa ante el ropero abierto de su hija y los objetos que dan forman a su ausencia: blusas, chaquetas y unos zapatos deportivos nuevos. En una más, un mueble de madera y una toalla del hombre araña tendida tras el baño. Esas imágenes de vida en absoluta normalidad retratan sin estridencias la tragedia de las desapariciones.

Las fotografías de Aja capturan el esfuerzo y la soledad de quienes buscan a sus familiares, y la espantosa facilidad con la que la vida normal de cualquiera puede romperse en una esquina cualquiera.

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