Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

Gonzalo, diplomático de otro tiempo

La muerte de Gonzalo Martínez Corbalá, cuya gestión en Chile tuvo tintes de heroísmo sin estridencia,  se produce en una época de declive internacional de la diplomacia mexicana, en la cual su ejemplo contrasta notablemente con los desatinos y olvido de los principios cuya firmeza le dio estabilidad y respetabilidad a la postura mexicana en el mundo.

La diplomacia mexicana, basada en ideas sencillas e inamovibles –no intervención, solución pacífica de las controversias, convivencia dentro del Derecho y demás— le daba fortaleza y protección a México en negociaciones y potenciales conflictos internacionales o bilaterales. Había ideas rectoras y de antemano se conocía nuestra postura.

Paradójicamente, la demolición de esos principios, especialmente el de la no intervención en asuntos ajenos, y su defensa a pesar de todo, se dieron en el mismo  gobierno; el de Vicente Fox.

Primero la doctrina Estrada fue proscrita y desterrada del ideario diplomático por el ex canciller Jorge Castañeda, cuya lealtad no se debe a este país, al menos no de manera absoluta. Él pertenece a esa indefinible generación de gringos nacidos en México, pero ese es asunto aparte.

Lo paradójico va con la última gran defensa de los principios nacionales en política exterior con Adolfo Aguilar Sinzer en las Naciones Unidas, quien en choque frontal con Castañeda se negó a respaldar en el Consejo de Seguridad, la invasión de George W. Bush a Irak. Adolfo murió en  un extraño accidente de carretera.

Hoy, para vergüenza de muchos (en privado Gonzalo decía hace un par de años, no entienden nada de nada), hemos visto errores encadenados de la cancillería mexicana. Revisemos nada más dos de los más recientes.

El primero la expulsión del embajador de Corea del Norte, país con el cual no tenemos prácticamente relación alguna y cuyo, pleito con Estados Unidos es una pantomima dual. Corea del Norte jamás ha hecho un experimento nuclear y sin  embargo los tratamos como si fuera miembro desobediente del Club Atómico. Y aunque lo fuera, no sería el único.

Pero México, atrapado en una humillante discusión  sobre el futuro del Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá, hizo  todo lo posible (sin lograrlo) por congraciarse con el presidente Trump y le puso las maletas al coreano en el aeropuerto. Este se fue cuando quiso no sin antes soltar una furibunda mentada de madre en quien sabe cuál idioma. Y nosotros como Don Tancredo.

Días después, en pleno zipizape catalán, México, sin motivo ni oportunidad, cuando las cosas ni siquiera están claras y la independencia de Cataluña es algo cada día menos posible, según se ve, se apresura a decir, no reconocernos a la República de Cataluña.

¿Cuál República de Cataluña? De seguro eso provocó el titubeo de Puigdemont.

En teoría, México no se cree la capacidad consagratoria de su reconocimiento diplomático. Los Estados no existen o dejan de ser porque México los reconozca o los desconozca. No somos tan importantes. Nuestra verdadera potestad es establecer o no relaciones diplomáticas con ellos. Es lo mismo, pero no es igual, diría el sabio de la esquina.

Pero no el sabio del actual Tlatelolco.

Para esta diplomacia actual de economistas o tecnócratas, no de diplomáticos,  Gonzalo Martínez Corbalá era una pieza de museo, a quien a pesar de sus muchos cargos y puestos, incluyendo el gobierno de San Luis Potosí, nunca se le dio el reconocimiento pleno a su valor humano y su valentía.

Cuando aun significaba algo la presea, le debieron dar la Medalla Belisario Domínguez por su arrojo de bien al ponerle el pecho a las ametralladoras de los soldados golpistas en el Santiago de l973,  en defensa de la embajada mexicana y el derecho de asilo.

Una página maravillosa de Martínez Corbalá, además de otras, de las cuales quizá escriba algún día, fue su odisea para salvarle la vida al poeta Pablo Neruda. No lo consiguió a, pesar de haber logrado el salvoconducto y la orden presidencial mexicana de traer al escritor cuya pluma escribió aquí el “Canto general de América”.

Echeverría le abrió la puerta a Neruda, pero antes de subir al avión los millares lo asesinaron en un hospital al cual lo habían ingresado repentinamente. Lo metieron en un ataúd sellado con autógena y las puertas de México se quedaron abiertas.

Gonzalo Martínez Corbalá se quedó con un paquete en las manos. Cientos de hojas escritas con tinta verde. Sus memorias, confieso que he vivido.

También Gonzalo vivió. Tuvo una vida fecunda, ejemplar, hermosa y en algunos momentos divertida. Descanse en paz.

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