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San José Buenavista rescatará casco de hacienda del siglo XVIII

Los vecinos pertenecientes a Santa Rosa Jáuregui, construirán el nuevo templo

por Lauro Jimenez
19 mayo, 2026
en aQROpolis, Destacados
San José Buenavista rescatará casco de hacienda del siglo XVIII

Los vecinos del pueblo, perteneciente a la Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui, construirán el nuevo templo parroquial en el edificio histórico, que es de su propiedad al ser donado por la familia Legarreta. Foto: Lauro Jiménez Jiménez

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Origen de la hacienda

Al comenzar el dominio español, la Corona dio a los conquistadores la tierra como recompensa por sus servicios mediante la merced real. El virrey o la Real Audiencia, cuando gobernaba, concedían las mercedes en nombre del rey, de ahí el adjetivo de reales. Éstas representan los títulos primordiales con que se formó la propiedad privada en Querétaro. La primera merced real de tierras concedida en lo que es hoy el territorio del Estado de Querétaro que está documentada la otorgó el virrey Antonio de Mendoza en 1540, en un sitio cerca de San Juan del Río llamado Tequisquil (Tequisquiapan).

Las mercedes más antiguas de los alrededores del pueblo de Querétaro (en algunas aparece como Tasco) -que se fundó en 1531, según la versión tradicional surgida en las crónicas franciscanas del siglo XVIII- corresponden a Amascala para Pedro Vázquez (1543), Pedro Hernández (1546), Juan Alonso de Sosa (1549), Lope de Sosa (1552), Juan Rodríguez (1554) y Juan de Jaso (1554); en el camino de San Miguel de los Chichimecas a Bartolomé Gómez (1550 y 1552) y Martín Jofre (1552 y 1561), a Jorge Cerón Saavedra y Pablo de Vargas (1556), y en Jurica y La Solana a Juan Sánchez de Alanís (1551), Juan Rico de Rojas (1551) y Gaspar de Castañeda (1565).

De los datos que aporta Juan Ricardo Jiménez en su documentada obra Mercedes reales en Querétaro, se desprende que siete de las 138 mercedes que incluyó en ella corresponden a lo que fue el territorio de la municipalidad de Santa Rosa, que existió como tal entre 1820 y 1916, mismo que hoy ocupa la Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui. Se trata de las mercedes que se reproducen en las páginas 163, 166, 172, 173, 178, 188 y 198-199; seis las otorgó el virrey Luis de Velasco, quien gobernó en el periodo 1550-1564 y una la Real Audiencia. Ellas dieron lugar a la formación de las haciendas de Juriquilla, La Solana, Montenegro, Santa Catarina, Buenavista y Jofre.

El 11 de marzo de 1556, el virrey Velasco cedió a Jorge Cerón Saavedra y Pablo de Vargas la merced de dos sitios de estancia en términos del pueblo de Querétaro, uno de ganado menor y otro de ganado mayor, contiguos a la estancia de Martín Jofre. El sitio de ganado mayor era un cuadrado de 5 000 varas por lado -1755 hectáreas y 61 áreas-; el sitio de ganado menor incluía un cuadrado con 3 333 1/3 varas por lado y su equivalente eran 780 hectáreas y 27 áreas. Esta merced dio lugar a la formación en la primera mitad del siglo XVII de la hacienda San José Buenavista. Se ubicaba al norte, en “términos” del pueblo de Querétaro, a seis leguas, en el llamado “llano de las ovejas”, a un lado del Camino Real de Tierra Adentro que iba al pueblo de San Miguel.

La hacienda de Buenavista se completó con la merced que en 1607 dio el virrey Luis de Velasco hijo, de un sitio de estancia para ganado mayor y dos caballerías de tierras en términos del pueblo de Querétaro a Juan de Saavedra y Monsalve; ese año se otorgó otra de un sitio de estancia para ganado menor a Juan Gutiérrez de Medina y una más de una estancia para ganado mayor a Catalina de Avendaño y Mendoza. Los herederos de estos primeros colonos vendieron las tierras al alférez Tomás González de Figueroa, vecino de la ciudad de Valladolid, quien el 17 de septiembre de 1616 también adquirió en 2 500 pesos la unidad agropecuaria más importante de la región: la estancia y labor llamada Santa Catarina, propiedad de Baltasar Mejía Salmerón.

