A los que intentamos escribir nos suceden todos los clichés que se te ocurran. Tal vez nosotros mismos somos un cliché, ya que una de las preguntas más repetidas a un escritor es el por qué escribe. Y ahí entra ese cliché y decimos que por contar algo, que siempre supimos que algún día escribiríamos. Y sí, de cierta manera es verdad y sucede así, aunque al principio uno simplemente aviente letras y ver qué pasa con ellas.
He platicado muchas veces que el gusto por escribir y por el fútbol viene de mi papá, que fue profesor, un apasionado de la pelota y para mí, un sabio para entenderla. Y heme aquí, hablando otra vez de él, porque cuando pienso en cómo empezó todo, siempre termino encontrándolo. Siempre.
Antes de TikTok, YouTube y demás, existieron los blogs. Ahí empecé, contando las aventuras de mi etapa fuera de México. Era una narrativa hacia todos y hacia nadie. Me gustaba contar lo que vivía, dejarlo por escrito, imaginar que quien leyera esas palabras se llevaba algo. Quizá simplemente era una forma de tener a mi papá ahí y contarle desde lejos lo que vivía, como si siguiéramos sentados juntos con un tequila en la misma mesa.
Ahí en ese blog escribía de todo y de nada. Sin un tema en específico, sin cuentos por escribir… hasta ese día.
Fue el 27 de abril de 2011. Un proveedor me invitó a un palco en el Santiago Bernabéu. Yo trabajaba en el departamento de compras de una empresa de telecomunicaciones en Madrid. Por cortesía, pero sobre todo por cariño, invité a mi jefe, de quien siempre he dicho que le hizo honor a su nombre conmigo en España. Ángel se llama.
Él, madridista; yo, culé. En un palco del Bernabéu, en semifinales de Champions. Una ciudad también es la gente que te acompaña cuando vives lejos de casa. En Madrid, Ángel fue parte de esa gente.
La majestuosidad de la Champions, un estadio impresionante y los dos equipos más populares. Había mucho que mirar, mucho que guardar para después contarlo.
Y ahí, Messi.
Tomó el balón y empezó a avanzar. Deslizándose, divirtiéndose, siendo un susurro que se convirtió en estruendo. Se quitó a uno, dos, tres, cuatro rivales… Yo seguía la pelota y quería que siguiera él. Que nadie lo alcanzara. Que lo dejaran terminar aquello que ya nos tenía levantándonos del asiento.
Y entonces entro al área y tocó el balón con la derecha, suavemente. Casi como un beso, mandó el balón hacia las redes.
Gol.
Gol en el paseo de la Castellana. Gol del felino con pies de bailarina. Gol de Messi.
Un gol que se metió por mis ojos para no salir jamás de mí.
Después, es cierto, vi más veces a Messi, en estadios y partidos donde fue todavía más Messi. Volví a emocionarme, a levantarme del asiento, a querer contar lo que acababa de pasar. Pero nadie olvida la primera vez. Por eso cada vez que regreso a ese gol, me encuentro también conmigo, el que vivía en Madrid, el que aventaba letras en un blog y de pronto, tenía un balón en el pecho y algo que contar.
Porque después de aquel partido quise escribir un cuento. Quise contar cómo había vivido ese gol, los rivales que dejó atrás, el toque con la derecha, la pelota entrando y lo que significó para mi estar ahí. Y sí, ese gol se convirtió en el primer cuento de fútbol que escribí titulado El mejor hijo del mundo, y que, años después, se publicó en mi libro En mi mente sigo jugando futbol.
A veces pienso en todo lo que vino después, los cuentos, las personas con las que los he compartido, los lugares a donde me han llevado. Y me gusta volver a ese comienzo, a una noche que esperaba recordar por el partido y que recuerdo también por lo que empezó en mí.
Hoy sigo intentando aventar letras. Solo que desde aquella noche sé qué puede pasar con ellas: a veces se vuelven cuento. A veces yo meto gol con ellas.
Por eso, cuando me preguntan por qué escribo, a veces termino hablando de los dos.
Mi papá tiene mucho que ver con que yo quisiera contar algo.
Messi tiene que ver con la noche en que encontré mi primer cuento de balompié.





