Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

La indignación, el crimen y la condición femenina

El secuestro, vejación y posterior asesinato de la joven Mara Castilla, en Puebla, la semana anterior, es algo imperdonable, abominable. No merecen esos delitos ni siquiera el intento de análisis sobre la conducta, ni la vana imaginación sobre la rehabilitación del criminal.

Cuando más esperar la “justicia” de la prisión cuando el grito de “violín, violín” lo acompañe a los últimos instantes de su vida.

La posibilidad de lo ocurrido es sencilla: la joven se quedó dormida en el taxi y el bruto aprovechó la ocasión hasta los extremos de la pérdida de todo control en medio de una lujuria asesina llevada al extremo. La violó por instintos insatisfechos y la mató por miedo.

Pero muy graves fueron algunos dichos posteriores, algunas actitudes incomprensibles en las cuales –como suele ocurrir en estos casos–, la víctima quiere ser equiparada en culpa con el propio criminal.

Las voces irresponsables culpan a la mujer por estimular con su atuendo o su conducta, la lascivia incontrolable del macho irremediable y furioso, como si una cosa fuera suficiente para explicar la otra.

Ya hubo quien en este caso hablara de la moralidad de las jóvenes de las nuevas generaciones, como si lo inmoral fuera salir de fiesta y lo lógico (y comprensible) fuera atacar sexualmente  a quien lo hace. Y en este sentido valdría la pena revisar –como complemento de toda esta violencia sin  frenos– si estamos haciendo bien las cosas en la liberalización del consumo de toda clase de drogas, del alcohol a las demás, como detonadores de conductas violentas. La modernidad se vuelve una alcahueta.

Dice la directora de Amnistía Internacional México, Tania Reneaum:

“No puede apelarse al comportamiento de las mujeres, dejando la responsabilidad en las víctimas. No. Estamos frente a un contexto que desprecia la vida de las mujeres, y a un Estado machista que tiene una histórica deuda pendiente, que debe revisar sus responsabilidades y su debe de diligencia respecto a la vida, la integridad y la dignidad de las mujeres”.

Tan sonora declaración tiene, desde mi punto de vista, una falla: el machismo del Estado.

Teóricamente hay instrumentos jurídicos (no puede haberlos de otra clase) para la defensa del género. Los avances en la igualdad, las cuotas de representación, el acceso femenino a muchas posiciones, los institutos burocráticos de féminas, la existencia de “alertas de género” en condiciones de inseguridad generalizada contra las mujeres y muchos otros mecanismos, hablan de un interés (al menos teórico) de protegerlas.

Si no se cumplen a cabalidad estos parámetros, no es responsabilidad del Estado; sino de la defectuosa aplicación.

Frente a esto la sociedad –una parte– reacciona de la manera típica: salir a la calle a protestar por lo ocurrido.

Los hashtag de ni una más, ni una menos y cosas por el estilo, son desahogos masivos, estridentes y a veces exhibicionistas con interés político, frente a la brutalidad criminal, pero no tienen efectos prácticos como sí los podrían tener si esas acongojadas e indignadas organizaciones se convirtieran en una especie de fiscalías ciudadanas, observadoras y denunciantes de la desviación o perversión de los procesos. Las protestas deberían ser en los juzgados, no en las calles.

El Estado no puede impedir las alteraciones de la conducta de todos los habitantes de un país. Solamente puede punir con  severidad a quien delinca. Si el buen comportamiento no es hijo de la virtud, podrá serlo entonces del miedo.

Por desgracia el nuevo método de impartición de justicia no parece estar siempre a favor del castigo. Se ha creado toda una estructura de garantías para los procesados cuando se han eliminado todas las garantías para las victimas.

Esta historia no pretende nada. Sólo contar algo. Cada quien  deducirá, si le conviene, para un lado o para el otro.

Hace muchos años en el rancho de un viejo general revolucionario, cuyo nombre me guardo, una mujer de la comunidad lo abordó para decirle algo terrible, le habían “perjudicado” a su hija. Una muchachita de catorce o quince años de edad.

–¿Y qué quieres que yo haga? Le dijo bronco el general.

–Que no me la corra, nada más.

El general llamó a un caballerango cuya conducta licenciosa había llegado a sus oídos varias veces.

–Juan; le dijo. Ya me enteré que te jodiste a la hija de doña Refugio. La otra vez, cuando aquella Rufina que te tumbaste en el cerro, te dije claramente que no quiero cosas de estas aquí. Que hay que respetar a las mujeres. ¿No te lo dije?

–Si mi general…

–¿Entonces?, cabròn,  lárgate, no te quiero aquí”.

Uno de los caporales, presente en  el diálogo, se fue tras el regañado quien amaneció derrumbado en un barranco a la mañana siguiente.

–¿Pero cómo hizo usted eso, abuelo?, le dijo un  amigo mío al general, muchos años después cuando éste le relató la historia.

–Pues como se hacen las cosas. Ese cabròn no vuelve a perjudicar a nadie. Tuvo una oportunidad y la desperdició. Y aquí, mando yo.

Ese era otro machismo.

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