Raymundo Riva Palacio

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AYUDA DE MEMORIA

1er. TIEMPO: La lucha por la grande: Siempre, a veces más público, la mayoría de las veces debajo de la mesa, cuando inicia un nuevo gobierno, también comienza el proceso de sucesión presidencial, en el que los equipos de quienes consideren con alas para volar empiezan a cavar trincheras y fortalecer sus posiciones de ataque. No ha sido diferente en la administración de Andrés Manuel López Obrador, quien no tiene en su ánimo buscar la reelección, pero sí dejar muy sólido su proyecto y ampliar sus bases electorales para que, llegado el momento, a quien marque su dedo gane la elección.

En el horizonte de la vida pública, los actores políticos ven a dos figuras en el círculo de poder de López Obrador confrontados: el líder de Morena en el Senado, Ricardo Monreal, y el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard. El primero acompañó del brazo a López Obrador en las campañas presidenciales de 2006 y 2012, y el segundo se le agachó en la pelea por la candidatura en 2012, cuando ganó dos de tres encuestas, pero perdió ante los manotazos sobre la mesa del hoy Presidente.

Monreal quiso ser candidato al gobierno de la Ciudad de México, pero cuando la maquinaria de López Obrador lo arrolló para imponer a Claudia Sheinbaum, amenazó con dejar el partido rompiendo platos a su salida, pero López Obrador lo persuadió a quedarse con el dulce de la Secretaría de Gobernación cuando ganara la Presidencia. Ebrard vio en la victoria de López Obrador el regreso triunfal tras su autoexilio en Francia, y capitalizar el favor político de 2012.

Los dos, políticos consumados, son lo mejor que Morena tendría para una candidatura presidencial en este momento, salvo que en un régimen donde no hay meritocracia, sino los deseos del jefe máximo, la decisión será, como tantas veces en el pasado, del Presidente.

El corazón de López Obrador no lo tienen ellos sino Sheinbaum, que es como parte de su familia y a quien ha ido construyendo como su proyecto político de continuidad. A ella la protegerá hasta la ignominia, con la gracia juarista. A Monreal y Ebrard los utilizará hasta que se vuelvan, como en el pasado, piezas desechables. Claro, todo esto, a cinco años de que se defina la candidatura presidencial, y toda el agua que deberá pasar bajo el puente de la Cuarta Transformación. 

2º TIEMPO: La pelea por el bastión. La carrera por la Presidencia en 2024 no está disociada de la carrera por la candidatura a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Pero en el caso de Andrés Manuel López Obrador, está totalmente ligada al proyecto de largo plazo del Presidente. Tiradores para la capital abundan, aunque hay viejos aspirantes que por las posiciones que hoy tienen, están actuando con la mira sexenal. Uno es Martí Batres, presidente del Senado —donde está maniobrando para tratar de quedarse los seis años en lugar de rotarlo, como las normas parlamentarias piden—, que en su carrera hacia el cielo mantiene una lucha abierta con el coordinador de Morena, Ricardo Monreal.

“El senador Monreal no tiene conflicto con él”, dijo un cercano al zacatecano. “Es Martí el que le quiere meter el pie todo el tiempo”. Los conflictos, sin embargo, se aprecian en la prensa, donde sus posiciones regularmente se confrontan. Sin que se vea, Batres toma decisiones unilaterales sin consensar a Monreal, lo que le genera problemas de manejo político con otros coordinadores.

Monreal baila políticamente sobre Batres, cuando le demuestra, como recientemente con una foto donde está desayunando con López Obrador en Palacio Nacional, que quien maneja la política para el Presidente es él. En ese pleito ratonero no entra el otro soñador con el Palacio del Ayuntamiento, el coordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Mario Delgado, quien se quedó en el camino en 2012 frente a la candidatura de Miguel Ángel Mancera, pero ahora, a costa de su propia imagen y prestigio, se ha hincado ante López Obrador para hacer todo lo que el Presidente desee, tan rápido como lo pida y de la mejor manera posible.

Las cosas le han salido bastante mal, lo que ha causado molestias en Palacio Nacional por su impericia política y falta de control, pero Delgado no ceja y, para su fortuna futurista, es visto por los moderados en el círculo de poder, como la mejor pieza para enfrentar a los radicales. A Delgado, que normalmente responde a los intereses del secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, lo están cultivando para llevarlo a contender por la presidencia de Morena en noviembre, acomodándole como compañera de fórmula en la secretaría general a Delfina Gómez, quien da cuentas al cacique mexiquense, Higinio Martínez, y de otro compañero de batallas electorales de López Obrador, Horacio Duarte, actual subsecretario del Trabajo.

En estos momentos, los dos juegan y ven cómo hacen maromas, con lo cual no han visto que el delfín de López Obrador lo es por doble partida, política y de sangre, su hijo Andrés, su gran operador político, con quien sueña en 2024 y 2030 para construir su propia dinastía.

3er. TIEMPO: Los soñadores. En la arena de los aspirantes a seguir creciendo hay muchos suspirantes por todos lados. Pero en los círculos reales de poder se encuentran dos personas que sueñan con gobernar en sus estados. El más visible es el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, quien dice que no piensa en Sonora, pero parece que no pensara en otra cosa. Siempre que se presenta la oportunidad, está en su tierra, y desde su poderoso puesto, ha buscado colocar a cercanos en diferentes puestos políticos, instituciones o universidades en Sonora.

Esta construyendo su candidatura, y si uno revisa lo que hace Andrés Manuel López Obradorcon quienes le sirvieron para llegar al poder, como está claro en Puebla con Miguel Barbosa, paga por los favores recibidos, donde Durazo será un claro beneficiario de esa actitud, si no comete grandes errores. La otra es Tatiana Clouthier, quien asumió la diputación porque no consideró que una subsecretaría estaba a la altura de lo que hizo en la campaña presidencial de 2018, no como coordinadora de la campaña, su cargo oficial que no ejercía como tal, sino como la persona que sirvió como persuasiva vocera del candidato y, sobre todo, el enlace con grupos sociales que no habían votado por López Obrador y que terminaron respaldándolo.

Clouthier es de Nuevo León y se está moviendo en la construcción de su candidatura. Por ahora tiene el respaldo de López Obrador, pero a diferencia de Durazo, no tiene el consenso dentro del kitchen cabinet del Presidente, donde no la tienen en la mejor de sus consideraciones. Su paso al Palacio de Gobierno en Nuevo León no se ve tan sólido como el de Durazo, en Sonora, pero tiene cinco años por delante para crecer y convencer.

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