Wilbert Torre

SERENDIPIA

Naturaleza

La naturaleza es una tirana, un impulso imposible de controlar, como el tiburón sigue por instinto el rastro de la sangre, y el toro, moribundo en la plaza, se refugia en las tablas del ruedo antes de morir. Nadie puede escapar a su propia naturaleza, ni siquiera los monarcas, los hombres de ciencia o los líderes más preclaros y serenos.

El monumental cambio político que experimenta México en décadas está atado íntimamente a nuestra propia naturaleza: la del país que se reinventa cada seis años, como un destino imposible de eludir.

Una abeja ataca cuando se siente amenazada: el instinto la lleva a enterrar el aguijón, pese a que en ello se le va la vida. ¿Es posible escapar a uno mismo?

La naturaleza de los hombres ha determinado históricamente el destino de los países y las sociedades: Gandhi, Churchill, Hitler, Mussolini. En México, José López Portillo, Luis Echeverría, Carlos Salinas, Fox y Calderón, Enrique Peña, y ahora Andrés Manuel López Obrador.

En Buenos Aires, una fotografía corroboraría el carácter indomable de la naturaleza: el presidente Enrique Peña llegó tarde a posar en la fotografía oficial de la cumbre del Grupo de los 20. Cualquiera puede llegar retrasado a una cita.

Lo extraordinario –la terca naturaleza– es que Enrique Peña Nieto tenga una impuntualidad natural, y que entre todos los presidentes reunidos el mexicano sea el único que aparece volteando a otro sitio, y no a la cámara.

La naturaleza fútil de Fox convirtió al país en un eterno mal chiste, y la de Calderón –la mecha corta que no fue anécdota inocua– llevó al país por un sendero de violencia y muerte; la de Peña, en opinión de muchos oscilante entre la frivolidad y la soberbia, fue determinante en la formación de la peor generación de gobernadores y en la explosión de la corrupción política que en los últimos años alcanzó dimensiones insospechadas. La personalidad de Salinas hundió al país en una división y un encono que han empeorado con los años.

A nadie le resulta ajena la naturaleza del presidente Andrés Manuel López Obrador. A diferencia de cualquiera de los presidentes que lo han antecedido, su origen y su fuerza es eminentemente popular, y su carácter ha sido señalado como autoritario, disruptivo, controversial, obcecado.

A unas horas de protestar como presidente, en el aeropuerto de Villahermosa, Andrés Manuel López Obrador –guayabera blanca y sonrisa de elote–, no pudo escapar a sí mismo y terminó en los brazos de sus paisanos, como un colibrí se entrega gozoso el néctar de las flores. “¡Presidente! ¡Presidente!”, le coreaban como si aún estuviera en campaña.

¿Hasta cuándo el Presidente Andrés Manuel López Obrador continuará ejerciendo su indiscutible autoridad como El Príncipe de Maquiavelo cuando la virtud aconseje decisiones más cercanas al Leviatán de Hobbes? La cita con la historia es ineludible. Y en la historia, la virtud y la vida es finita.

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