Recuerdo la primera lección ética de mi abuela, ponía los ojos en blanco como pintura del Greco y hablaba: “Había un niño que, para atraer la atención de la gente, gritaba por las calles: “Ahí viene el lobo; ahí viene el lobo”. La gente corría espantada y buscaba armas para defenderse y defenderlo. Así lo hacía por diversión y por llamar la atención. “Un día gritó ahí viene el lobo”, nadie le creyó, pero en esa ocasión, si era verdad y el lobo se comió al niño”. Mi abuela interrumpía la narración, abría los ojos, me veía fijamente, elevaba la voz y con el índice cerca mi cara, remataba: “Si me dices mentiras, no te voy a creer nada, aunque a veces sea verdad”.
Esta es la tragedia de Morena que, como diría también mi abuela: “No se les puede creer ni el credo”. Dos recientes grandes mentiras los han hundido en una profunda crisis de credibilidad. Lo grave también es interesante, los dos hechos son microcosmos de lo que hay detrás de la personalidad de los mentirosos.
El triángulo de la creatividad humana es: pensamiento, palabra y acción; los mentirosos reducen la emoción, la energía en movimiento. Se dedican a buscar pretextos, a disfrazar la evidencia; al menos crear la duda. Ante su fracaso, buscan pasar la página del hecho que los delata. Veamos.
Apareció en la prensa una fotografía en la que el histórico Palacio Nacional se utilizaba como asoleadero. Una mujer en una ventana exhibía sus lechosas piernas al sol. Olvídese de Acapulco en la azotea, el dorado Fi Fí se puede adquirir en el mismo Zócalo.
Le preguntaron a la Presidenta sobre la irreverente actitud. El segundo piso de la Cuarta Transformación, por supuesto que ha tenido cambios, cambios profundos. Por ejemplo, ya no se dice: “Tengo otros datos”, ahora se dice: “No estoy informada”. Lo que nadie le creía, porque la foto apareció en todos los diarios. La supuesta ignorancia de la Presidenta fue interpretada por sus porristas como la bandera de cuadros para lanzarse contra los que tomaron la foto.
El sombrío Genaro Villamil, que ha hecho de un canal de todos los mexicanos, un medio de propaganda exclusivo del gobierno. Supuestamente apoyado y orientado por el actual Jefe de Asesores de la Presidencia, Jesús Ramírez Cuevas, clara herencia del señor de Macuspana, acompañados de todo un coro de calumniadores profesionales y amateurs, acusaron a la oposición de falta de escrúpulos. Sostenían que habían utilizado inteligencia artificial como un recurso, ante la ausencia de argumentos válidos para atacar a la Presidenta. Como si no sobraran temas.
El problema de la mentira es que tiene una validez efímera. La fotografía era auténtica y la Presidenta así lo reconoció días después. En términos coloquiales los porristas se quedaron “agarrados de la brocha”. Después en forma apresurada se dijo que fue una empleada de Hacienda, misma que ya había sido despedida. No importó que después los medios de comunicación también informaran que eso era imposible, pues los empleados de Hacienda no tienen acceso a esos espacios de Palacio.
Se recurrió por enésima vez a tratar de enmendar el asunto, sancionando a empleados menores, lo mismo se hizo con el descarrilamiento del tren, el culpable fue el maquinista; en el caso de la desgracia del Metro los responsables fueron los pernos.
La mentira y la calumnia incluyen la impunidad, los torvos culpables permanecieron en sus cargos, paradójicamente en su responsabilidad de informadores. Son dos cohetes cebados. Cuenta Ortega y Gasset que en una ocasión se estaba incendiando un circo, el dueño pidió al que hacía de payaso que advirtiera a los asistentes del peligro y los apremiara para que se salieran del lugar. La gente, lejos de alarmarse, se reía de lo dicho por el payaso, hasta que se vieron las llamas. En otras palabras ¿De nada sirve a Morena emisores que carecen de toda autoridad?
No puede uno dejar de preguntarse ¿Cómo es posible que no se percate la Presidenta y todo Morena de esta realidad? Y es que la mentira atonta, esclaviza, se divorcia de la racionalidad. Consideran que una forma de convencer es obsesionarse en una misma creencia; que los espectadores no piensen y acepten su versión por contagio; por reiteración.
Se dice que el neurótico sabe que dos más dos son cuatro, pero no le gusta el resultado; el esquizofrénico insiste en creer que dos más dos son cinco. La política mentirosa deja la racionalidad y entra en conflicto con los hechos. El mentiroso es una mezcla letal de neurótico y esquizofrénico. Se sumerge en una negativa y luego en una espiral de ficción. Primero niega lo evidente y luego elabora una versión apoyada por medios y serviles afines para imponerse. Imposible, déjenme regresar a mi ideóloga, mi abuelita, que sostenía: “Lo que de noche se hace de día aparece”. Para no verme tan caserito recurro a lo que bien decía el barbón de Marx: “La verdad es tan indiscreta como la luz”.
