Sergio Iván Arellano Ramos

TIEMPO NUEVO

Políticos sin la silla del poder

“Es la hora del poder del ciudadano, es la hora de la democracia en México, es la hora de la buena aplicación de la justicia, como herramientas para combatir los cacicazgos, los feudos de poder y al abandono a las comunidades; cerremos las puertas del influyentismo, de la corrupción y la impunidad. Yo veo un México con hambre y sed de justicia”. Palabras de Luis Donaldo Colosio, en ese entonces candidato a la presidencia de la república por el partido revolucionario institucional. Un discurso popular que me gustaría creer, hubiera llevado a la práctica de haber sido electo.

México adolece de insensibilidad y falta de dirección, es innegable la marginación y la desigualdad salarial, temas que siguen sin tener solución alguna. Las necesidades persisten y las barreras sociales siguen impidiendo el desarrollo integral de nuestras comunidades. Oportunidades académicas y oferta laboral, como la base de cualquier sociedad. Elecciones con un sufragio respetado y funcionarios con un liderazgo honesto, como la llave de un país democrático. Pasamos de la política impuesta a la política del “no veo nada”. El político se deja seducir por el poder y es tal su egocentrismo que en algunas ocasiones, debes considerarte afortunado por cruzar unas cuantas palabras y por obtener entre abrazos fingidos la fotografía del evento, mexicano despierta, lo único que demuestras en ella es un servilismo hacia una persona que apenas y recuerda tu nombre, porque no le interesa. Triste, pero real.

Desde los inicios de la época griega y posteriormente en la romana, siendo éstas la cuna de nuestra cultura occidental, el ser hombre de política o bien, el ser únicamente hombre de consulta, implicaba un verdadero privilegio. No cualquiera podía representar dicha enmienda social por el bien del pueblo, por lo general, se trataba de gente de reconocido intelecto, filósofos, teóricos, metódicos, amantes de la literatura y efectivamente, se perdió tal principio. La reflexión que yace en lo anterior, radica en que no existe mayor honor que representar a una nación, ¡eres un representante popular! es injusto para la ciudadanía tener políticos semi-dioses que finalmente están para servir, no para servirse, para conducirse con humildad y a la altura de los que menos tienen; posteriormente y como en toda mala experiencia de un mal manejo de poder público, vino la malversación del mismo, lo que en determinado momento causó la caída del imperio romano, el más imponente hasta ahora.

Alrededor de los años 50´s nuestro país atravesó por una de sus épocas de mayor lucidez. Intelectuales y políticos como Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Fuentes, Jaime Torres Bodet, Salvador Azuela, Xavier Villaurrutia, entre otros, abonaban a la nueva generación crítica de México y coadyuvaban con el poder político con el objetivo de un bienestar social. La literatura en su auge y las instituciones políticas estaban por tejerse. ¿En qué momento ocurrió el descuido del aparato gubernamental?  Indudablemente la estancia de un partido en el poder causó la creación de un sistema institucional que fue adquiriendo facultades y una silla de poder. El político de hoy es una deidad intocable protegido por un fuero constitucional que le impide ser juzgado, salvo en algunas excepciones en donde operan los intereses personales.

La silla del poder representa limpiar las instituciones, procurar confiabilidad y exigir que los servidores públicos no sean ajenos a la realidad, si no saben corregir las carencias de este país, es nuestra obligación remover y construir.

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