Cuando González de Figueroa muere, heredó todos sus bienes al alférez real José de Figueroa Campofrío, quien primero vendió la hacienda de Puerto de Nieto -contiguo a Buenavista- a Juan Caballero en 8 000 pesos. En 1634, Domingo Díaz Varela le compró en 10 400 pesos las haciendas de Buenavista y Santa Catarina, que incluían doce sitios de estancia de ganado mayor y menor, y quince y media caballerías de tierra; incluían las mercedes otorgadas a Gaspar de Mendoza (1547), Pablo de Vargas (1556 y 1565), Juan Alonso de Hinojosa (1560), Lope de Sosa (1565), Juan de Saavedra y Monsalve (1607), Catalina de Avendaño y Mendoza (1607), Cristóbal de Escobar (1608) y al capitán Francisco Calderón (1608 y 1609).

Al fallecer Díaz Varela, le sucedieron su mujer y dos hijos, vecinos del pueblo de Querétaro, quienes fraccionaron la estancia de Santa Catarina, que comprendía un sitio de ganado mayor y cuatro caballerías de tierra, y otros dos sitios de ganado mayor con sus caballerías. En 1646 vendieron la finca en 4 000 pesos a Juan Bautista Ruiz de Peralta, quien poseyó Santa Catarina hasta que murió. La hacienda de San José Buenavista, que Domingo Díaz adquirió con la de Santa Catarina y formó la mayor propiedad del distrito de Querétaro, fue igualmente enajenada a su deceso por su viuda e hijos. El capitán Juan de Orduña, vecino y regidor de la ciudad de México, pagó por ella 3 500 pesos. La propiedad se formó con diez sitios de estancia, cinco para ganado mayor, otro para todos los ganados y cuatro para ganados menores con 9 ½ caballerías de tierra, contenidos en los títulos y mercedes.

El caso de esta gran propiedad agraria, enclavada en una de las regiones más prósperas aledañas al pueblo de Querétaro, es ilustrativo de la alternancia en los procesos de expansión y división de las fincas rústicas, y también cómo finalmente los bienes raíces se espiritualizaban, como sucedía en otras zonas y épocas, y entraban al patrimonio de la Iglesia Católica, indiscutible gran terrateniente de la época colonial. Por otro lado, ejemplifica cómo la élite latifundista se originó en el proceso de mercedación de los siglos XVI y XVII.

El capitán Diego de Orduña mandó construir la capilla

La superficie que forma actualmente la Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui tuvo durante los siglos pasados una importancia primordial en el desarrollo económico de la región, especialmente en los renglones agrícola y ganadero. Aunque también la industria textil tuvo auge en el siglo XVIII, particularmente en la hacienda de Juriquilla, donde su propietario Santiago de Villanueva y Oribay estableció durante el primer tercio de esa centuria los obrajes llamados Santo Cristo de Burgos y Nuestra Señora de Guadalupe.

En las tierras de la entonces municipalidad de Santa Rosa -cuyo primer ayuntamiento se estableció el 22 de octubre de 1820- florecieron las fincas mencionadas en párrafos anteriores, cuya producción agrícola permitió a sus dueños levantar severas construcciones que prevalecen hasta nuestros días, algunas en ruinas como la de Buenavista y otras desaparecidas como la de La Solana. Son notables los cascos antiguos, trojes, presas y acueductos; por su belleza, sobresalen las capillas. En torno a estas propiedades rústicas nacieron y se desarrollaron las comunidades campesinas que, como en el caso de Buenavista, durante el siglo XIX tuvieron gran importancia.

