Raymundo Riva Palacio

AYUDA DE MEMORIA

Nuño, el estratega

1ER. TIEMPO:
Los libreros de Aurelio. Hay tantas pinturas y murales en la sede de la Secretaría de Educación Pública, que si se formaran en hilera se extenderían por siete mil metros en el conjunto de edificios que se construyeron en los siglos XVI, XVII y XX. El despacho del ahora exsecretario fue decorado por Roberto Montenegro, el artista plástico emparentado con Amado Nervo, quien llegó a Educación cuando nombraron secretario a José Vasconcelos. La propia oficina del secretario mantiene el mismo escritorio que llevó Vasconcelos desde la UNAM, donde había sido rector. Ese despacho es enorme pero cálido, sobrio pero abrazador. Junto a él hay una pequeña oficina que Aurelio Nuño ocupó como un librero para obras personales. Hay cosas que no se pueden ocultar porque son demasiado evidentes. Muchas veces se utiliza esta frase para hablar de dinero. En el caso de Nuño, por dónde anda su pensamiento estratégico. Entre ellos sobresale, por su significado, un libro escrito por el entonces senador John F. Kennedy en 1955, titulado Perfiles de Coraje, donde describe los actos de valor de ocho senadores que, en muestras de integridad, oponiéndose al deseo de sus electores y en acciones altamente impopulares, actuaron con ética y congruencia. En ese libro Nuño encontró inspiración, quizás para declarar al periódico El País de Madrid en 2014, en medio de las críticas al presidente Enrique Peña Nieto, de quien era jefe de Oficina, que no gobernaban para el graderío. Los libros hablan por la carrera política de Nuño. En uno de los estantes está Poliarquía, el libro seminal de Robert Dahl, que se refiere a la participación de una pluralidad de actores en la construcción de una democracia donde el poder se dispersa, que fue uno de los ejes a considerar durante su trabajo ingenieril en el andamiaje del Pacto por México. Tiene el Leviatán, de Thomas Hobbes, que es uno de los libros fundamentales para entender el contrato social, y la obra de Juan Linz, quien desarrolló un modelo de organización política entre la democracia y la dictadura, el autoritarismo, que por décadas prevaleció en México. Los intereses y objetivos de Nuño son claros. Libros como El Laboratorio de la Victoria de Sasha Issenberg, que revela “la ciencia secreta de las campañas ganadoras”, un texto central para quienes pretenda adentrarse en los resortes emocionales y sociales que mueven al elector estadounidense. No hay que equivocarse para dónde moverá la estrategia de campaña.

2DO. TIEMPO:
Los números del coordinador. En la cabeza de Aurelio Nuño hay fórmulas y estrategias para armar acuerdos y ganar elecciones. Le ha ido bien, como cuando fue uno de los arquitectos del Pacto por México, y mal, como cuando, convencido, le dijo al presidente Enrique Peña Nieto que un sector del PRD votaría a favor de la reforma energética a cambio que apoyara su reforma fiscal. Así lo hizo Peña Nieto y así le costó con los empresarios, sin que los líderes perredistas pudieran cumplir su palabra. Nuño, desde la Oficina de la Presidencia, se volvió indispensable para Peña Nieto, quien lo convirtió en uno, si no el más importante asesor político de la casa presidencial. Fue su hombre de confianza en las elecciones para gobernador en el estado de México, y lo será en la campaña presidencial. A través de él, la estrategia electoral que se imagine y diseñe Peña Nieto, será transmitida e inyectada a la campaña del candidato José Antonio Meade. Hace no mucho tiempo, en una entrevista en ejecentral, se le preguntó si el Presidente tendría los números para sacar adelante la elección para el PRI. “Sí, claro”, respondió meses antes de conocerse en nombre del ungido. “Ahí está la prueba del estado de México”. El candidato del PRI, Alfredo del Mazo, sufrió en esa elección que le manejo a distancia Nuño, y el PRI quedó a 56 mil votos de Morena, que contendió con la desconocida maestra Delfina Gómez. No fue una derrota para el PRI, porque sus aliados electorales le dieron la victoria. Cuando se le cuestionaba el limitado arrastre que había tenido su partido, respondía: “Ganó el candidato del PRI”. Al insistírsele que perdió solo, aunque ganó con las alianzas, decía sin abrir margen a interpretaciones: “A ver, ganó el candidato del PRI, y fue el más votado y, además, bastante bien”. Esa es la mentalidad de Nuño. Los medios no importan, sino el fin. Como lo hizo el PRI en el estado de México fue suficiente. Cómo lo hará en la elección presidencial es muy sencillo vislumbrarlo: como lo hicieron allá, con un candidato ajustado a su libreto, con su mensaje, con su estrategia, con la maquinaria del gobierno federal, con los recursos que muchas veces parecía que no tenían fondo. La victoria es lo que le importaba al final del camino que ahora, volverá a empezar.

3ER. TIEMPO:
Lo aprendido, al campo de batalla. Desde la jefatura de la Oficina de la Presidencia, donde Aurelio Nuño arrancó en el gobierno de Enrique Peña Nieto, diseñó la ruta de navegación: negociación cupular para procesar en el Pacto por México las reformas, y discurso reiterado de los beneficios que traerían. Propaganda masiva en radio y televisión, en Google y Facebook. El mensaje nunca se cansó ni claudicó pese a la creciente desaprobación sobre la gestión presidencial de Peña Nieto. En el cierre de 2014, cuando el debate se centraba en el crimen de los normalistas de Ayotzinapa y las acusaciones de corrupción por la casa blanca, Nuño insistía: la agenda para el próximo año es la implementación y consolidación de las reformas. Terco, o consistente en la planeación estratégica, que es lo que puede esperarse de él que haga en la campaña presidencial de José Antonio Meade. Antes aún de arrancar, su diagnóstico de lo que está en juego el próximo año es claro. “Estamos ante dos riesgos”, dijo en el verano, “el riesgo de un retroceso terrible que implica esta visión autoritaria, cerrada al mundo, corporativista y clientelar de (AndrésManuel) López Obrador, pero también el riesgo de la inmovilidad del PAN, que, en el sentido más profundo del conservadurismo, prefieren no tener problemas, no quieren imaginar soluciones y no están dispuestos a asumir los costos que tiene la transformación de un país”. López Obrador, sin embargo, es quien realmente está en su mente. Desde la campaña presidencial de 2012, era el rival a vencer, y en el equipo de Peña Nieto realizaron simulacros de debates contra él. La historia se repetirá ahora con Meade, mejor equipado que Peña Nieto en todos los sentidos, salvo en carisma y apelación a las masas. Los términos de la lucha están establecidos. Es el de un país en construcción, afirma, abierto al mundo, que cree en el libre comercio, en la democracia, que tiene que consolidar el Estado de derecho y profundizar en la seguridad y en el combate a la corrupción. “Estamos hablando de un país con una economía muy vigorosa que genere innovación, que esté conectada al resto del mundo, pero al mismo tiempo un Estado fuerte que garantice una educación de calidad, buenos servicios de salud, seguridad y una muy buena infraestructura”, anticipó Nuño. ¿Y no todos apostarían por ello? Nuño piensa que no. ¿Quién está en contra? “López Obrador”. Él es el enemigo claro, y contra quien irá dirigida su estrategia.

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