Wilbert Torre

SERENDIPIA

Anaya, la faramalla

Hasta hace poco, Ricardo Anaya era para el ciudadano común el candidato que ves y del que sabes poco o nada. Quizá que era panista, un joven astuto que llegó a presidir la Cámara de Diputados y que, tiempo después, desde la capitanía del partido venció al PRI en varios estados y celebró haciendo trizas en un debate a Manlio Fabio Beltrones, toda una leyenda política.

Si estabas bien informado, quizá te enteraste de que con el paso de las elecciones en diferentes estados la promesa en turno de la política había sido acusada de traición por unos y por otros, sus viejos amigos y camaradas con los que pactó (como en la elección del Estado de México) y sus nuevos jefes y aliados políticos.

Pero en abril, mes que se abre paso entre las nubes (cantaba Serrat), cada vez existen menos dudas sobre Anaya, sus orígenes, padrinazgos políticos y ambiciones.

El hombre con cara de niño al que el mal arte del elogio político decidió colgarle la escandalosa etiqueta de “joven maravilla”, es tal vez el peor de los candidatos a la presidencia, al menos para una parte del electorado que encuentra en Anaya signos claros de la peor política: no parece tener escrúpulos ni principios, una condición que lo ha dotado de la piel del cínico perfecto: abandera una borrascosa ideología y la única frontera de sus conocimientos es el vértigo de la banda ancha con la que navega en la internet.

Anaya hizo negocios semejantes a los que una parte de la prensa ha denunciado en los gobiernos estos años, utilizando las ventajas y los privilegios que le otorgó ser parte de la primera línea del poder para crear empresas fantasma y encubrir operaciones financieras, como la nave industrial que de acuerdo con el gobierno federal compró en 10 millones para venderla en 54 millones de pesos.

Perseguido por el gobierno del presidente Peña, su antiguo amigo y aliado político, Anaya desapareció unas semanas y ha reaparecido en medio de una tormenta de mensajes, planes y videos nuevos y pasados que lo muestran a él y su candidatura como poco o nada creativa, menos original y superficial o deliberadamente ambigua o engañosa en temas vitales.

Anaya promueve un gobierno de coalición, pero sus propuestas en economía y desarrollo social son pobres. Y cuando no es la falta de ideas, emergen las acusaciones de plagio o de chaqueteo. Se vale cambiar de opinión, pero lo grave es que en el fondo varias de sus propuestas, como la autonomía de la Fiscalía, implican reformas constitucionales que tardan años en promulgarse y más en operar: simulación pura.

Como cacique del PAN, Anaya fue esencial en la construcción del Sistema Nacional Anticorrupción que hoy no tiene fiscal ni magistrados y un consejo que solo opina. Anaya es el niño que copia o el mecánico que te arregla una pieza y descompone otra para no quedarse sin chamba.

Anaya no parece ser nada más que una faramalla.

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