La capilla de San José Buenavista data del último tercio del siglo XVII (1671-1672), cuya fecha está labrada en el escudo heráldico de buen tamaño que se encuentra en lo alto de la portada. Fue mandada edificar por el entonces dueño de la finca don Diego de Orduña Sosa y Castilla, criador de ganados mayores y menores, hombre poderoso y de cierto linaje nobiliario. El 22 de septiembre de 1670 firmó ante el escribano Lorenzo Vidal de Figueroa un contrato con José de Bayas Delgado, maestro de arquitectura, para que se encargara “de hacer y maestrear la obra de dicha capilla y sacristía de ella […] hasta que se acabe con toda perfección”. No le correspondió hacerla desde sus cimientos, pero sí lo que indica el contrato:

[…] ha de hacer toda la obra, y cubrir la dicha capilla de bóvedas, con su coro y escalera para subir a él, y hacer una torre en ella, cuadrada con cuatro campaniles, de un cuerpo con su remate y chapitel, y acabar la portada en la forma que está empezada, siguiéndola hasta su remate, y una sacristía según su planta, que tiene cubierta de vigas, y enladrillada la azotea y el suelo de ella, y el envigado ha de ser acanalado y las soleras con sus molduras, y el presbiterio de dicha capilla ha de llevar las gradas que corresponde al alto que hoy tiene el dicho presbiterio, las cuales gradas han de ser de cantería y la peana del altar, y en la dicha sacristía ha de hacer una alacena grande con sus puertas, y dicha capilla y sacristía blanqueada toda por de dentro y la fachada de dicha capilla toda, la cual ha de hacer y acabar en toda perfección, conforme a arte de arquitectura, y a contento y satisfacción de maestros del dicho arte […], y asimismo ha de hacer y acabar un cementerio, que coja todo lo que dice el ancho de dicha capilla, de fuera a afuera, y que corresponda en su largo al cuadrado de ella, y de vara y media de alto,// y todo él con sus almenas, y dará toda la obra acabada y perfeccionada para fin del mes de septiembre del año que viene de mil seiscientos y setenta y uno, y la comenzará para primero de enero que viene de dicho año, y por todo lo que de su parte según va referido ha de hacer el dicho José de Bayas, y el dicho capitán Don Diego de Orduña, le ha de dar un mil y setecientos pesos de oro común en reales […]

La capilla, con su atrio al frente, presenta una fachada de ornamentación sobria; la única calle que la conforma es de dos cuerpos y un remate. En el primero, un vano de medio punto da acceso al interior y dos pilastras de capiteles toscanos lo flanquean. En el segundo registro hay una ventana, en cuyo dintel se observa una fecha: 1672 años, que, sin duda alguna, es la de su terminación. Una pequeña cornisa da pie al remate donde está esculpido un escudo -que bien podría ser el de la familia Orduña- y sobre éste dos cruces en el mismo eje. La fachada guarda elementos que revelan su estilo constructivo, ejemplo de ello son las enjutas del medio punto de acceso; su ornamentación piramidal es similar a las pechinas del soto coro de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, que más tarde ejecutó.

Diego de Orduña fue hijo de Juan de Orduña, capitán y sargento mayor “regidor” en México, y familiar del Santo Oficio. Su familia era de abolengo, instituyó varios mayorazgos y llegó a tener haciendas ganaderas en el norte y el centro de la Nueva España; fue considerado vecino de la ciudad de México. Contrajo matrimonio con María Teresa de Cantabrana, hija de Domingo de Cantabrana; ya viuda, alrededor de 1690, contrajo matrimonio con Mateo Fernández de Santa Cruz, marqués de Buenavista, quien tomó posesión de las tierras, entre ellas la hacienda de San José Buenavista.

Años después, la finca pasó a poder de Miguel Pérez de Andaboya y Santa Cruz, segundo marqués de Buenavista, quien aparece como dueño en 1723. En la segunda mitad del siglo XVIII, las haciendas San José Buenavista y Santa Catarina eran propiedad de José de Velasco y Tejada, y al final de la centuria pertenecieron a su hijo Francisco Velasco y Bolio, quien construyó la presa y los dos acueductos que regaban las tierras de Buenavista y Santa Catarina. A mediados del siglo XIX ambas haciendas eran muy afamadas por la infraestructura de riego con que contaban y su producción agrícola.

