Wilbert Torre

SERENDIPIA

La CDMX que se nos fue, sin consulta

Juan Demetrio De Nova Crespo ha pasado tres cuartas partes de su vida con las manos en un volante.

Comenzó a los veinte en un camión de carga que llevaba de Texcoco a Xochimilco los ingredientes para cocinar los dulces cristalizados que han afamado a la región; después se siguió treinta y dos años repartiendo pastelitos y galletas Marinela en la caótica y laberíntica la Ciudad de México.

De Nova tiene 58 años y los pelos puntiagudos de sus cejas parecen apuntar al camino asfaltado que ha llenado sus ojos casi toda su vida.

“No vi crecer a mis hijos”, sonríe sin resentimientos al repasar su vida de camionero, taxista y repartidor de pasteles.

Sus ausencias en casa cobraron la forma de un involuntario tesoro: como quien conoce cada rincón de su casa, relata con familiaridad la vida en los pueblos de Coyoacán, Aragón, Xochimilco y la Magdalena. Su voz supura nostalgia de los ríos y los lagos que ocupaban la región lacustre de la antigua Tenochtitlán.

“Nací en 1961 en la colonia Campestre Aragón, en la calle de Éxito. Cuando éramos chamacos mi papá nos llevaba a la laguna de Valle de Aragón. Llegaban aves migratorias de todo el mundo”.

“Había gaviotas, garzas, pájaros japoneses y americanos, y si tenías suerte podías cazar un pato canadiense. Con que agarraras uno era suficiente para comer dos días”.

Hace unos días, al volante de un taxi pintado de rosa, Juan Demetrio de Nova Crespo llevó a un pasajero a la zona donde se construye el nuevo aeropuerto en Texcoco. Cuando vio el espacio terroso, febril y caótico, recordó que todas esas colonias eran pura laguna.

Eran los años 60, la zona era conocida como Sosa Texcoco y las familias que convivían con el lago cultivaban la espirulina, un alga que el chofer de las cejas selváticas llevaba a Xochimilco y Tláhuac donde un grupo de familias preparaba dulces cristalizados.

Conoció Tláhuac cuando sus habitantes comenzaban a sembrar los olivos que repletan de aceitunas frescas las mesas de la feria anual del pueblo. Era una vida silvestre y nutrida por la naturaleza cuando los ríos aún ofrendaban peces.

Uno de sus recuerdos memorables de infancia son las nubes de abejas y las colmenas que su papá cultivaba en el jardín de la casa en la Campestre Aragón. La familia llegó a tener más de treinta. Los niños y los adultos llenaban cientos de botes de dos litros.

“Ahora las colmenas ya no pueden vivir por la contaminación”.

La vida de Juan Demetrio de Nova Castro, quien ha acariciado más un volante que a sus hijos y su esposa, es el testimonio de una ciudad que ha cambiado drásticamente con el tiempo.

Hoy los ríos y los lagos están secos y el proyecto del nuevo aeropuerto en Texcoco es la única colmena con promesa de vida en el Valle de México

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