SOBRE PAULA DE ALLENDE

FOTO: AGENCIAS
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Hugo Gutiérrez Vega

Paula de Allende dedicó lo mejor de su vida a la poesía, la familia y la promoción de la cultura. Generosa y atenta a lo que sucedía en los campos de la creación artística queretana, patrocinó empresas llenas de imaginación, consiguió dinero en los lugares más extraños (como son los gobiernos estatal y municipal), convocó a los amigos y muy pronto se convirtió en el eje de la vida cultural de la ciudad y de la región.

Su poesía tiene un aliento singular. Refinada y bien construida, se adelantó a su tiempo y fue femenina en el sentido más justo de la palabra. Está ligada, de manera sutil, a la defensa de los derechos de las mujeres y descubre algunas de las profundidades del alma femenina, las que son un misterio para los alelados miembros del sexo débil.

En torno a su hospitalaria casa de la Cañada, a su galería y a sus oficinas en la Secretaría de Cultura, giraban los artistas y los escritores. Paula organizaba talleres (Alejandro Aura iba frecuentemente a impartirlos), diplomados, homenajes, recitales, exposiciones, mesas redondas, conferencias. Le tomaba el pulso a la cultura de la ciudad, informaba sobre lo que sucedía en el país y en el mundo y abría las puertas de la exposición o de la publicación a los jóvenes prometedores.

La recuerdo, robusta, jovial, a veces desasosegada, inteligente y emprendedora, presidiendo las reuniones y preocupándose por todos sus detalles. Pienso que la difusión de la cultura le quitó tiempo para dedicarse a su propia obra. No estoy muy seguro de esto, pues escribió lo que debía escribir y logró que sus tareas promotoras formaran parte de su obra esencial. Por esta razón, vida y obra se entrelazan y forman un solo cuerpo y una misma visión del mundo y de sus realidades y ensoñaciones.

Ni elitista ni demagoga, su propuesta buscaba el justo medio entre la cultura académica y artística y la popular. Sabía que entre las dos se da un juego de interconexiones y que la una enriquece a la otra. Ya Marcuse hablaba de esa horrible interferencia que daña el proceso de comunicación: la cultura comercial representada fundamentalmente por la vulgaridad televisiva, la superchería mercachifle de las galerías y la obscenidad de la política editorial del bestseller.

Como era de esperarse, Querétaro no entendió los esfuerzos de Paula y el aparato de censura y de cuidado de la moral y las buenas costumbres movió sus engranajes, echó a andar los vientos del rumor y armó las campañas del descrédito. A pesar de todo este despliegue de insensateces y de groserías, Paula siguió adelante, desafiando a la censura y defendiendo la libertad de expresión. Los padres terribles la dejaron en paz y pudo cumplir sus tareas de promoción con menos desasosiego. Nunca le importaron los rumores y las intrigas le molestaban cuando interferían con su infatigable proyecto.

Pienso de nuevo en sus poemas, sus ensayos, artículos y narraciones. Todos están bien afincados en el clima de la provincia, pero lo trascienden para lograr una mayor proyección universal. Tengo en mis manos su libro publicado por la colección Alimón, empresa animada por las universidades de Querétaro y del Estado de México. Se trata de una reunión de los poemas que forman el cuerpo central de la obra de Paula. Debemos leerlos con ojos nuevos y retomar su tono y su tensión espiritual. En ellos están unidos la vida y la obra de una mujer ejemplar.

(La Jornada Semanal, domingo 3 de abril de 2005)

 

PAULA ERA YA UNA LEYENDA QUERETANA

Juan Antonio Isla E.

El invierno terrible de 1979 nos arrancó a una de las inteligencias femeninas más brillantes del México contemporáneo. Lo digo sin exageración: Paula de Allende fue, para quienes tuvimos la oportunidad de conocerla, un ser de lucidez excepcional, fue además una personalidad en el campo del periodismo, la poesía y la animación cultural en Querétaro, ciudad que tuvo el privilegio de contar con su presencia por más de una década.

Tanto por su condición femenina y feminista, por su talento y por la defensa apasionada de sus ideas, Paula, sin proponérselo, se convirtió en uno de los personajes más controvertidos del siglo XX queretano.

Llegó a Querétaro, buscando un poco sus raíces y tratando de dejar atrás los recuerdos de una ciudad de México, que había vivido los trágicos acontecimientos del 1968. Junto con su amigo el poeta Alejandro Aura instaló una galería en la calle Libertad, en la accesoria de una céntrica casona que, años más tarde, Rafael Camacho Guzmán convirtió en Casa de Gobierno.

Desde su galería, esta mujer ejemplar organizaba talleres de poesía e invitaba a sus amigos escritores a dar lecturas y enseñar a construir palabras a numerosos jóvenes interesados en el arte de la escritura. Amiga de todos los miembros del grupo ‘La espiga amotinada’, especialmente de Eraclio Zepeda y Juan Bañuelos, creó en su espacio, frente a la Plaza de Armas, una suerte de ágora que suscitaba lo mismo fascinación intelectual y creativa que envidias y rumores.