Los mentirosos son escapistas de la realidad, la misma estrategia pretendió utilizarse con el derrame de petróleo en el Golfo. Otra vez primero se negó. Nadie debe de escandalizarse si un niño se hace pipí en una alberca, tampoco si son sólo unas “cuantas gotas de chapopote”. Unos diputados llevaron a la Cámara botes completos de chapopote y en playas de Texas aparecieron también pedazos del derrame. Ya le fue imposible al gobierno cegarse ante esa realidad. Vino después un diluvio de explicaciones que rozan hasta en lo chusco.
Como siempre la impresentable gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, superó toda ficción, dijo: “El derrame fue por un buque privado contratado en el sexenio de Peña Nieto”; la Presidenta sacó el pecho por la institución en quiebra: “No fue PEMEX”. En este torneo de metidas de pata, no en el fango sino en chapopote, le siguieron la Secretaria del Medio Ambiente Alicia Bárcena y el Secretario de Marina Raymundo Morales. Con versiones también de cuento, que bien hubieran podido empezar: “Había una vez…”
Se acepta la definición del estudioso alemán Hermann Heller sobre el Estado: “Unidad de acción y decisión”, obviamente también de discurso. Lo del derrame exhibió un gobierno incapaz, no es un gobierno sino un salón de alumnos Montessori: no se ponen de acuerdo ni en decir la misma mentira.
La solución que da el gobierno es la misma que la que se ha dado en las anteriores mentiras, sancionar a empleados menores, curiosamente por mentirosos, en este caso, por haberse quedado callados. El problema de la mentira es que se convierte en un rosario, la mentira exige más y más mentiras; más y más cómplices para enterrar la verdad. Ya los especialistas han denunciado que, dada la magnitud del derrame, una mancha de varios kilómetros y los protocolos, es evidente que también lo conoció la Dirección de PEMEX.
Varios son los problemas graves de los mentirosos, externamente, igual que el niño y el lobo, se les pierde toda confianza. Sin embargo, hay otro problema y éste es interno. Es explorado por el autor del ícono de los mentirosos: “Pinocho”. El mentiroso pierde identidad, ya confunde todo, hasta la esencia de su existencia y razón de ser. Eso es lo que le está pasando al gobierno de la Sheinbaum y a Morena, al enfrentar la realidad sin acordeones, andan como pollitos recién comprados: titubeantes, confundidos, no parecen tener idea ni siquiera de saber quién manda realmente.
Su confusión se agrava cuando Adán Augusto López, después que fue puesto en el banquillo de los acusados por sus ligas con otro cártel fuera de Morena, “La Barredora”, le preguntaron: ¿Cuál es su defensa? Con voz cavernosa y gesto draculiano, respondió: “Yo ya hablé con quien tenía que hablar”. Dicen quienes asistieron a esa conferencia de prensa, no me consta, que afuera se escuchó un ulular de viento tropical y pasaron por la ventana unos pavos reales.
Quiero confesar dos cosas. Primera confesión. Todo esto de las mentiras de López Obrador, de la Presidenta y de Morena, me caen como patada en el hígado, me resultan nauseabundos. Lo que me resulta algo que desborda mi capacidad de indignación, es que nos quieran, además, ver la cara de idiotas. Hay una subestimación a nuestra inteligencia; una burla inadmisible en todos sentidos. Sólo falta que después de darnos sus supuestas explicaciones se rían como “El Guasón”. Eso sí cala, si mienten, al menos respeten.
La otra confesión. En verdad lamento lo que está pasando en el país: el hundimiento con esta pandilla de corruptos y mentirosos, perdón por el pleonasmo. No me produce ningún tipo gusto su descrédito. Tengo buenos amigos en Morena, me apena verlos que ya parece tener en su canasta básica como políticos, comer cotidianamente semejantes sapos. ¿Qué les puedo decir? Estoy seguro que muchos de ellos son gente valiosa que quiere a México. Lo único que se me ocurre, algo muy romántico, porque no aparece en su diccionario ni en su práctica política: “Autocrítica”.
No puede, por más grande que sea su ambición o su deseo de ocupar un cargo, que cierren los ojos ante tantas mentiras e incongruencias. Les repito: hagan autocrítica. Se los deseo de todo corazón y toda buena fe. Como decimos los queretanos: por Dios que sí. En estos difíciles momentos del país, no somos los comentócras, olvídense de nosotros, es la historia la que los tiene bajo la lupa. Más temprano que tarde tendrán que rendir cuentas.






