Raymundo Riva Palacio

AYUDA DE MEMORIA

Recuerdos de los destapes

1ER. TIEMPO:

El inminente se fue a la basura. Los presidentes que salieron del PRI siempre han manejado los rituales de la sucesión jugando con los tiempos y los aspirantes. Es el momento de mayor poder en su sexenio, cuando todos saben que el sucesor —en su partido—, el que recibirá el mayor apoyo y podrá hacer todos los compromisos que le permitan ganar la elección, depende de la voluntad del inquilino de Los Pinos. Luis Echeverría, quien se ganó la candidatura en 1969 tras manejar la línea dura con el Movimiento Estudiantil en 1968, llegó una mañana de 1975 sin previo aviso a la casa del secretario de Trabajo, Porfirio Muñoz Ledo, y observó que su patio no era lo suficientemente grande para recibir contingentes que lo fueran a felicitar. “Sentí que el dedo divino me había escogido”, dijo muchos años después, al recordar cómo inmediatamente compró el terreno atrás de su casa. Echeverría decidió, sin embargo, otra cosa. El 25 de septiembre su amigo de juventud, el secretario de Hacienda, José López Portillo, fue ungido candidato. Irónicamente, apenas semanas antes, en la celebración del Grito en Palacio Nacional —cuando los presidentes lo daban en Dolores Hidalgo y no en el Zócalo-—, nadie se le acercaba porque estaban haciéndole la corte a Mario Moya Palencia, quien lucía como el inminente destapado. Aquella noche de Grito, se había quedado López Portillo en una esquina de Palacio Nacional, solamente acompañado por Rodolfo Echeverría Álvarez, hermano del Presidente, y que dirigía el instituto de cinematografía. Quienes recuerdan haberlos visto, dicen que guardaban un bajo perfil, conversando sólo entre ellos mismos y con algunas sonrisas que dejaban salir cuando veían las filas que se formaban para felicitar al secretario de Gobernación. Aquella sucesión iba a ser la primera en la cual llegaban al final de la contienda los secretarios técnicos y los políticos. Las que vinieron después, las escenificaron el secretario de Programación y Presupuesto, Miguel de la Madrid y el líder del PRI, Javier García Paniagua, y luego entre Carlos Salinas, también secretario de Programación y Presupuesto, y Manuel Bartlett, secretario de Gobernación, y más adelante entre Luis Donaldo Colosio/Ernesto Zedillo, y Manuel Camacho/Fernando Ortiz Arana. Hasta hoy, los técnicos han ganado la partida.

2DO. TIEMPO:

Aquel caos de 1987. La sucesión presidencial de 1988 dentro del PRI estuvo marcada por tormentas internas. El PRI se fracturó cuando la Corriente Democrática que encabezaban Rodolfo González Guevara,Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, le exigía al presidenteMiguel de la Madrid que abriera el proceso de sucesión. Lo que hizo fue una pasarela con seis miembros del gabinete para disfrazar que precandidatos eran sólo entre dos, el secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas, y el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett. El destape había generado expectativa, incluso entre los hijos del Presidente. Uno de ellos,Federico, presionó fuertemente a quien era secretario particular de De la Madrid, el poderoso Emilio Gamboa, quien hoy coordina la bancada del PRI en el Senado y es confidente del presidente Enrique Peña Nieto, para que le dijera quién sería nominado. Gamboa reveló: “SG”. La noche del 3 de octubre,Federico de la Madrid fue a una fiesta a la casa del empresario Jaime Camil, donde alardeaba que el candidato sería Sergio García Ramírez, asumiendo que las siglas correspondían al entonces procurador general. Camil le habló a otro contendiente, su amigo el secretario de Energía, Alfredo del Mazo, quien se comunicó con García Ramírez para felicitarlo. Siempre dijo que el procurador no negó que fuera el candidato, por lo que a la mañana siguiente, poco antes de ir a felicitarlo, le confió a su equipo la noticia y pidió que prepararan un comunicado. De su entorno salió la versión de que García Ramírez sería el candidato, lo que provocó el desorden en el proceso de unción, porque el presidente De la Madrid apenas estaba notificando al Comité Ejecutivo Nacional, el 4 de octubre, que el candidato sería Carlos Salinas. La Jornada incluso, publicó una edición especial con el nombre deGarcía Ramírez como candidato. Del Mazo salió temprano de su casa hacia la de su madre, desconectándose del resto del mundo. No sabía que estaba equivocado y se dirigió entonces a la de García Ramírez. Su muy inteligente secretaria envió a un motociclista a interceptarlo y entregarle un mensaje. Dos cuadras antes de llegar a la casa del procurador, el motociclista lo entregó: había hablado el líder del PRI, Jorge de la Vega Domínguez, para informarle que el candidato era Salinas.

3ER. TIEMPO:

Un proyecto construido a mano, frustrado. Desde que su amigo y colaborador en la Secretaría de Hacienda se lo presentó, Carlos Salinascomenzó a construir el futuro de Luis Donaldo Colosio. Cuando el presidente Miguel de la Madrid lo designó secretario de Programación y Presupuesto, Salinas lo llevó a la Comisión respectiva en la Cámara de Diputados. Como candidato presidencial lo hizo coordinador de su campaña. Lo nombró en el PRI y le ordenó reconocer el triunfo de Ernesto Ruffo en la gubernatura de Baja California, la primera entregada a la oposición. Colosiono quería, pero Salinas le dijo que ese acto lo capitalizaría como un gran demócrata. Colosio saltó a la Secretaría de Desarrollo Urbano, ya en la mira de Salinas para sucederlo, que fue convertida en la Secretaría de Desarrollo Social, donde un paper en la Universidad de Harvard le dio la idea para el Pronasol, el Programa Nacional de Solidaridad. Salinas le creó una secretaría noble, le dio un programa que sólo daba, y le colocó en Carlos Rojas yEnrique del Val, a los operadores. Colosio era el proyecto transexenal deSalinas, al único de su equipo que talló a mano y construyó desde el principio para sucederlo. Lo ungió como candidato a principios de noviembre de 1993 y controló el berrinche de quien se veía como el sucesor natural, Manuel Camacho, el jefe del Departamento del Distrito Federal. Colosio tuvo un mal inicio y una mediocre campaña, que fue interrumpida de la peor manera en Lomas Taurinas el 23 de marzo de 1994, cuando Mario Aburto, un obrero con personalidad borderline, lo asesinó. Salinas lloró esa noche en Los Pinos, pero con Pedro Aspe, secretario de Hacienda, trabajó para evitar que el crimen se volviera una crisis económica y política. Por razones constitucionales —estar fuera de un cargo seis meses antes de la elección—, no pudo nominar a Aspe, y se inclinó por Francisco Rojas, quien era director de Pemex. Rojas limpió su oficina, que sería ocupada por Del Val, pero José Córdoba, quien era su superasesor, lo persuadió que no era el mejor candidato para concretar las reformas económicas, y presionó para que fuera el coordinador de campaña de Colosio, Ernesto Zedillo, a quien despreciabaSalinas como economista. Córdoba ganó la partida dentro de Los Pinos ySalinas lo hizo candidato. No terminaría de arrepentirse. Zedillo lo persiguió judicialmente tan pronto como tomó protesta como Presidente y le construyó una imagen de ladrón que aún no se borra.

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