Desde ahí Paula irradió un movimiento cultural sin más recursos que sus buenas relaciones con artistas e intelectuales. Organizó recitales, exposiciones, conferencias, lecturas y encuentros. Nunca obtuvo apoyos oficiales y peor aún, enfrentó incomprensión, celos y maledicencias. Un Querétaro, aún decimonónico,  no soportaba una mujer tan animosa, templada y definida en sus ideas y en sus afectos. En pocos años, Paula era ya una leyenda queretana que igual provocaba ardorosas defensas, que apasionadas insidias. Sus amigos fueron leales siempre, sus enemigos se fueron haciendo menos y terminaron enfermos de resentimiento, envenenados por el odio y la infamia.

Entre sus interminables batallas, enfrentó resistencias  en cuanto a su postura de luchar por un trato equitativo a la mujer en un medio en donde los varones ejercían un dominio absoluto, potestad y prejuicio secular heredado por una cultura de la preponderante convicción machista sobre la superioridad de género. En el último tercio del siglo XX la sociedad queretana aún juzgaba estrambótica la defensa de Paula por la dignidad femenina. Así como esa, Paula libró incontables batallas desde la trinchera del periodismo y la poesía.

Por su amistad con el periodista Rogelio Garfias colaboró con él en el ‘Diario de Querétaro’ y fue cofundadora del periódico ‘Noticias’. Paula escribía todos los géneros, salvo la nota roja. Redactaba editoriales, columnas de sociales y fundó y coordinó la página ‘El ruido de las letras’ en donde dio cabida a todos los jóvenes autores de la época.

Paula formó alumnos destacados (Manuel Herrera, Enrique Villa y Carlos Tirado entre otros), cultivó amistades duraderas, se ganó el respeto de sus ocasionales detractores y conquistó la admiración y el afecto de quienes tuvimos la oportunidad de conocer su generosidad sin límite, su talento sorprendente, su incomparable calidad humana.

La lista de sus amigos notables es interminable, pero algunos de ellos le profesaban una veneración única: el poeta Abigael Bohórquez, el escritor Edmundo Valadéz, los narradores Gustavo Sáinz, Andrés González Pagés, Alberto Leduc, Juan de la Cabada, etc.

Nadie podía sustraerse de aquella personalidad magnética, de su voz cautivante y de su prodigalidad en el verbo, en el trato cordial y magnánimo; como anfitriona de una casa que era un misterio, una selva, un laberinto en la cañada, al lado del canal que llevaba el agua de ‘Los socavones’ al acueducto y donde crecían palmeras, helechos, jacarandas, nochebuenas,  y siempre se respiraba un aroma de jazmín que nunca se supo de donde provenía.

Su casa guardaba en uno de los recovecos del huerto los restos de su abuela y en toda ella se percibía una cantidad de buenas energías de fantasmas misericordiosos y el viento traía las tímidas risas de sus hijas Paulina y Fuensanta (en honor al gran amor de su vida: Ramón López Velarde) y la discreta presencia de su hijo Francisco, réplica de una Diosa, como un héroe joven, moreno y formidable, hecho a su imagen y semejanza. A las tres de la tarde el rugido del tren y a las seis el aleteo del colibrí.

El trabajo periodístico que le hacía feliz y que le permitía un mínimo ingreso seguro, sus tribulaciones para sostener un presupuesto en donde no faltara lo indispensable en su hogar, los intermitentes atisbos de una zozobra emocional que venía de tiempos y lugares ignotos, le restaron tiempo para producir una obra poética en mayor cantidad. La que escribió fue suficiente.

El tono de su obra poética puede tener diversas influencias, desde la composición meticulosa  y audaz del poeta jerezano, hasta la espiritualidad desgarradora de Silvia Plath, pero tiene un sello propio, un aliento original, personal, intimista en cuanto se refiere a sus recuerdos, sus gustos, sus vivencias, pero también a su entorno: su casa, sus hijos, sus afectos Su poesía tiene un aliento singular: depurada y femenina, espiritual y humana, cada palabra tiene un sentido profundo, un acomodo justo,  una grácil revelación.

Escribía para sí misma. Fue difícil convencerla de que publicara “Puerto de abrigo” y las dos siguientes ediciones de su obra fueron posteriores a su muerte. “Acuático lecho espejo de sol” se coeditó en la Colección Alimón, un proyecto compartido por las universidades de Querétaro y del Estado de México. En 1989 el gobierno del estado de Querétaro publicó con el mismo nombre de “Puerto de abrigo” una antología que se enriqueció con un poema inédito aportado por Eraclio Zepeda cuando el libro estaba a punto de salir a la luz.

Cansada de navegar entre vendavales a mar abierto, harta del rebelde timón de una nave solitaria y frágil en medio de las olas violentas, Paula de Allende salió en busca del definitivo refugio marino que tanto soñó, bahía en la que la  intermitente  resaca suave llega.

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