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Mujeres y artistas primero: Abandonemos la Bienal

PopUp

por Juan José Díaz Infante
5 mayo, 2026
en Editoriales
El árbol de Navidad: Historia del arte
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No hubo alarma ni estruendo, ningún gesto heroico ni declaración encendida: solo la renuncia silenciosa y total del jurado de la Bienal de Venecia. Como en los protocolos antiguos, donde el orden de salida revela la magnitud del desastre, aquí también hay una señal: quienes aún sostienen la dimensión ética y simbólica del arte son los primeros en irse. No porque el barco se esté hundiendo de inmediato, sino porque ya no ofrece condiciones para permanecer sin volverse cómplice de su deriva. La nave sigue a flote, sí, pero algo esencial —el acuerdo sobre hacia dónde va y por qué— ya se perdió en altamar.

La primera grieta no es estética, es geopolítica. La Bienal continúa organizada bajo la lógica de pabellones nacionales, como si el mundo aún pudiera ordenarse en banderas estables. Pero ese modelo hace agua. Hoy, representar a un país implica cargar con conflictos, sanciones, guerras, desplazamientos. Decidir quién entra, quién queda fuera, quién es premiado, ya no puede leerse como un gesto neutral. Es una toma de postura. Y cuando todo gesto es político, el juicio independiente se vuelve casi imposible.

El ejemplo más claro está fuera del arte. En los Juegos Olímpicos, bajo el marco del Comité Olímpico Internacional, hemos visto a atletas competir sin bandera, sin himno, sin país. No es una anécdota: es el reconocimiento de que el sistema de representación nacional ya no puede absorber ciertas tensiones. El atleta sigue ahí —el cuerpo, el esfuerzo, la disciplina— pero el símbolo que lo envolvía se suspende. Se compite, pero el significado se vuelve inestable.

Eso mismo empieza a ocurrir en el arte.

La presión de los capitales no hace más que intensificar esa inestabilidad. La Biennale di Venezia no es solo un espacio curatorial; es un nodo dentro de una red de intereses económicos, institucionales y de mercado. Coleccionistas, fundaciones, ferias, patrocinadores: todos participan en la construcción de valor. En ese contexto, el jurado deja de ser un órgano autónomo para convertirse en un punto de fricción entre fuerzas que no siempre son visibles, pero sí determinantes.

El resultado es una inercia fuera de control cualitativo. Las obras circulan más rápido de lo que pueden ser pensadas; los artistas son legitimados antes de ser comprendidos; los precios anteceden a los argumentos. El valor se propaga como tendencia, no como crítica. Y en ese escenario, premiar pierde sentido: no ordena, no jerarquiza, no esclarece. Solo amplifica.

La renuncia del jurado, entonces, no es un colapso. Es una negativa. Un gesto equivalente al del atleta que entra al estadio sin bandera: está presente, pero no acepta representar un marco que ya no puede sostener. Es la conciencia de que el sistema sigue funcionando, pero ha perdido su capacidad de significar.

El arte no se termina.

Pero el barco que pretendía organizarlo ya no sabe hacia dónde navega.

El jurado que presentó su renuncia colectiva en la Bienal de Venecia estaba integrado por:

λ Solange Farkas (presidenta del jurado)

λ Zoe Butt

λ Elvira Dyangani Ose

λ Marta Kuzma

λ Giovanna Zapperi

La relevancia de estos nombres no es menor: juntas representan distintos ejes del circuito internacional —curaduría, academia, dirección institucional—, lo que refuerza la idea de que la renuncia no fue un desacuerdo puntual, sino una ruptura transversal dentro del sistema.

Ahora todo es número de likes y apuestas

La creación de un “León de Oro del público” en la Bienal de Venecia no sería un simple ajuste logístico: sería un cambio de régimen en la forma de producir legitimidad.

De entrada, implicaría trasladar la autoridad. El premio dejaría de ser el resultado de un juicio especializado —curadores, directores, historiadores— para convertirse en una agregación de percepciones. No es que el público no tenga criterio; es que su criterio funciona distinto: es más inmediato, más sensible a la experiencia directa, menos obligado a justificar su decisión en términos históricos o teóricos.

Eso abre una primera consecuencia: la democratización aparente del juicio. “Que decida el público” suena a corrección de una élite cerrada. Pero en la práctica, el público no es una entidad neutra; es una masa heterogénea atravesada por mediación, visibilidad y narrativa. Lo que gana no es necesariamente lo “mejor”, sino lo más visto, lo más compartido, lo más accesible, otro tipo de cabildeo.

Aquí entra el segundo punto: la transformación del criterio en popularidad. Un León de Oro otorgado por especialistas construye valor a largo plazo (aunque sea discutible). Un premio del público tiende a operar en el corto plazo, amplificando aquello que ya circula bien. El riesgo es que el reconocimiento deje de ordenar el campo y pase a reflejarlo.

También habría un efecto estructural: el desplazamiento del jurado como figura de autoridad. Si el jurado renuncia y el público ocupa su lugar, no es solo un reemplazo funcional; es una señal de que el sistema ya no puede sostener la idea de arbitraje experto. Es, en cierto sentido, la institucionalización de la crisis.

Pero hay una lectura más interesante.

Un León de Oro del público podría interpretarse como algo similar a lo que mencionábamos cuando, bajo el Comité Olímpico Internacional, ciertos atletas compiten sin bandera: el evento continúa, pero el marco simbólico cambia. Se mantiene la estructura —la competencia, el reconocimiento—, pero se suspende la autoridad tradicional que le daba sentido.

En ese escenario, el premio ya no diría: esto es lo mejor del arte contemporáneo.

Diría algo más ambiguo: esto es lo que logró resonar aquí y ahora. Mayor número de likes. A sabiendas de la manipulación de “bots”.

La pregunta de fondo es incómoda:

¿El arte necesita ser premiado para existir, o los premios eran una forma de estabilizar un mundo que ya no es estable?

Un “León de Oro del público” no resuelve la crisis.

La hace visible.

Etiquetas: ArtebienalculturaOBRAVenecia

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