La semana pasada comenté aquí la imperiosa necesidad de rescatar a México del narcogobierno, y que para ello es imprescindible que en 2027 y en 2030 acudamos todos a votar en conciencia (no por dádivas, negocios ni canonjías) procurando no dispersar el voto opositor.
En nuestra paupérrima cultura democrática, esa noble tarea no será fácil, por el desprecio que la sociedad tiene a lo cívico y por el egoísmo, miopía y malas prácticas que degradan a los partidos políticos. Se me dirá que entre ellos hay claras diferencias, sí, pero el merecido desprestigio generalizado demuestra lo mucho que cada uno debe corregir. No me refiero a MORENA, PT y Verde porque son tugurios para uso caprichoso del cobarde Multihomicida de La Chingada y de su actual encargada del mostrador.
Si los grupos demencialmente violentos deciden desde la cúspide del poder político la vida y la muerte de los mexicanos, resulta inconcuso que entre las muchas acciones a cargo de los ciudadanos la primerísima e impostergable es precisamente erradicar ese cáncer.
En una vida auténticamente democrática, lo natural es que los partidos políticos se concreten a difundir su filosofía, sus programas específicos y planes de gobierno y a presentar candidatos honestos y capaces para ocupar los cargos públicos. En nuestra realidad su tarea es más cuesta arriba: deben comenzar por limpiar su casa, moderando con honor y rigor las naturales ambiciones personales de sus dirigentes, y convertirse, ya, en verdaderos instrumentos al servicio de la sociedad, para que ésta pueda decidir democráticamente su destino. Sin el cumplimiento de lo antes dicho prevalecerá el bla, bla, bla de socarrones virtualmente aliados a los depredadores de México.
Causaría gran beneficio y júbilo que solamente se estuvieran pudriendo los políticos indecentes y las instituciones que los albergan, pero en su rutina todo lo corrompen o destruyen y entre sus patas se llevan los destinos de los mexicanos.
La tarea de sociedad y partidos para abatir al narcogobierno exigirá de sus dirigentes: oficio, generosidad y patriotismo; pero el pasado de esos institutos está cargado de agravios y resentimientos, por lo que es el momento de superarlos y demostrar qué son y para qué sirven. Ante la devastación nacional (y lo peor que puede venir) argumentar pureza de sangre implicaría renunciar a su deber, porque primero está México. La lucha entre partidos debe darse cuando no haya narcogobierno.
Por lo anterior, recomiendo a usted lo que escribió el pasado 15 de junio en MILENIO la talentosa y brillante Ana María Olabuenaga. Afirmó que no siempre hallamos al héroe sino al villano, y debemos votar en contra de quien no queremos que nos gobierne. Yo sostengo que por ese camino, sencilla y magistralmente expuesto, iniciaremos el rescate de México.





