El “Chino” Huerta regresa a México después de probar suerte en Europa. Y lo digo así: probar. En México todavía no se había consagrado como figura y, de alguna manera, le exigimos hacerlo allá.
Cada vez que un futbolista mexicano se va a esas ligas que tenemos idealizadas, rara vez viaja solo. En la maleta lleva sus tachones y sin haberlo pedido, nuestras expectativas. Queremos que juegue, que sea titular, que marque, que llegue a otro club, que triunfe… incluso cuando aquí todavía no lo había hecho. Casi le encargamos demostrar que el futbol mexicano también pertenece allá. Y no, no pertenecemos. Demasiado equipaje para alguien que, en realidad, solo debería cargar con sus propias expectativas. Después, algunos vuelven. Y regresar no es fracasar.
Ulises pasó buena parte de La Odisea intentando volver a Ítaca. Tardó diez años. En el camino conoció otros lugares, enfrentó peligros, perdió compañeros y aprendió a sobrevivir lejos de casa. Al final regresó al mismo sitio del que había partido, pero ya no era el mismo hombre que se había ido. Quizá eso es lo que olvidamos cuando uno de nuestros futbolistas vuelve. Regresar al mismo lugar no significa regresar igual.
Hay cosas que no aparecen en los minutos jugados, los goles o las estadísticas. Otro futbol, otra forma de entrenar, otro vestidor, otro idioma. Estar lejos de casa. Competir por un lugar. Sentarse en la banca. Descubrir incluso que aquello que soñabas no era exactamente como lo habías imaginado. Todo eso también es el viaje. El problema es nuestra manera de medirlo.
Porque cuando un mexicano se va a Europa parece que solo admitimos dos resultados: triunfó o fracasó. Si juega, triunfó. Si no juega, fracasó. Si permanece allá, triunfó. Si regresa pronto, fracasó. Y el futbol, como la vida, difícilmente cabe en dos casillas.
Además, ocurre algo curioso cuando regresan. Se fueron como jugadores mexicanos y vuelven como jugadores que “vienen de Europa”. Aunque hayan jugado poco. Aunque su paso haya sido breve. Aunque no hayan conseguido aquello que nosotros habíamos decidido que tenían que conseguir. Entonces, muchas veces, se revalorizan.
Nos seduce lo que viene de fuera, incluso cuando antes fue nuestro. Basta a veces una etiqueta extranjera para mirar distinto lo que ya conocíamos.
Europa, por supuesto, puede hacer mejor a un futbolista. Entrenar allá, competir y vivir otro futbol deja cosas. Pero haber estado en Europa no es lo mismo que haber triunfado en Europa. Y volver distinto tampoco significa necesariamente volver mejor.
Ahí quizá está nuestra contradicción. Primero exageramos lo que esperamos de ellos cuando se van. Después exageramos lo que significa que regresen. Tal vez deberíamos aprender a medir de otra manera.
El “Chino” fue a Europa. Jugó, entrenó, compitió, conoció otra forma de vivir el futbol y ahora vuelve. Ya habrá tiempo para saber si regresó siendo mejor jugador. Lo único seguro es que no regresa siendo exactamente el mismo que se fue.
Como Ulises, vuelve a su Ítaca. No hace falta convertir el regreso en una derrota, pero tampoco en una hazaña. A veces un viaje es solamente eso: ir, vivirlo y volver.
Y quizá deberíamos dejarlos hacerlo un poco más ligeros. Al final, cada futbolista debería cargar con sus propios sueños.
Los nuestros pesan demasiado.






