Rafael Cardona

 

Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

La denuncia estéril; el pleito inútil

El reciente enfrentamiento entre Humberto Moreira y Felipe Calderón no es asunto novedoso. Esos dos personajes se traen de la greña hace ya mucho tiempo.

Cuando Felipe era presidente y embestía con frecuencia al PRI, Moreira mandó pintar una barda en Saltillo:

–“Felipe, si no puedes con la botella, menos puedes con el país”.

 Eran los días cuando se manejaba la responsabilidad fiscal ( y la deshonestidad) del ex gobernador en el endeudamiento eterno de las finanzas coahuilenses.

Pero de ahí a comparar a Calderón con Victoriano Huerta, hay una distancia ilógica. Revisemos estos datos:

“(El Financiero).- Luego de que el ex presidente (FCH) declaró en Saltillo, Coahuila, que Moreira “es tan malo, tan malo, que ya ni en el PRI lo quieren”, el ex gobernador aseveró que Calderón cometió un grave delito al robarse la silla presidencial.

“Que no se haga tarugo Calderón, se robó la presidencia, se la robó a Andrés Manuel López Obrador en 2006”, aseveró.

“Moreira dijo que el ex primer mandatario no tiene elementos para hacer señalamientos en su contra cuando a él lo repudian en su estado, Michoacán.

“Dice Calderón vociferando ‘es que ni en su partido lo quieren ya’, dice eso Felipe Calderón, pues a él no lo quieren ni en su tierra natal, ganas tiene de ir a su tierra natal y ganar una sección electoral, no es que no lo quieran, lo repudian”, manifestó.

El ex dirigente nacional del PRI señaló que aunque los acuerdos políticos permitieron que Calderón fuera presidente, él nunca lo reconoció.

“Y remató: “(Calderón) es muy parecido a Victoriano Huerta, igual de borracho, igual de ratero porque se robó la presidencia, igual de usurpador, igual de hocicón, igual de represor, igual de asesino”.

Obviamente Felipe Calderón, con todos sus defectos (incluyendo el actual afán reeleccionista a través de su esposa) nunca alentó ni mucho menos participó de un golpe de Estado, ni asesinó a un presidente y a un vicepresidente, elegidos democráticamente.

Pero esa es grave acusación (robarse la elección, cosa imposible sin cómplices),  tanto como el escupitajo a la nube de revelar un acuerdo político cuyo pacto habría permitido la presidencia espuria, y en el cual obviamente habría participado el partido cuya presidencia alguna vez tuvo, en el mismo periodo sin denunciar esa traición a la historia.

Moreira insulta y agrede. Eso no está mal pues en la política todo se vale, menos la estupidez. Y eso de Victoriano Calderón es una idiotez suprema.

INVENTARIO

He recibido uno de los más hermosos regalos de muchos años: Roberto Calleja me envía los tres tomos de “Inventario”; la tan ansiada y ahora tangible recuperación antológica de los textos dispersos de la columna “Inventario”; de José Emilio Pacheco, los cuales constituyen –como todos sabemos— “el momento más alto del periodismo cultural mexicano.”

Dice JEP en una de esas colaboraciones:

“…Huerta dice que sus defectos como persona fueron  (JEP escribe sobre las “Memorias de Victoriano Huerta”, apócrifas o no) sus méritos  como gobernante: el egoísmo la desconfianza.

“Si el primero lo llevó a traicionar a todos y a ser, en consecuencia, traicionado por todos, hasta por sus compañeros Aureliano Urrutia y Rafael Cepeda, la desconfianza –el temor de que cada uno de sus cómplices podía volverse contra él y aplastarlo–, cavó el piso mismo que lo sustentaba. Despreció al pueblo al que creía representar y defender; nunca pensó, a fondo, en la fuerza ya invencible de lo que él mismo había ayudado a desencadenar.

“Mandaba (no gobernó jamás) desde su automóvil, en una locura ambulatoria y en perpetuo estupor alcohólico que lo llevaba del Café Colon al San Ángel Inn y de El Globo a sus casas en Tacubaya y en San Rafael. A pesar de su desprecio aparente por Díaz,  (“…cuando se dice que era patriota no puedo menos que reírme… se había encargado de castrar a todos los hombres, de corromper a todo el que tenía alguna idea, a todo el que podía sobresalir un palmo de la estatura obligatoria, es decir de la abyección y la ignominia”). Huerta nunca se atrevió a ocupar plenamente el lugar sagrado del Caudillo: el palacio de Chapultepec…

“…Llamar Chacal a Huerta es ofender a los chacales. Convertido en polvo por las brillantísimas campañas de Villa y Obregón, insultado por el pueblo cuando bajaba tambaleante de su automóvil para comer las fritangas que eran su único alimento, cubierto de sangre y vómito, huyo en cuanto el robo a la Tesorería le permitió reunir un millón de dólares para él y otros tantos para su hijo. Los mismos estadunidenses que lo ayudaron a usurpar el poder lo enjaularon en Fort Bliss y le dieron muerte mediante la tortura que significó la supresión del alcohol…”

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