RAFAEL CARDONA / LA LUNA Y SEIS CENTAVOS

EL CRISTALAZO

Luna. Palabra redonda como Roma.

Apenas dos sílabas en cuya simbólica lejanía los humanos hemos cifrado el amor, la distancia, la distracción o el símbolo de una esperanza inalcanzable.

Luna, donde Ariosto —dice Borges—nos enseñó la morada de los sueños, la existencia de lo imposible o lo posible como la misma cosa. Cucharadas de Luna, recomienda Jaime Sabines para el sueño de los moribundos o los niños.

“La luna celestial de cada día”, borgesinoverso perfecto a pesar del olvido de sus ciclos y fases de 29 días, pues a diferencia del Sol, la Luna siempre será indescifrable y nunca cotidiana. Además, una mitad  se esconde en la caprichosa órbita envuelta en los círculos del viaje de la Tierra, y como toda presencia femenina suele ser misteriosa y nunca muestra su otro rostro, su cara oculta, donde se albergan las sombras del espacio y los peores monstruos de la mala literatura.

Ayer millones recordaron la caricia  de los primeros hombres en el rostro de Selene, como si aquella marcha a pasos ­de­sacompasados o brincos de frenesí, con botas de gruesa suela gomosa, se pudiera llamar caricia.

Se acordaron los soberbios ingenieros de la administración espacial y también los científicos del tecnológico de Massachu­setts. Recordaron los habitantes de las planicies y hubo alguien cuya nostalgia lo llevó a tomar un libro, algunas de cuyas líneas dicen:

“…El cohete, instalado en la plataforma de lanzamiento, soplaba rosadas nubes de fuego y calor de horno. El cohete se alzaba en la fría mañana de invierno, creaba verano con cada aliento de los poderosos escapes. El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes fue verano en la Tierra…”

Cada quien guarda su luna y cada quien tiene su recuerdo. ¿Dónde estabas, con quien, qué pensabas, qué sentías aquella noche?

Éramos una asamblea constante, de compañeros cotidianos dispersos en juegos, cines, teatros o conciertos, a veces nos preguntábamos, ¿dónde vamos a ver el fut?

Estábamos jóvenes y los televisores nos agrupaban semanalmente. Bolsas de papas fritas, refrescos, algunas cervezas a veces. Ceniceros colmados y la cálida sensación de una pequeña manada juvenil.

—¿Dónde vamos a ver el viaje a la Luna?

Así decíamos como si se tratara de ir al cine a ver una película más sobre la novela de Verne, tan acertada, tan previsora, tan profética.

Cooperamos y fuimos a la casa familiar de quien tenía la más grande pantalla de aquel tiempo. Hoy resultaría una minucia junto a  las actuales maravillas de leds; planas y colgadas sobre un muro.

Junto a mí, en un sillón, con los talones sobre el asiento, esa noche Mary era la más distinta entre nosotros. Todos éramos mexicanos; ella había nacido en Chicago y miraba la conquista espacial con el orgullo de una propietaria.

Era pelirroja y sus abuelos emigraron de Irlanda, pero le heredaron las pecas y la llama de su cabellera. Se parecía a  Mia Farrow.

A pesar de su cercanía y el noviazgo juvenil o cualquiera otra causa, en ese momento me di cuenta de lo imposible de convivir con los Estados Unidos en condiciones de parejura.

Días atrás yo la había querido impresionar con la modernidad de mi vieja ciudad de lagos secos y montañas nevadas, en aquel tiempo visibles todo el año. La llevé a conocer el todavía no inaugurado Metro de la capital mexicana. Un tren color naranja construido, tornillo a tornillo por ingenieros franceses.

Y aquella noche, la voz de Jacobo Zabludovsky (con quien iría a trabajar tiempo después, en el inicio de mi carrera), nos decía maravillas espaciales con su dejo nasal de palabras exactas mientras  yo naufragaba en la certeza inevitable de ser uno más de los millones de habitantes del Tercer Mundo, condenado a vivir para toda la vida en el subdesarrollo, destinado a admirar las hazañas de otros países, mientras mi patria se hundía —cada vez más— en un lago de lodo y atraso como la anciana ciudad de mi infancia y mi juventud, cada día más sumida, como símbolo del destino nacional; en el lecho de arcilla seca de los lagos asesinados.