La presa de Santa Catarina, en jurisdicción de Santa Rosa, tiene dos acueductos de cal y canto: el uno surte de agua á las labores de Montenegro, y el otro á las tierras de Santa Catarina; tienen ambos 40.000 varas de largo, y la segunda tiene dos alcantarillas que sirven de garitas á los aguadores: pasa el agua en un bajío por una hermosa cañería de ochenta y un ojos que forman un paisaje sorprendente. En esta obra utilísima brillan con emulación el genio, el buen gusto y el poder, para perpetuar la memoria de su autor D. Francisco de Velasco y Bolio.

Mapa de la hacienda Buenavista de 1742.
Foto: Archivo General de la Nación

José de Bayas Delgado

El maestro de arquitectura y ensamblaje José de Bayas Delgado, oriundo de la ciudad de Puebla de los Ángeles, se avecindó desde joven en Querétaro, donde contrajo matrimonio en 1657 con Isabel de Larrea Ayala y Arciniega. Volvió a casarse en 1679 con Juana Buitrón y Mojica, con quien procreó cuatro hijos: José, Francisco Xavier, Isabel y Joaquín. Fue un digno exponente del barroco novohispano del siglo XVII y entre las muchas obras que realizó en Querétaro y otras ciudades del Bajío destaca la fábrica del templo de la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe, que se estrenó en 1680 y mereció el elogio del sabio Carlos de Sigüenza y Góngora en su obra literaria Glorias de Querétaro.

Las obras comprobadas donde consta la participación de Bayas Delgado son: ampliación del convento y templo, así como un sagrario de talla para el altar mayor de San Francisco (1658), construcción del templo y convento de Santa Clara, retablo en el crucero de San Francisco (1662) para el capitán José de Nava; retablo de La Guadalupana en el Hospital de la Limpia Concepción (1666), sagrario de talla para el templo del pueblo de Apaseo (1668), obras hidráulicas y capilla de la hacienda La Torre, propiedad de Juan Espínola en la jurisdicción de Huichapan; en 1670 se comprometió con la obra de la capilla de la hacienda de San José Buenavista, donde participó todo el año de 1671 y parte de 1672.

En 1671, el virrey marqués de Mancera comisionó al arquitecto poblano para dictaminar sobre el estado de las obras de la catedral de Valladolid, hoy Morelia. En 1672 realizó el retablo mayor del templo de Santa Clara. De 1674 a 1680 estuvo a cargo de la construcción del templo de La Congregación, desde sus cimientos hasta el retablo mayor y, finalmente, se comprometió a realizar en 1681 un retablo sepultura en el templo de Santa Clara.

La familia Legarreta adquiere Buenavista

En 1854, los herederos de Francisco Velasco y Bolio no pudieron hacer frente al adeudo de 121 823 pesos que se había asegurado con las propiedades. Ante la magnitud del descalabro económico, las haciendas perdieron su esplendor productivo; amén de que sus antiguos propietarios las habían abandonado. Sin cuidados ni inversión alguna, el acueducto que llevaba el agua de la presa de la hacienda de Santa Catarina a las tierras de labor de Montenegro. Bajo esta circunstancia, las fincas rústicas se depreciaron en más del 50 por ciento; en ese momento es cuando las adquieren los hermanos José Luis y Manuel Gabriel Legarreta en 151 000 pesos, bajo el supuesto de que asumirían la deuda acumulada.

Casco antiguo de la hacienda Buenavista.

Como muchos de estos capitales eran piadosos, Manuel Legarreta, muy hábil para los negocios, logró posponer su pago por más de una década. A la muerte de su hermano José Luis el 6 de abril de 1858 a la edad de 48 años, aquel quedó como único patrón de todas las propiedades. Ambos hermanos, llegados de España, iniciaron su fortuna en una alpargatería que tenían en la ciudad de México, llamada “La Española”. A José Luis le correspondió en 1855 reedificar el casco de Buenavista, como consta en la placa que se colocó en la entrada principal de la casa grande. Para 1867, Manuel había reparado el casco de Montenegro y los acueductos de cal y canto; en sus manos, las fincas recobraron el esplendor que las había distinguido en el siglo XVIII. Después llegó otro hermano de nombre Antonio, quien falleció el 27 de marzo de 1891.

Placa ubicada en el acceso principal de la casa grande de la hacienda Buenavista.

