RAFAEL CARDONA / LA ESTUPIDEZ; LA OTRA EPIDEMIA

EL CRISTALAZO

Cuando los senadores aún sesionaban en Xicoténcatl, Miguel Ángel Barbosa comenzaba el sinuoso camino de su deserción revolucionaria y democrática, para adherirse, impulsado por los vientos del oportunismo, al movimiento de Andrés Manuel López Obrador. Su finalidad siempre fue clara: a toda costa llegar al gobierno de Puebla.

Poco después, ya en el Paseo de la Reforma, Miguel Ángel Barbosa enfermó gravemente. El Senado de la República se levantó  –cuando el senador poblano, por fin pudo salir de la crisis quirúrgica– para tributarle un  aplauso de reconocimiento y solidaridad tras una  operación cuyas consecuencias aún son visibles. El descuido de una herida aparentemente sencilla llegó hasta la amputación de un pie por encima del tobillo.

Sus compañeros lo estimularon y él agradeció emocionado casi al borde del llanto.

Después ocurrieron las cosas de todos conocidas, incluyendo la transformación emocional de un hombre cuyo camino derrochaba simpatía y a veces hasta irónico buen humor. 

Enfrentado con  todas las armas de la malicia y la codicia, peleó contra la legalidad electoral en las urnas. Tuvo el respaldo inquebrantable del líder de Morena y en aquel tiempo de la presidenta del partido, la señora Yeidkol.

Por encima de los resultados electorales de la elección poblana , en la cual Morena lo hizo candidato, la corriente populista lo declaró triunfador. Descalificaron instancias y tribunales y al final apechugaron –por poco tiempo..  con el resultado: Martha Erika Alonso, fue la gobernadora legal y legítima de Puebla.

Pero la realidad tenía otros planes. Sin saberse hasta ahora las causas, el helicóptero donde viajaban la gobernadora y su esposo en una triste Navidad, se vino a tierra con un estrépito de desastre. El gobierno intervino y la ola morena le permitió a Barbosa llegar a donde siempre había querido. Ya era, por fin, gobernador de Puebla.

Si alguien cree en la estabilidad de un hombre cuyo sueño se ha cumplido, debería buscar el ejemplo en otra parte, no en este caso. Barbosa, quien ante las adversidades había conservado una actitud ecuánime, inteligente y crítica, se volvió cada vez más mala leche, lleno de resabios. Como si el mundo le debiera pagar alguna cuenta.

Quizá en su mente pesen más la mala vista, la diabetes, el amenazador futuro de hospitales y quebrantos y menos la alegría de haber llegado a la meta política “haiga sido como haiga sido”. Nunca se le vio tan rencoroso.

Y junto con eso, perdió mucho de su brillo, al menos de su brillo analítico.

Cuando quiso refrendar (ya sin sentido) su odio hacia la familia Moreno Valle, escupió sobre sus tumbas el apodíctico mensaje del castigo divino. Ellos le robaron –según su dogma reacio a la verdad–, una elección y Dios los castigó con la muerte.

Intérprete divino, se creyó.

Tras esa declaración, justificada (como hacen los populistas y más los populistas simulados), con una invocación a los dichos del pueblo (como Peralta con  su refranero), muchos creyeron conocer el límite de Barbosa. Pero no.  Ha llegado más allá.

Ahora, en la peor crisis sanitaria en un siglo o más, cuando los científicos de todo el mundo trabajan hasta fatigarse en los laboratorios para controlar una pandemia, Barbosa sale con esta estupidez:

Esta es una enfermedad de ricos; a los pobres no nos pega. Como si él fuera pobre.

Pero lo peor y más notable, a leguas, es el afán de quedar bien con el patrón. Esa declaración tiene un solo destinatario, el Señor Presiente quien lleva a la práctica dadivosa su frase bien hallada de primero los pobres. El “pobrismo” como filosofía puede encajar en muchas cosas con sentido social, pero no en la selección de los contagios. 

Barbosa bien pudo escoger otra forma de manifestar su gratitud a quien tanto le debe. Muchas maneras hay para la lambisconería y él las domina todas.

¿Por qué exhibirse de la manera más torpe?

Porque mientras mas honda sea la abyección más se prueba la lealtad. Al menos eso creen algunos cuya estima se ha visto tan deteriorada como para caer en estos extremos autodenigrantes.

¡Ay!, Señor Barbosa, téngase un poquito de respeto, en vista del poco como afuera se merece.

Y como cereza en el pastel,  Jesús Ramírez Cuevas, vocero presidencial, sale a limpiar el tepache derramado: el COVID19 no respeta estamentos ni clases sociales (vaya descubrimiento del doctor Ramírez).

¿Ahora la Presidencia de la República se alza como fe de erratas de un resentido?

De veras, dan miedo.

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