Salvador González / Juego Profundo

Futbol y familia.

El fin de semana pasado visite a mis padres y como sucede en muchas familias de Mexico, para ver el partido de futbol, de manera espontánea surgió la idea de hacer carne asada. Mi padre siempre ha sido muy tradicional, y eso aplica hasta en eso de hacer carne asada; él nunca ha tenido, ni ha deseado, ni ha necesitado un asador de carne moderno y sofisticado como los que tanto están de moda. No, a mi padre toda la vida le ha valido con una hornilla tradicional, de esas de siempre, hornilla multiusos que sirve para todo. Fui a buscarla, estaba guardada en la bodega de cachivaches en la azotea y cuando entre ahí, entre esa oscuridad, me encontré con muchos objetos que hacia años no veia y entre todas esas cosas, colgados en una de las esquinas de la bodega me lleve la agradable sorpresa de ver mis primeros zapatos de futbol. Unos zapatitos negros de piel ya muy endurecida, con los tachones gastados y la suela lisa de haber pateado balones en el cemento de la calle.

Esos zapatitos probablemente representan unas de las primeras cosas que tuve relacionadas con el futbol y verlos trajo a mi cabeza una lluvia de nostalgia. Fueron un regalo de mi padre y darme cuenta que aún los guarda, me llenó de emoción y de recuerdos. Como muchos saben, la pasión que siento por el futbol, viene por la influencia de mi papá, y esto creo que sucede con la mayoría de los mexicanos. El primer recuerdo de todos nosotros en un estadio seguramente fue en la compañía de nuestros padres apoyando al equipo de nuestra ciudad. La relación que el futbol ha ayudado a construir entre nuestros viejos y nosotros se ha tejido de manera silenciosa por años y tal vez por eso no le damos la importancia que merece. La globalización y la rapidez con la que suceden las cosas, a veces no nos permiten detenernos y saborear pequeños detalles y al encontrarme con esos zapatitos, me siento obligado a honrar aunque sea un poco la influencia de nuestros padres y el futbol. 

En este mundo global y voraz, con un fútbol igual de global y voraz, cada vez más personas ven partidos de futbol, los grandes equipos y sus estrellas están prácticamente en todos lados, los ídolos nacionales y del barrio han sido aplastantemente sustituidos por las figuras internacionales y esas personas, ven los partidos de esas figuras y de esos equipos por ver algo estético y competitivo; cada vez menos se resignan y cada vez menos aceptan ver partidos malos solo porque los juegan los equipos de su barrio, de su ciudad y de sus ligas. Para empezar, porque ya no quedan muchos equipos del barrio; para seguir (aunado a que cada día hay menos espacios en las ciudades para jugarlo), porque ademas, la misma televisión te pone el equipo de tu ciudad y el Barcelona o al Real Madrid, y entonces por qué no “ser” más bien del Barcelona o del Madrid, si se tiene a los mejores jugadores y juega tan precioso. El apoyar a un equipo de futbol ha dejado a un lado la geografía y la influencia familiar y se ha convertido en una elección. Y desde mi punto de vista, esto no debería de ser siempre así.

El escritor argentino, Martin Caparros describe en uno de sus textos esta relación estrecha, en la cual, él menciona que jamas será un padre moderno. Que no le gustaba el libre albedrío que los padres actuales estaban permitiendo a sus hijos. A Caparros le  irritaba escuchar cuando un padre decía que dejará que su hijo elija el deporte que él quiera, y que si le gusta el futbol, le dejarán a libre elección el equipo al cual apoyar. Caparros orgullosamente señala que él jamas pudo ser un padre moderno, nos dice que cuando nació su hijo, una de las cosas en las que más pensaba era en que a su hijo le tenia que gustar el futbol y no solo eso, su hijo tenia que apoyar al mismo equipo que él. ¿Autoritarismo? le preguntaban, y respondía que no, que era union lo que buscaba. Explicaba que la diferencia de edades entre su hijo y él, generaba una brecha generacional que cada día se haría mas grande, la tecnología y la globalización harían más profunda esa brecha y cada día tendrían menos temas en común y a través del futbol, sin importar cuántos años tengan cada uno, habría al menos una vez a la semana un tema en el cual estarían conectados. Un día a la semana durante noventa minutos, él y su hijo estarían unidos a una misma pasión y que esta seria imposible de romper: El Futbol.

Y abundan los casos similares, en su novela Luz Oscura, el escritor chileno Nicolas Vidal describe la relación de padre e hijo a partir de las vivencias en el estadio. El argentino Sacheri o el chileno Francisco Mouat han detallado en sus textos lo que significa compartir con sus hijos el triunfo de Independiente o de la U. de Chile. El mismísimo Juan Villoro, comenta: Todo aficionado tiene una relación intima con el juego: La multitud que llena un estadio representa la mas estruendosa versión de la vida familiar. La inmensa mayoría de los aficionados están ahí por que alguna vez su padre los llevo a ese sitio. Gritar en pro de unos colores es un signo (acaso el mas primitivo y duradero) de filiación. Hay quienes no heredan otra cosa que el adorado nombre de un equipo.

Por eso agradezco y agradezcamos la tradición con que nuestros padres nos inculcaron el amor al fútbol. Mantengamos esa unión con nuestros viejos. También los valores mas básicos del futbol activos: la disciplina, el orden, el compañerismo, el sacrificio y la amistad. 

Ver patear a tu viejo un balón, es algo que todos los niños deben ver en algún momento de sus vidas. Disfrutemos del futbol y de la vida con ellos. Disfrutemos del futbol como hemos disfrutado de esa hornilla, sin pretensiones.

Para finalizar, me quedo con unas palabras de Juan Villoro: “Un estadio es un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo”.

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