Especie contradictoria sin remedio, la humana avanza de forma inquietante en dos sentidos completamente opuestos: progresa materialmente a través de constantes innovaciones tecnólógicas y sorprendentes hallazgos científicos, al tiempo que retrocede o se empobrece éticamente, alimentando sus pulsiones destructivas e incluso autodestructivas.
La grandiosidad de su progreso está acompañada casi siempre de una megalomanía que llega a ser fatal. La era atómica, por ejemplo, representa un salto formidable que ha beneficiado sin duda alguna a la humanidad en el terreno energético, la agricultura o la medicina, pero también ha hecho posible que se produzcan –de acuerdo con la ONU– más de 12 mil ojivas nucleares. Según los expertos bastarían unas 400 bombas atómicas de potencia media para acabar con la civilización humana. ¿Se detuvo la producción de esta clase de armas cuando se llegó a esa letal cantidad? No. ¿Se ha detenido ahora que puede acabar unas 30 veces con el mundo que conocemos? Tampoco.
Es tan estúpido o irracional como si un suicida comprara 30 dosis de un poderoso veneno para terminar con su vida: después de consumir la primera, simplemente no habría forma de agotar las demás. A ese grado de locura nos expone el mismo progreso que a diario nos salva y hace mejor la vida.
Y sin embargo, no somos dioses. Tampoco podríamos destruir literalmente al planeta. Para quebrarlo haría falta una cantidad de energía inimaginable desde la perspectiva terrestre. Pero pareciera que trabajamos en ello.
Un pesimista consumado –que es, como se sabe, un hombre muy bien informado– el filósofo Günther Anders (seudónimo de Günther Stern, alguna vez marido de Hannah Arendt) escribió una obra que aborda con toda profundidad la “ceguera apocalíptica” de nuestro desarrollo tecnológico: “La obsolescencia del hombre”.
Stern fue un pionero del activismo contra el uso de la energía atómica, convencido de que, como otros “progresos” de la humanidad, eran incontrolables toda vez que superaban la capacidad moral y hasta psicológica del hombre. En este punto hay un estrecho contacto entre su obra y las reflexiones de su maestro, Martin Heidegger, quien creía que lo peligroso no era el progreso técnico en sí mismo, sino la “mentalidad técnica” que se genera cuando los avances de la ciencia y la tecnología se aprovechan de todo y de todos como si fueran meros recursos a su servicio, abriendo paso a la deshumanización.
La paradoja de todo nuestro progreso como especie está hoy más que nunca presente. La inteligencia artificial, temida por unos, idolotrada por otros, no hace sino recordárnoslo. ¿Podremos controlarla o terminará controlándonos? Este tema hace ya tiempo dejó de ser una pregunta retórica o propia de la ciencia ficción. Las noticias son apabullantes y hay una preocupación seria por parte de diversos expertos y, por fortuna, también de algunos gobiernos que plantean distintas formas de regulación o control antes de que sea tarde.
Y entre tanto, por increíble que parezca, en medio de nuestra ceguera decidimos mirar más lejos en el universo. Seguimos siendo curiosos de modo natural y por eso somos capaces de lanzar al espacio el Telescopio Nancy Grace Roman, que permitirá ver lo que nunca antes hemos visto.
Desde que Galileo hizo sus primeras observaciones astronómicas con una pequeña lente de cuatro centímetros, hasta el telescopio espacial James Webb, no hemos parado de imaginar cómo ver más más allá del insignificante punto que representamos en el cosmos. Ahora, este nuevo telescopio lanzado el pasado domingo y que lleva el nombre de una mujer genial cuyas ideas se materializaron con el telescopio Hubble, el primero puesto en el espacio, marcará una auténtica revolución en nuestra forma de acercarnos a la verdadera imagen del universo.
El Grace Roman capturará con su poderosa cámara de 300 megapíxeles un área100 veces más grande que la que conseguía el Hubble. Lo que este haría en décadas o siglos, al Nancy Grace le tomará si acaso unos días. Nunca la humanidad había llegado tan lejos en su mirada hacia el espacio infinito; lo que descubrirá con este nuevo instrumento, sea lo que sea, sólo confirmará una vez más, como decía Carl Sagan, que somos apenas un grano en las arenas del universo. Y esto no sólo me parece fascinante, sino –contra todo pesimismo– profundamente alentador: en medio de nuestra ceguera, conseguimos ver más
FB: Ariel González Jiménez