Muchas cosas han ocurrido en el mundo desde aquel salto espacial. El pequeño paso para el hombre, de Neil Armstrong, es para siempre, el simbólico abismo entre el atraso y el progreso. Y lo es más con las exploraciones marcianas.

Desde entonces los mexicanos no hemos podido construir, ya no digamos un país, ni siquiera un tren a Toluca.

Todavía, cincuenta años después del alunizaje americano, no podemos acabar un aeropuerto., como si fuera ir al Mar de la Tranquilidad. Tampoco podemos fabricar un automóvil (podemos ensamblarlo, pero ajeno), ya no digamos un avión o un reactor atómico; somos incapaces de fabricar un sistema satelital de comunicaciones y no sabemos hacer siquiera una agencia de noticias.

Estamos incapacitados para las ideas importantes. Por encima de nuestras cabezas pasaron los bulbos y los transistores, los chips y Los circuitos sólidos; no tenemos una sola patente de computadoras. No la tuvimos cuando se perforaban tarjetas Univac, ni ahora cuando sólo podemos comprar teléfonos inteligentes.

No hemos participado en nada de los grandes logros humanos de los siglos anteriores. Estuvimos ausentes de la máquina de vapor al submarino atómico o el dron.

Los grandes temas de la ciencia nos son vedados y confundimos el progreso con el patín del diablo. Nacimos para la necedad tropical.

Como todo, la mayor hazaña tecnológica hasta entonces, ha sido objeto de murmuraciones y consejas sobre el más grande fraude visual de nuestra historia, un  simple truco de video, antecedente quizá de esta nueva forma de vivir de millones de personas atrapadas en la estulticia competitiva llamada videojuego, Xbox o cualquiera otro de esos nombres. Y de eso, ausentes también.

Jamás pude conocer a Neil Armstrong.

Quienes supieron de él lo describen como un hombre huraño y solitario. Murió hace siete años.

A quien si conocí fue a Buzz Aldrin y me sorprendió su calidez. No era el robotizado hombre cuyo inclemente entrenamiento lo alejaba de todo cuanto no fuera la perfección de un encargo. Su carácter transgresor se mostró en la algarabía juguetona de sus saltos lunares fuera de tono y programa.

—¿Qué siente cuando mira la Luna? —le pregunté.

—Nostalgia —me dijo—. Me pude haber quedado allá arriba.

Aldrin tuvo reacciones terribles a su regreso de la Luna. Buscó el consuelo sideral en el fondo de la botella y se separó de su esposa. Emprendió un  largo viaje hacia el fondo de su alma (otra magnífica desolación), en busca de las respuestas negadas por el espacio, y en un afán —supongo—, de asimilar la maravillosa sorpresa de mirar el mundo desde fuera y la Luna bajo sus pies.

Lo conocí en la sala de equipajes del aeropuerto de la ciudad de México, cuando vino invitado por la desaparecida Comisión Nacional del Espacio Exterior, en tiempos de Echeverría.

Para un hombre cuyo talento lo había empujado a formar parte de la tripulación del Apolo XI, resultaba incomprensible su enredo para colgar un portatrajes en el gancho del carro de las maletas.

—Permítame, le dije. Y lo ayudé.

—Gracias —comentó—. Soy muy torpe —dijo con una sonrisa. Su segunda esposa, a un lado, lo miraba condescendiente.

Su mano, firme en el saludo, llevaba un anillo con la enorme “G” del gran arquitecto universal. Años después, en el vestíbulo de la Gran Logia del Valle de México, encontré los bustos de esos hermanos. Él y Armstrong.

—¿Por qué bajó primero Armstrong? —le pregunté.

Aldrin sonrió y me dijo:

 —Él tenía grado mayor. —Y mostró la sortija.

Hoy la Luna sigue siendo el desolado paisaje cuya sequedad y silencio tanto impactaron a Buzz. La Tierra ya no es, sin embargo, igual: sus bosques se han mermado, sus mares se han ensuciado y el calor derrite sus hielos. Crecieron la pobreza, la violencia y el mal.

Mi país tampoco es igual. Es peor. Más triste, más pobre, más infectado por la demagogia; sin desprenderse de su nocivo pasado, sin previsión verdadera para su futuro.

Pero la Luna nos mira desde arriba con la esperanza de una nueva ilusión compartida.

 

*(Somerset Maugham)

 

 

 

Rafael Cardona

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