Wilbert Torre

SERENDIPIA

Maquillaje

Hace unas horas circulaba en las redes una fotografía de Gabriela Cuevas, la aliada en turno de Andrés Manuel López Obrador en su tercer intento por ganar la presidencia. El cabello suelto y liso le baña los hombros y partido en dos enmarca su cara angulosa y ligera, sin maquillaje.

La imagen podría ser una metáfora de las alianzas que se han reproducido en una democracia donde las ideologías se borran como uno quita con el dedo la parte oculta de los pronósticos.

Para ganar no importa renunciar o poner en pausa doctrinas y creencias en este sistema donde los triunfos electorales no pasan por el campo electoral sino por arriba, en un juego oscuro de negociaciones y acuerdos cupulares que se transforman en votos.

Sin maquillajes, la elección de julio la ganará el candidato que sea capaz de sumar más alianzas estratégicas, que representen votos, abiertos o clandestinos (es lo de menos) para ganar la presidencia. Como nunca, la negociación es el nombre del juego.

¿Quién podrá sumar más voluntades estratégicas? ¿Meade negociando con los gobernadores convertidos como nunca en vulgares operadores de elecciones? ¿López Obrador ofreciendo curules, diputaciones y gubernaturas como si se tratara de compras de pánico? ¿Anaya apelando a su condición de segundo lugar como aglutinador de las fuerzas anti peje?

La piel láctea de Gabriela Cuevas puede verse como un mapa que da fe de cómo algunos personajes han renunciado a ideologías de toda una vida en pos de un proyecto político.

Su vida política inicia con la victoria de Fox, una marea de triunfos inesperados como el de un muchacho llamado César Nava, que ganó una diputación federal y honrando a sus electores, pidió licencia tres meses después. Se fue a Pemex y  lo sustituyó una panista de 28 años, Gabriela Cuevas.

Era entonces una chica extraída de los libros de Guadalupe Loaeza. Una niña bien que se involucra con la política exterior y se vuelve íntima de Santiago Creel, junto en los momentos en los que nacía su rivalidad con Felipe Calderón, recién nombrado miembro del gabinete foxista.

El pique entre ambos era obvio y Gabi Cuevas era una creelista sin maquillaje. En 2003 la postulan como delegada en Miguel Hidalgo y entre ese año y 2006 dedica su alma y su energía a golpear a López Obrador. Se inventó la contramañanera, una conferencia de prensa que daba a los reporteros después de que AMLO lo hacía a las siete de la mañana. Cuevas se traía en chinga al peje. Era su piedra en el zapato.

Cuando llega al Senado por Baja California porque no tenía cabida en las listas de la Ciudad de México, Cuevas cambia su look y adquiere una apariencia frugal. Fuera de ella, fue una senadora señalada con frecuencia: Llegó a pagar (es un decir) 200 mil pesos en el Senado por un boleto a Berlín.

Hoy Cuevas está subida en el tren de López Obrador. Sin maquillaje.

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