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CRÓNICAS PEREGRINAS

El inicio. Pedro Escobedo.

Era flaco, de bigote muy tupido, de estatura media, vestía pantalón de mezclilla y camisa vaquera a rayas. Llovía un poco cuando pasaron por la estatua de Conín, confundido entre los caminantes, alguien le preguntó ¿vienes en este grupo, hermano? El hombre vio frente a él, el banderín con el número 94 y contestó “si aquí vengo”. No le gustaba hablar. Sus recuerdos se lo impedían. Se quitó el sombrero y sintió las gotas de agua en su cara. Su mano izquierda apretó la medalla de la Guadalupana que traían en el cuello. El peregrino se dirigió a él: ¿Cómo te llamas?, yo me llamo Eustaquio Lozada. El hombre no contestó y siguió caminando; en su mirada había mucho dolor y tristeza. Tenía que llegar a México, al Tepeyac. Sintió dentro de si mismo el calor de la esperanza. Se dirigió a su compañero y le dijo “Me llamo Martínez, así nada más”. Le gustó que le llamaran hermano. El jefe de grupo empezó a rezar el rosario, él imitó las respuestas, pues nunca lo había hecho”.

A Martínez todo le era desconocido, él desconfiado, volteaba su cabeza para todos lados como buscando a alguien. En el lugar que dejó atrás, todo era violencia, el miedo hacía que los hombres aunque estuvieran juntos se encerraran en sí mismos, temiendo siempre que alguien los traicionara.

En todo el camino a Pedro Escobedo, trató de apartarse de sus compañeros de grupo, no quería que le hablaran, negándose a responder cualquiera de sus preguntas. En El Colorado se apartó del grupo y se dedicó a observar la columna de peregrinos, buscando a alguien, estableciendo su propia supervivencia.

Al llegar a Pedro Escobedo no quiso entrar a la iglesia y se sentó afuera, en una banca.

Eustaquio, el peregrino: ¿Tienes dónde dormir, hermano Martínez? Él lo miró fijamente, sin responder nada, y Eustaquio le dijo sígueme, quédate con nosotros, en el pueblo nos prestaron un cuarto.

Esa noche, a pesar del cansancio el sueño no llegó, no así sus recuerdos: Era de madrugada, hacía mucho frío y viento, y él a sus nueve años se envolvió en su cobija de cuadros y oyó a su mamá: -vámonos mi niño, que ya están aquí- él se frotó sus ojos y preguntó “¿quiénes, mamá?. Y le contestó “Ellos”. Afuera de su casa se oían gritos, truenos que le sonaron muy fuerte y los motores de las camionetas. La mujer lo abrazó queriendo esconderlo de esa gente a quien llamaba “Ellos”.

La puerta se abrió de golpe y entró un hombre alto, blanco con la cara picada de viruelas que le gritó a su mamá: Mujer, el muchacho se viene conmigo. Su mamá lo tomó de la mano y siguieron al hombre. El niño los escuchó hablar, la mujer suplicaba “déjalo que viva su propia vida, él no es como tú”. Cállate, mujer, el es hijo de mi hermano y lo voy a enseñar a ser hombre. Su mamá se quitó la medalla con la efigie de Guadalupe que tenía puesta y se la puso al niño. “Guárdala chiquito, siempre te va a cuidar”. Martínez recibió la medalla.

El niño no sabía qué pasaba, se abrazó a su mamá y escondió su cara en el regazo, pero los gritos del hombre lo marcaron para siempre. “Tírenles, pendejos, sino tienen huevos se los presto”. El pasado y el presente se fundieron. Martínez caminaba al Tepeyac para unir también el futuro en su esperanza.

 

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