Pedro Conde

LA NACIÓN

Dinámica del régimen: regresión dictatorial

Todo lo referente a las claves que permiten entender la política del chavismo, así como los elementos programáticos del régimen/gobierno para el corto y mediano plazo, se comentaron en el artículo anterior al tratar la sustentabilidad de la agenda política, que tuvo amplia difusión mediante un documento firmado por Chávez (“A todos los venezolanos”), que es bastante significativo para entender sus políticas gubernamentales.

Conviene ahora referirse al partido que presuntamente sustenta al gobierno, el que facilitó la toma del poder al instrumentar una hábil estrategia, ideada por Luis Miquilena, alejada del golpismo. Se llamaba MVR, ahora PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela); lo fundó Chávez y un grupo de compatriotas con la finalidad de competir en las elecciones de 1998, a la par que canalizar y dinamizar electoralmente el descontento de los venezolanos con los resultados de 40 años de ejercicio del poder por Acción Democrática y Copei. En aquel año, fue un partido al que ingresaron, como militantes o simpatizantes, personas provenientes de todos los sectores sociales que antes apoyaban a AD y Copei.

Los que eligieron a Chávez, el 6 de diciembre de 1998, fueron los que antes votaban por estos partidos desprestigiados. No vinieron de Marte, como se lo comenté a Chávez una vez en Nueva York. Hubo, entonces, en este año, una dinámica política y social que invita a preguntarse cómo una masa importante de electores (56%) se trasladó, se movilizó hacia otra alternativa política, presuntamente democrática, alentada por el hito del cambio y por el ideal concreto que significó el intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.

Este movimiento tuvo y tiene todavía un carácter aluvional, esto es, recibió adherentes y apoyos muy disímiles, cuyo denominador común era el descontento con las desastrosas ejecutorias de AD y Copei: la economía no crecía suficiente como para mejorar el nivel de vida, generar empleos, sin inflación ni problemas cambiarios; aunque había abastecimiento, pero que una relativa minoría podía adquirir, cundía la pobreza en un ambiente de ciertas libertades. No es verdad aquello: “Éramos felices y no lo sabíamos”. Si fuera cierto, no habría surgido Chávez. Esta característica aluvional, producto de la necesidad de ganar elecciones y de la recepción indiscriminada de asociados, provocó que a esta organización se trasladasen los hábitos y prácticas políticas que la gran mayoría tenía cuando pertenecía a los partidos que precedieron a la fundación del PSUV. Por eso, en parte, el fracaso de la revolución.

Por ello, se nota la “pelea a cuchillo” para cargos públicos y de elección popular, como si se tratase de la conquista de un botín, del logro rápido de una fortuna mediante la corrupción, es decir, llegó también  al PSUV, antes MVR, el relajamiento moral que ocasiona el abandono de la doctrina para hundirse en el pragmatismo crematístico que tanto quebrantó a AD y Copei.

Al PSUV y gobierno los dirigía Chávez a la usanza militar, decidía y pretendía orientar hasta altas horas de la noche con pésimas prácticas de dirección (llamaba a los ministros y otros funcionarios de madrugada) y con un cocktail de ideas mal asimiladas. Los demás obedecen. Las ideas las tomaba de todo lo que decían los asesores a quienes prohibía declarar, pues solo él tenía el monopolio comunicacional para que no apareciese el plagio consuetudinario. Existen organismos colegiados de dirección, pero más que todo para llenar fórmulas legales y cumplir leyes electorales vigentes. Por esta verticalidad, el gran elector era el mismo Chávez para postular un candidato a un cargo electivo, no era la militancia, desautorizaba a los no designados por él, costumbre que Maduro ha seguido, lo que ha provocado cierto agrietamiento de la cohesión partidista, de indisciplina y hasta cierto punto de rebeldías recalcitrantes alentadas, además, por intolerancia interna, indiferencia, por no sentirse tomado en cuenta, no ser oído. Chávez estableció su única verdad y el que no la aceptase quedaba afuera.

Con Maduro es menos drástica esta disciplina hasta el punto que comunica la impresión de que no le hacen caso, puesto que órdenes emanan de organismos superiores y no se ejecutan, como se ignoran las boletas de excarcelación emitidas por algunos jueces para liberar presos de las cárceles y otros centros de retención.

Chávez aplicó al país, y ahora Maduro, desde la Presidencia de la República, aquel mismo modelo de dirección partidista en el PSUV, comenzando por los demás poderes, los cuales deben seguir instrucciones impartidas por el jefe del Estado, quien acata, a su vez, recomendaciones de los comandantes cubanos. Los medios de comunicación deben estar en sintonía con la misma ambición, su independencia estorba el propósito totalitario, así como el sector privado de la producción, comercio, sindicatos, etc. Todos tienen que tomar el tono de la concentración del poder en una sola persona, pretendiendo así eliminar diferencias insalvables, discusiones, y toda noción de dirección colectiva. Es el más estricto centralismo democrático característico de los partidos comunistas y socialdemócratas, mediante el cual se busca conservar la disciplina y la verticalidad de la dirección, que se irradia a todo el país y sus instituciones, ahogando el deseo de libertad y la energía colectiva tan indispensables para el desarrollo.

De los años democráticos no se debe olvidar el caos emanado que  hizo evidente para muchos la necesidad de una “mano dura”. Ganó Chávez, en 1998, para combatir la pobreza, corrupción, ineficacia del Estado, una cierta anarquía social, la delincuencia y muchos malentendidos con la descentralización que amenazaba la integridad de la nación. En estas condiciones era muy difícil evadir una cierta dosis de autoritarismo, en el marco de las leyes, mejor dicho, de aplicación implacable de las normas vigentes. Pero ello no debería conducir a una dictadura como parece ser la deriva del socialismo del siglo XXI, como lo muestra en la vida política nacional su avasallante hegemonía imbuida de esquemáticas ideas arcaicas y de gasto público ineficaz, clientelar.

Ciertos círculos académicos en el mundo realizan estudios de las llamadas “dictaduras de desarrollo”, que desempeñaron un papel de tan visible importancia en Asia, como el caso de Singapur, lo que hace deducir la idea o tesis: “el desarrollo precede a la democracia”, por lo cual mucho se discuten los beneficios del dictatorial Pinochet, quien dio un golpe de Estado a causa del desorden socialista de Allende y ordenó la economía. Después de 18 años, el gobierno chavista no arroja desarrollo, más bien regresión dictatorial: menos libertades, más pobreza, más desigualdades, más exclusión, menos justicia, desempleo, calamidades que tampoco serán superadas durante la etapa que comienza con la asamblea nacional constituyente, pues no alienta la indispensable iniciativa privada que se abstiene por la desconfianza congénita que surge del régimen y la experiencia demuestra que la estatización conlleva a la acentuación del modelo rentista petrolero.

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