Erección del pueblo de Cabrera en la hacienda de Buenavista

Cuando Buenavista recobró su esplendor en poder de la familia Legarreta, los vecinos de la hacienda dirigieron a la Legislatura del Estado hacia 1867 una petición para erigir un pueblo. El asunto se turnó a la Comisión de Justicia, que presentó el dictamen respectivo el 31 de marzo de 1868; el proyecto de decreto señala en su artículo 1º: “Con el nombre de Cabrera se erige en pueblo el vecindario de la hacienda de Buenavista”. El artículo 2º asienta que, dentro de un año, los vecinos o el hacendado, o ambos, acudirán a las autoridades competentes para que por sentencia se decida sobre los derechos de cada parte. En tanto, el artículo 3º prevé que si obtuviere la parte del propietario, con testimonio de la sentencia que cause ejecutoria, ocurrirá al gobierno para que, conforme a la ley de expropiación por causa de utilidad pública, se le indemnice suficientemente de los fondos del Estado, el terreno respectivo.

El siguiente artículo precisa que, si obtuviere la parte de los vecinos, se les pondrá en posesión del terreno que les corresponda conforme a la sentencia misma. Dice el artículo 5º que, entre tanto se resuelve judicialmente sobre los derechos antes mencionados, los vecinos ocuparán un área de media legua (una legua equivalía a 4.1 kilómetros) por cada viento medida desde la Iglesia, conforme a la real cédula del 12 de julio de 1695 y lo que el gobierno nacional ha dispuesto de que las antiguas medidas en varas se hagan por metros. El terreno, inmediato a la casa grande de la hacienda, se repartirá entre los 158 solicitantes, en lotes de igual valor y cada uno reconocerá al gobierno el precio total del lote respectivo.

A dicho dictamen, suscrito por el diputado José Bocanegra y Caro, lo preceden una serie de argumentos que la Comisión de Justicia presentó para darle sustento, a partir de la reflexión que se hizo en torno al cuestionamiento de que si antiguamente Buenavista ya había sido pueblo y, si no lo fue, concederle que lo sea. A continuación, se reproducen algunos párrafos de tan interesante documento, mediante el cual los diputados recomendaron el establecimiento del pueblo de Buenavista, al reunir las condiciones legales para ello:

¿Buenavista era pueblo antiguo? Si buscásemos en el expediente una prueba jurídica, desde luego se puede contestar que no. Los documentos presentados por los peticionarios carecen de autorizacion: no estan en papel sellado: ni aun estan íntegros, si no que son fragmentos: no se citan los protocolos de donde se hubieron tomado; y es bien sabido que las leyes exigen en las pruebas judiciales la claridad meridiana. Pero en medio de esos decretos, quizá á causa de esos defectos mismos, el sentido íntimo, la convicción moral dicen muy alto que Buenavista fué antiguamente pueblo.

El que vea esos documentos, no podrá negar su antigüedad: el papel en que están escritos, el carácter de letra, el estilo cancilleresco de uno, la exagerada importancia que en el otro se dá á la conservación del culto en ciertas imágenes, haciéndola objeto de una disposición testamentaria, todo indica de la manera mas persuasiva que esos documentos tuvieron origen en una época remota y que uno de ellos fué dictado por aquella piedad ardiente y fanática que se inspiró desde la conquista á la clase indijena, que ésta supo asimilarse tan admirablemente, y de la que ahora no quedan sino débiles memorias. Todo esto induce a creer que los documentos son muy antiguos y esa antigüedad persuade de que Buenavista era pueblo. Si no fuese así ¿para qué escribir esos papeles en tiempo en que ni aun podría preveerse que en mil quinientos sesenta y ocho los vecinos del lugar podrían servirse de ellos? ¿Para que escribirlos esponiéndose á incurrir en la nota de falsedad y las penas consiguientes, sin tener siquiera la compensacion de poderlos hacer servir á sus intereses actuales?

Puede tenerse por cierto que los que escribieron esos documentos sean ciertos ó falsos, han desaparecido de sobre la tierra. Ellos no podian lisonjearse en caso de ser falsos, de servirse de ellos para su propio provecho, porque los contemporáneos les habrian confundido con documentos mas antiguos y mas formales. Tampoco debe creerse que fueron escritos para que la posteridad abusara de ellos, haciéndolos servir para la consecucion del objeto con que ahora han sido presentados. En efecto, si Buenavista no era pueblo, si fué siempre hacienda, si los dueños de ella la poseían quieta y pacíficamente, si el pensamiento de eregirla en pueblo es contemporáneo de los peticionarios actuales ¿cómo los que escribieron tales papeles pudieron preveer en aquellos tiempos que en estos dias podian tales mentiras servir como documentos á una pretension de importancia? Tal previsión no cabe en lo posible y es necesario concluir que esos documentos no fueron escritos hace tanto años con la siniestra mira de que se engañara hoy con ellos al Congreso.

La familia Legarreta, benefactora del pueblo de Buenavista

Hasta finales del siglo XX, los campesinos de mayor edad de los pueblos de Buenavista y Montenegro recordaban la presencia de los Legarreta. De cada uno daban referencia y de todos recordaban el modo que tenían de tratarlos; sin embargo, en sus reminiscencias sobresale la figura de Manuel, “el mero dueño de todos los familiares Legarreta”. Una de las personas entrevistadas por la historiadora Marta Eugenia García Ugarte, comentó:

Don Manuel vivía en su hacienda Buenavista. Él llegaba el día lunes y se estaba hasta el día viernes. Allí era su casa. Él salía al campo a ver sus medieros, a ver sus siembras de trigo, de cebada, de maíces, que echaban regadas con las presas que tenían. Tenía harto ganado la hacienda en todos sus  ranchos. De Santa Catarina, Buenavista, arriba del cerro, Pie de Gallo, Carbonera, Cerro de la Cruz, La Barreta y La Monja, de todos esos lados venía gente a trabajar con los señores Legarreta. Don Manuel siempre tráiba un sombrero grandote de lana, y andaba de negro, de charro, todo bordado y adornado con plata. Casi nunca usaba otro vestido. Al patrón uno lo distinguía desde lejos y desde donde uno se jallara.

Ellos dieron origen a la estirpe Legarreta en el Estado de Querétaro, una de las familias más ricas desde mediados del siglo XIX hasta inicios del siglo XX, cuando perdieron la mayoría de sus bienes debido al reparto agrario con la dotación de los ejidos luego de la Revolución mexicana. Las haciendas se fraccionaron en 1917 entre los nietos de quienes a mediados del siglo XIX habían sido los compradores: Jofre pasó a manos de Alberto y a Manuel le quedó Buenavista. A los Madrazo Legarreta les correspondió Montenegro y a los Quijano Legarreta les quedó San Antonio. Todas estas propiedades las controlaba doña Josefa Legarreta de Legarreta, la “señora hacendada”, quien no permitía que su ganado bajara de peso.

Los Legarreta perdieron gradualmente las haciendas que por tantos años pertenecieron a la familia. Javiera, hija de doña Josefa, fue una de las últimas Legarreta que mantuvo hasta el final el estilo propio de los hacendados; estaba acostumbrada a vivir bien y, pese a que luchó por conservar sus propiedades, poco a poco los perdió. Javiera solo guardó el rancho La Monja, en los límites con el estado de Guanajuato, porque para ella la vida carecía de sentido si no poseía una fracción de terreno para cultivar. Al morir, sus herederos vendieron el rancho a Luis Felipe Ordaz Martínez. Las haciendas de Jofre y Montenegro las adquirió Policarpo Vargas y el casco de Buenavista se legó al pueblo.

Las lápidas de los hermanos Legarrreta y sus familiares perduran en la capilla de la exhacienda de Buenavista -donde forman una cruz en el piso-, junto con las de algunas personas que emparentaron con la familia como Santiago Jimeno y Angustias J. de Galindo. La casa familiar principal estaba en la calle Hidalgo número 18, esquina con Allende -contra esquina de la mansión de Juan Antonio de Urrutia y Arana, marqués de la Villa del Villar del Águila- en la ciudad de Querétaro; tenían otra residencia en la calle Madero, frente al jardín de Santa Clara.

El traspaso de la capilla del siglo XVII y el casco antiguo de la hacienda a favor de la comunidad de Buenavista la formalizó el ingeniero José Antonio Legarreta, quien fuera director de la Escuela de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Querétaro, mediante un documento que en los años 1964-1966 entregó al presbítero José Guerrero Barrón, quien fue el primer cura de la Parroquia de San José Buenavista. El documento que ampara dicha donación, está perdido desde el fallecimiento del presbítero Albino González, quien fue el tercer párroco.

Josefa Legarreta de Legarreta

La UNESCO declaró la Capilla de Buenavista como Patrimonio Cultural de la Humanidad

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró el 1 de agosto del 2010 al Camino Real de Tierra Adentro como Patrimonio Cultura de la Humanidad. En la lista de 60 sitios que se incluyen dentro de la declaratoria no se encuentra el total de los lugares relacionados con la ruta histórica construida en la segunda mitad del siglo XVI por el gobierno virreinal, que iniciaba en la ciudad de México y cruzaba por los estados de México, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí, Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas, Durango y Chihuahua.

Del total de sitios, cuatro se encuentran dentro del estado de Querétaro: el Centro Histórico de la ciudad de San Juan del Río, la exhacienda de Chichimequillas, en el municipio de El Marqués; el Centro Histórico de la ciudad de Santiago de Querétaro y la Capilla del siglo XVII de la exhacienda de Buenavista, localizada en la antigua municipalidad de Santa Rosa, actual Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui.

Del lado derecho se aprecian las placas que acreditan a la Capilla de la exhacienda de Buenavista como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

El proyecto del nuevo templo parroquial

Luego de la cesión del inmueble al poblado, la antigua capilla sirvió de hogar a los párrocos; más tarde, con aportaciones de los vecinos, a un costado de la misma se construyó la casa donde residen los sacerdotes. En tanto que algunas áreas del casco antiguo de la hacienda han servido como bodegas y para realizar eventos religiosos y culturales. Ante el abandono en que se encuentra el edificio histórico, hace tres décadas los vecinos del pueblo comenzaron a organizarse con objeto de lograr su rescate integral, mediante un proyecto arquitectónico que permita el aprovechamiento de los muros de los edificios que siguen en pie. Ello permitirá darles diversos, tanto religiosos como civiles, con base en un diseño urbanístico que cambie la imagen del pueblo, con cerca de 4 000 habitantes, al cual acuden alrededor de 14 poblados de la región.

La población, con el apoyo del gobernador Enrique Burgos García y el presidente municipal Alfonso Ballesteros Negrete, lograron la construcción en 1992 de la Plaza Pública -inaugurada el 23 de enero de 1993- en el terreno baldío que existía entre el casco de la hacienda y las escuelas, el cual servía como basurero. El proyecto, que estuvo a cargo de un grupo de estudiantes del Instituto Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro, tuvo el beneplácito de los diversos sectores de la comunidad de Buenavista, quienes de inmediato se organizaron a fin de emprender el ambicioso proyecto de restauración del inmueble histórico, que se elaboró en 1996 y, tres décadas después, comenzará a concretarse este día.

La primera obra de este plan arquitectónico de gran alcance consiste en la edificación del nuevo templo de la Parroquia de San José Buenavista. Esto será posible gracias al entusiasmo mostrado por el presbítero y párroco Adrián Muñoz Arvizu, quien, fiel intérprete del anhelo de la población, intervino ante monseñor Fidencio López Plaza, obispo de la Diócesis de Querétaro, en la gestión para lograr su beneplácito y autorización, luego de conocer el proyecto y sus características.

Finalmente, esta tarde el pastor diocesano de la Iglesia Católica acudirá a Buenavista para colocar la primera piedra de lo que será el nuevo templo parroquial, en el marco de una celebración eucarística solemne que celebrará al interior del casco antiguo de la ciudad y a la que acudirán cientos de fieles, quienes, mediante la realización de diversas actividades y aportaciones personales, harán posible la obra.

El presbítero Adrián Muñoz Arvizu, cura de la Parroquia de San José Buenavista, muestra la maqueta de lo que será el nuevo templo parroquial.
Etiquetas: DiocesisJose BuenavistaSanta Rosatemplo

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